La OTAN y el dilema africano

Desde la intervención militar de la OTAN en Libia, la organización ha mantenido una cautelosa distancia respecto a África

El general de brigada holandés Marc van Uhm, un alto oficil de la OTAN, durante una rueda de prensa sobre la operación de la OTAN en Libia, en Bruselas
El general de brigada holandés Marc van Uhm, un alto oficil de la OTAN, durante una rueda de prensa sobre la operación de la OTAN en Libia, en Bruselas

La OTAN al completo se reúne mañana en Madrid y solo falta que lo patrocine Mahou. Son treinta países miembros, sentados estrujándose los sesos junto con los mandatarios de cuatro naciones invitadas que no pertenecen a la organización: Australia, Japón, Corea del Sur y Nueva Zelanda. Representantes de países de Europa, América, Asia y Oceanía discutirán a lo largo del día cómo interactuar con un mundo que tiembla desde el 24 de febrero. Entre sus preocupaciones se presuponen la política de seguridad en el flanco Este y la amenaza rusa (su vieja enemiga). Pero dejando de lado el aspecto más llamativo del mapa y posando la vista hacia el sur, la OTAN tendrá que hacer un hueco en su apretada agenda para decidir cómo reaccionar a las sequías del Cuerno de África, el yihadismo endémico en el centro del Sahel y la inmigración que crece sin vistas a decrecer por todos los flancos.

Actualmente hay varios miembros que integran la OTAN y que cuentan con misiones importantes en el continente. Estados Unidos mantiene una presencia permanente desde 2008 a través del AFRICOM, Italia hace siglos que estableció una base en Yibuti, Francia participa activamente en Níger para combatir al yihadismo, España colabora en misiones de entrenamiento en el Sahel y protege a los pesqueros españoles en el golfo de Guinea, Reino Unido colonizó durante décadas la mitad del continente y ahora mantiene una presencia militar recatada en contingentes de la ONU establecidos en Sudán del Sur, Congo-Kinsasa y Malí. Incluso Japón, país invitado a Madrid para representar a nuestros amigos asiáticos, cuenta con una base naval en Yibuti muy cerquita de la francesa, la italiana y la estadounidense.

Rusia es nuestra amenaza más inmediata y la votación de la ONU para condenar la invasión a Ucrania dejó clara que muchos países africanos miran de reojo hacia Moscú. La expulsión de los franceses de Malí tiene una importante causa en la propaganda rusa, se tiene en cuenta la injerencia rusa en Guinea Conakry República Centroafricana, y en Madagascar han dicho que van a convertir la ensaladilla rusa en plato nacional. Esto último no es verdad pero lo que si es verdad es que Moscú ayudó a financiar la campaña electoral del actual presidente de Madagascar.

Al tratarse ésta de una organización de carácter militar, es evidente que no cabe esperar una intervención directa de la OTAN si esta no es de índole militar. La primera y última vez que la organización intervino a gran escala en África fu durante el derrocamiento de Gadafi en 2011, cuando los Mirage franceses cruzaban como un rugido el cielo despejado de Trípoli. La crisis diplomática que esta intervención en suelo africano provocó entre los líderes del continente y Occidente cambió para siempre las relaciones entre la OTAN y la Unión Africana. Desde entonces, ha sido más sensato y saludable efectuar las necesarias operaciones quirúrgicas en África por medio de otras entidades afines (i.e: Unión Europea, Estados Unidos) aunque siempre sin mojarse como se mojaron en Libia y siempre con el permiso explícito de los Gobiernos de cada país implicado.

No han vuelto a verse cazas europeos bombardeando ciudades africanas, si no se cuentan las intervenciones militares de Francia en Malí y Costa de Marfil. La OTAN, por tanto, y digo la OTAN sin contar con sus afiliados, ha procurado mantener una cautelosa política de neutralidad con África para mejorar sus relaciones trastocadas.

Los medios de comunicación han mencionado en los últimos días que la cumbre de Madrid también tratará la política migratoria africana, tanto por lo recién acontecido en Marruecos como por el futuro previsible que la subida de precios y las sequías traerán a las costas del sur de Europa. Como organización militar que no opera en África de manera notable, se presupone que únicamente se discutirán dos alternativas: intervenir en África con toda la fuerza y frenar las escabechinas yihadistas que empobrecen y asesinan, o limitarse a reforzar las fronteras europeas y mantener una mayor vigilancia en los mares. Tras lo acontecido en Libia parece poco probable que nadie vaya a decir ni pío acerca de una intervención, a no ser que Biden les tenga preparada una arenga fantástica que se los gane a todos.

Sin embargo, es más probable que empiecen a cambiar los marcos de operaciones ya establecidas en África, en función de lo que se hable en las trastiendas de Madrid, quitando aquí un batallón y añadiendo allá y abriendo quizás una nueva base europea en Niamey, veremos, es pronto para saberlo. No cabe duda de que la salida de Malí del G-5 Sahel, el aumento de violencia en Nigeria y la injerencia rusa en el continente son asuntos graves y que requieren una atención adecuada, en cuyo caso veríamos como se redefinen en los próximos meses algunas misiones occidentales en África.