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La abstención da aire a Rajoy

La Razón
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Si por algo apuesta Mariano Rajoy es por la estabilidad y la certidumbre. No obstante, dos circunstancias las vienen amenazando, a sus ojos: la cerrazón de Pedro Sánchez y la fragmentación del voto. De ahí que Rajoy defienda la red de seguridad que aportan dos grandes partidos capaces de imponerse al influjo de las fuerzas emergentes. Lo repite en público y en privado. Y ansía esa salvaguarda. Es su modelo de democracia de partidos para España. En realidad, una especie de «turnismo», entre PP y PSOE, que ha venido funcionando desde 1978 y que ha dotado a nuestro país de gran claridad política.

Convencido como está de que la salida final del túnel serán unas nuevas elecciones el 26-J, el presidente del Gobierno en funciones se considera ya el previsible beneficiario del «caos» vivido en estos últimos meses por el excesivo gusto de Sánchez por jugar a los «gobiernitos», en palabras de un asesor monclovita: ese «fraudulento» intento del PSOE de ganar en los despachos lo que las urnas le han negado. Si algo no se puede «digerir» en el Partido Popular, de ninguna de las maneras, es esa regla (no escrita, pero que siempre se cumple) por la cual, si el centro derecha no logra la mayoría absoluta, aunque sea el más votado, los demás partidos apuestan por inventar un sectario «cordón sanitario» para apearlo del poder.

Los análisis demoscópicos que han puesto sobre la mesa de Mariano Rajoy le dicen grosso modo que los 3,6 millones de votos perdidos por los populares se han repartido a partes iguales entre Ciudadanos y la abstención. De ahí que sean precisamente esos abstencionistas (decepcionados con la gestión del Gobierno y la corrupción del PP) quienes, según el líder popular, puedan dar nueva vida a su partido a la vista de los riesgos que entrañaría la alternativa socialista. Esto es, riesgo para la prosperidad y pérdida de bienestar. Más cuando se cierne sobre el futuro político el nubarrón que representa el populismo de ultraizquierda de Podemos y la amenaza de un «sorpasso» que lo coloque por delante del PSOE.

Rajoy está persuadido de que una nueva confrontación electoral es la oportunidad para recuperar un millón de votantes de la abstención que, sumados a sus actuales 7,2 millones, permitirían moverse al PP en una horquilla cómoda próxima a los 150 escaños. ¿El cuento de la lechera? De hecho, otros en su entorno auguran que, aunque se lograse el retorno de un millón de las personas que decidieron el pasado 20 de diciembre quedarse en su casa en vez de ir a votar, no se superarían los 140 parlamentarios. Pero ya este resultado sería un enorme paso adelante. Fuentes de Génova consultadas advierten también del peligro de que la repetición de elecciones pueda sólo confirmar la tendencia descendente que arrastra su partido desde las europeas de 2014.

En caso de verificarse esos alegres vaticinios, defendidos con vehemencia por algún ilustre «gurú» con enorme predicamento en el presidente, permitirían, claro, una fórmula de Gobierno de centro derecha entre PP y Ciudadanos. En ese hipotético escenario, a pesar de la escalada de agresividad que ha habido entre ambos partidos al estar en disputa el mismo espacio electoral, Mariano Rajoy no contempla especiales dificultades a la hora de recuperar los «puentes rotos» con Albert Rivera. Metidos de hoz y coz en otra campaña, los populares modularían sus ataques contra la formación naranja (bastará con recordar su voto a favor del fallido Pedro Sánchez) y consolidarán a los socialistas y a Podemos como sus principales adversarios a combatir.

Aunque una cosa no quita otra. Porque el alambre vuelve a zarandearse peligrosamente y Rajoy tiene ante sí el reto de esquivar el sambenito que le culpa del bloqueo institucional. Fontaneros de La Moncloa señalan cómo se busca «marcar» al líder del PP con la misma imagen postrera de «amarrado al cargo» de Artur Mas en Cataluña durante el «impasse» vivido en esa comunidad en las semanas previas a su retirada. Según estos estrategas marianistas, la última declaración de Albert Rivera, acusando a Mariano Rajoy de querer «su silla a cualquier precio» mientras «todo lo demás le da igual», revela la campaña que se les viene encima estas semanas.