«...O país tropical»

Nada más aterrizar en el aeropuerto de Galeao de Río de Janeiro compré los kilogramos de la excelente Prensa brasilera y entendí de inmediato el país en el que penetraba. Desde el «Jornal do Brasil» a la «Folha de Sao Paulo» titulaban a dobles cinco columnas el lanzamiento del «Brasilat», su primer satélite de comunicaciones y la puesta en estado de alerta del Cuerpo de Ejército de la Amazonia ante la sublevación de los indios Carajás, que con las caras pintadas de guerra amenazaban el tráfico de la infernal carretera Transamazónica o «Transamargura», devorada constantemente por la selva creciente insensible a la salvaje deforestación. Luego me explicaron: «Brasil es el país del futuro, y siempre lo será». No se frustrará el Mundial porque es una religión nacional, como el sincretismo afrobrasilero donde la diosa Iemanjá, que surge de las aguas, es el trasunto de la Virgen María, y en San Salvador de la Bahía de Todos los Santos hay tantas iglesias como terrenos de macumba. Todo aderezado con macohna, la mejor marihuana del mundo. En Pernambuco me daban las citas para «después de la lluvia», e, indefectiblemente, entre las cuatro y las seis, todos los días del año chorrea unos minutos de agua. Te tienes que acostumbrar a que cuando en el nordeste es verano en Río Grande do Sul es invierno. No es un país, es un continente. Toda la Policía es militar y no puede ser verdad que hayan controlado el favelismo carioca o el de Sao Paulo; habrán pactado algo con los líderes de los asentamientos, pero lo aconsejable a los aficionados es no subir a las favelas so riesgo de desaparición. Habrá menos «menhinos da rua» durmiendo en las aceras porque los va asesinando la Policía Militar por cuenta de los comerciantes. Lula disminuyó sensiblemente la miseria sin recortar la riqueza preexistente, aunque haya que salir de noche con veinte dólares para que no te peguen un tiro por no llevar nada.