De Azúa a Azaña

Miquel Iceta, a pesar de su afición por los bailes en los escenarios de los mítines, es una persona inteligente, que sabe que no es un artista ni pretender serlo

FOTO: Ismael Herrero EFE

En una entrevista reciente, el excelente ensayista Félix de Azúa, que acaba de reeditar su estudio sobre Baudelaire, afirmaba que «si pones de ministro de Cultura a Iceta es como si pones de ministro a Lola Flores o a Chiquito de la Calzada». La frase ha suscitado algún cosquilleo de gusto en las filas de la derecha, que ve cómo un intelectual no situado –por lo que dice él mismo– en la derecha intenta desacreditar al gobierno de Pedro Sánchez. Cada cual, por supuesto, es libre de emocionarse con lo que le parezca, pero resulta extraordinario que una afirmación como esta de Azúa sea todavía capaz de movilizar las terminales sensibles de algunas personas de la derecha española.

Vaya por delante, para empezar, que ni Lola Flores y ni Chiquito de la Calzada se imaginaron nunca en ningún cargo, ni en un ministerio que no existía –hecho muy significativo– en tiempos de Franco. Chiquito de la Calzada y Lola Flores eran artistas, artistas de verdad, con genio, carácter, imaginación, mucho trabajo a sus espaldas y muchas cosas que decir. Nada tenían que hacer en política. Aceptar que se compare a Iceta con cualquiera de los dos revela un profundo desprecio hacia la gran cultura, popular en este caso, más significativa aún en quien acepta la comparación que en quien la hace. Siempre chapoteamos en los mismos complejos y despreciamos aquello que no tenga el marchamo de lo exquisito, dictado, una y otra vez, por los mismos. La derecha, que ignora lo que es la estética y su infinito valor en política, se apresura a abrazar lo que la redima de esa condenación con la que juega a su antojo su adversario, o su enemigo. Para la derecha española, la cultura es siempre lo que se le diga desde el otro lado.

Por si fuera poco, Miquel Iceta, a pesar de su afición por los bailes en los escenarios de los mítines, es una persona inteligente, que sabe que no es un artista ni pretender serlo. Y no está al servicio de la búsqueda de votos, como añade Azúa, sino que persigue un proyecto político con dos grandes líneas. Una, el apoyo sin fisuras al progresismo, algo que lleva aparejado la exclusión de la cultura oficial de cualquier manifestación o sujeto discrepante (tras cuarenta años de democracia, la derecha sigue sin enterarse de esto). Y otra, el apoyo a la reconversión de la España en una confederación de dos naciones –Cataluña y el País Vasco– más el resto, por ahora sin nombre, excepto el de «lo que queda de España», célebre expresión azañista. De ahí, por ejemplo, las primeras maniobras que se han puesto en marcha para distribuir las obras conservadas en los Museos nacionales por toda la geografía postnacional. Ya se hizo con el Archivo de Salamanca y, cuando el proyecto deje de parecer demasiado inverosímil, empezará a cuajar. Y llegaremos a ver «Las Lanzas» velazqueñas cedidas al Museo «Nacional» de Arte de Cataluña en nombre del diálogo y la concordia. Colocado en esa tesitura, y cuando los nacionalistas de los años 30 le hicieron una reclamación parecida sobre materiales de archivo, Azaña apuntó en sus «Memorias» que lo mejor sería quemar esos mismos archivos.