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Feos

Tiempo de lectura 4 min.

29 de mayo de 2017. 21:53h

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Alfonso Ussía 29/5/2017

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Se oyeron los primeros compases de La Marsellesa en el estadio de Saint Denis de París y Sarkozy lo anunció: «Jamás volverá a ser despreciado nuestro Himno». Hoy, si los energúmenos de un club de fútbol francés silban mientras se oye La Marsellesa, el partido se suspende inmediatamente. Lo que ha vuelto a suceder en ese Calderón prestado a las bestezuelas, no se concibe en ningún país de Europa. Ellos, las bestezuelas, no tienen culpa. Son así. La culpa la tienen los directivos de la Real Federación Española de Fútbol, los responsables de los clubes separatistas, los políticos que no se la encuentran ni por la noche, los jueces que no actúan y el Fiscal que se calla.

Me sorprendió el deterioro estético de la afición del club separatista por excelencia. Son muy feos. Y para colmo, en lugar de sentirse felices por haber alcanzado una final, estaban enfadados. No entiendo su capacidad de sufrimiento, la autoflagelación de sus desdichas. Viajan desde la aldea a la Capital del Reino para silbar al Himno, insultar al Rey y ganar la Copa –Campeonato de España, Copa de S.M. El Rey–, que desprecian públicamente. Los psiquiatras de la aldea – en la actualidad aquella ciudad portentosa se ha convertido en una aldea–, se pueden forrar si se dedican a analizar los cocos de las groseras masas. Y esto pasa un año sí y otro también porque el F.C. Barcelona se empeña tozudamente en llegar a la final –y ganarla–, de la Copa del Rey, que es su premio favorito, el más numeroso de su sala de trofeos. La Copa del Rey, que se le hace entrega al Campeón de España, la instituyó Don Alfonso XIII. Con la Segunda República, el Campeón de España recibía la Copa del Presidente de la República. Posteriormente, la Copa del Generalísimo, de las que el Barcelona custodia una importante colección. No en vano, fue Franco el que solucionó al Barcelona los problemas para que construyeran su estadio, y el Barcelona le mostró su gratitud entregándole en versión doble la Medalla de Oro del Club. Y ha vuelto a ser la Copa del Rey con Don Juan Carlos I y Don Felipe VI, que han aguantado lo indecible cada vez que el Club inmerso en el Proceso independentista ha jugado la Final. «Silbar al Himno y al Rey es un derecho y forma parte de la libertad de expresión». Pues no. Abuchear cuando suena el Himno Nacional es un delito, e insultar al Rey, como máximo representante de todos los españoles, también. Ocurre que los complejos y las cobardías para enfrentarse a hechos tan simples, han permitido que en España se acepten como si fueran normales.

El Real Madrid, con muy buen criterio, no cede el Estadio Bernabéu cuando la fea afición de un club en decadencia acude con la grosería incívica de los berridos programados. Lamento que el Atlético de Madrid se preste a ello. Y creo que va siendo hora de cambiar las normas. Si el Himno se silba y el Rey es insultado, el partido se suspende y se celebra en fechas posteriores a puerta cerrada. La presencia del Rey en la final de Copa es una cortesía y no una obligación. Que nombre un representante al respecto, por ejemplo, a uno cualquiera de los dignísimos jardineros del Palacio de la Zarzuela. Y como recomienda Santiago González, que una vez celebrado a puerta cerrada el partido suspendido, le sea enviado por Seur o MRW al club ganador el trofeo a cobro revertido.

Todo menos seguir soportando la grosería de una afición que considera heroico el regalo cobarde de la inmunidad. Con lo sencillo que resulta actuar como Sarkozy. Feos. Muy feos.

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