Quid pro quo

En la interminable fila de caja una señora de sesenta y tantos, extranjera, cargadísima, pide que la dejen pasar. Hay un murmullo de protestas

FOTO: Jorge Zapata EFE

Las tiendas parecen atiborradas en rebajas, pero para el hombre lo están de ordinario. Así que lo de las rebajas le resulta directamente el infierno. Sumergirse en los grandes almacenes es como hacerlo en el mar sin tomar aire. Reflejos polícromos, destellos, estímulos sin cuento. Está mareado, las tallas lo desconciertan, no hay lo que busca. En la interminable fila de caja una señora de sesenta y tantos, extranjera, cargadísima, pide que la dejen pasar. Hay un murmullo de protestas. El hombre reacciona indignado y le vuelve la espalda, pero después reflexiona. Respira profundo, le permite adelantarse. Ahora hay gestos indignados, incluso voces. La señora muestra a las dependientas las prendas que lleva dobladas sobre el codo, se deja asesorar y al cabo, no compra nada. Hay codazos en la cola. Cuando al hombre le llega el turno, comprueba que ha olvidado el número de clave de la tarjeta. Hace los dos intentos fallidos, con un tercero se cancelará el documento. Tiene efectivo, pero no llega. Sólo imaginar que ha de volver a aparcar, encontrar la planta de textiles, rebuscar, le pone enfermo. Se le humedecen las palmas como en el trópico, la boca se le reseca. Otea en derredor como un antílope perseguido en la sabana, vacila y levanta la voz. «¿Alguien me deja ocho euros? Dejo mi dirección y muestro mi carnet. Voy a su casa a devolver el dinero...». La gente mira a un horizonte imaginario y siente vergüenza ajena, nadie se menea. Se oye una voz de mujer, la italiana bracea de lejos, apresura el paso, muestra un monedero, se hace entender, saca los ocho euros. El hombre, que es de ordinario algo brusco, impetuoso, casi imprudente, se alegra mucho. Muestra a los de la cola un gesto con una expresión que viene a decir: «¿Veis? Quien siembra, recoge» y también, un poco rencoroso: «Quien las da, las toma». La señora pone el dinero en el mostrador, la empleada cuenta y factura, le alarga al hombre el ticket. Ambos se apartan a un lado y se miran, triunfantes. El señor pregunta adónde enviar lo prestado y la señora explica como puede que no es española, que sólo vino a casa de su hijo, por Navidades. «¡¿Puedo invitarla a desayunar?!». La mujer comprueba que tiene hambre, así que asiente con inesperada naturalidad. En la cafetería pide el desayuno completo, el que trae zumo de naranja, tortitas, café y un pequeño recipiente con macedonia. No habla mucho y come con buen apetito. Se despedirán después, contentos. El desayuno ha costado algo más de doce euros, con la tarjeta, sin necesidad de meter pin alguno. Ha sido en El Corte Inglés de Castellana, en Madrid.