Menas SOS

Deberíamos preguntarnos cómo enseñarles magníficamente español, cómo motivarlos para que en lugar de un problema sean parte de la solución de una sociedad envejecida y sin recambio suficiente.

FOTO: Cipriano Pastrano La Razón

Si eres un menor problemático y caes en el fracaso escolar, tienes muchas probabilidades de convertirte en «nini», el chaval que ni estudia ni trabaja. Pero si, además, naces en África o en el Magreb, lo que haces es largarte a Europa y convertirte en «mena» (menor no acompañado). En los campos de Lesbos he visto colas de miles de estos chicos de entre 11 y 18 años peleándose por cruzar nuestras fronteras.

En España, los datos anteriores a la pandemia cifraban su número en 11.490, la inmensa mayoría varones marroquíes. Seguramente hay más. Cuando no se les puede repatriar, tienen derecho al permiso de residencia y, cumplidos los 18 años, las saturadas instituciones públicas los declaran mayores de edad y los ponen en la calle. No hay pisos de acogida suficientes ni centros que puedan acoger más que a una minoría.

El camino del mena lo aboca con frecuencia a la delincuencia. Las residencias están sobrepasadas y faltan recursos. Crecen rodeados de problemas sociales (embarazos tempranos, trapicheo de drogas, peleas, mafias) y realmente no están preparados para la autonomía a la mayoría de edad (nuestros propios hijos están lejos de ser adultos autónomos a los 18).

Cuando los veo esnifar pegamento por las calles de Madrid o me detengo a hablar con ellos, observo sus ojos chispeantes y me pregunto cuántos de ellos no serían excelentes artesanos, profesionales o funcionarios si recibiesen mejor educación. Vienen de ambientes rígidos y de patriarcados tradicionales y no se entienden a sí mismos en este mundo nuestro de derechos y deberes trufados de normas administrativas. A menudo no consiguen ni respetar a las funcionarias. En su mundo, los varones mayores pegan con naturalidad a los menores, y santas pascuas. A veces pienso que escolarizados en centros como los que tenían los curas en los años 60, de mil en mil, aprenderían deportes y disciplina y seguramente muchos de ellos descollasen. Es una pena que censuremos este problema social y no seamos capaces de proponer soluciones creativas. En un mundo sin hijos suficientes, como es la sociedad española, estos doce mil chavales son una fuerza laboral y social fabulosa. Hace falta un plan nacional de menas. Si seguimos mirando hacia otro lado nos estamos garantizando un polvorín social de guetos, delincuencia y enfrentamientos como los que padecen los franceses. Por el contrario, educados correctamente y formados pueden ser los médicos, policías, comerciantes del futuro.

Deberíamos preguntarnos cómo enseñarles magníficamente español, cómo acercarnos a su mundo antropológico y atraerlos al nuestro, cómo motivarlos para que en lugar de un problema sean parte de la solución de una sociedad envejecida y sin recambio suficiente.