Las abejas se mueren

En Europa está en riesgo de desaparecer el 37 por ciento de las abejas que quedan. Sin ellas no habrá agricultura ni biodiversidad. De ellas depende el 75 por ciento de los alimentos que comemos

Acabo de firmar una petición a la UNESCO, que tiene poco que ver con la guerra y los espías, por si esto fuera de algún provecho o interés. Lo que se pide es declarar a la apicultura patrimonio de la humanidad. El impulsor de la propuesta se llama Enrique Simó. Se presenta como «apicultor y veterinario de abejas». Se calcula, según él, que en Europa está en riesgo de desaparecer el 37 por ciento de las abejas que quedan. Sin ellas no habrá agricultura ni biodiversidad. De ellas depende el 75 por ciento de los alimentos que comemos. Para Simó, estos insectos «son la especie más importante del planeta». Son esenciales para el ecosistema y el mantenimiento de la vida en la Tierra. Recordemos lo que dijo Einstein: «Si las abejas desaparecieran del planeta, al ser humano le quedarían cuatro años de vida». La Unión Europea, atendiendo una petición popular con 360.000 firmas, prohibió en 2013 durante dos años el uso de tres conocidos plaguicidas, de la familia de los neonicotinoides, tóxicos para estos laboriosos insectos. Pero hemos vuelto a las andadas y las abejas se mueren de año en año.

De niño vi enjambres de abejas colgados, como racimos de oro, de la rama de un olmo en las herrañes. Al sordo zumbido de la nube de abejas en la placetuela acudía presuroso el tío Quirino, único colmenero del pueblo, que, con rostro impasible, marcado por las picaduras y la pelagra, tocaba unas palmas secas o hacía sonar dos pequeñas losas con las manos –no lo recuerdo bien–, preparaba un sahumerio y, como por arte de magia y con infinita paciencia, conseguía por fin amansar aquel fiero morgaño dorado y rumoroso y meterlo dócilmente en el rudimentario vaso de mimbre forrado de boñiga seca de vaca. Con él enriquecía su humilde colmenar. Acaso puedan verse aún, en aquella tierra ahora sin nadie, los restos de un sencillo colmenar al abrigo de un ribazo junto a las flores primaverales del tomillo y el romero.

Noto que en mi pequeño jardín disminuye de año en año el rumor de los insectos. Me acuerdo de la «Oda a la abeja» de Pablo Neruda: «Abejas, trabajadoras, puras, ojivales obreras, finas, relampagueantes proletarias, perfectas, temerarias milicias que en el combate atacan con aguijón suicida, zumbad, zumbad sobre los dones de la tierra, familia de oro, multitud del viento, sacudid el incendio de las flores…». Y vuelvo a ver al tío Quirino en medio de la plazuela junto a los huertos, como un profeta antiguo, haciendo descender del cielo la sonora nube dorada.