La última mirada

Una mirada sobre pinturas hechas en el atardecer de la vida de un pintor, sus últimas pinturas por lo tanto, como sobre unos últimos escritos –tal El Persiles cervantino– acabados a la luz del crepúsculo, es una mirada sobre revelaciones muy especiales de obra y artista, su último retrato, su genio y figura ya fijados.

Leonardo de Vinci aconsejaba un tiempo gris o el crepúsculo como el momento apropiado para hacer un retrato, y recuerda que la observación de los rostros, vistos al caer la tarde, ofrece todas las diferencias entre las sombras y las luces. Y así ocurre con el artista seguramente en el ocaso de su obra y de su vida.

En esta estancia de este tiempo último, cesa realmente el ruido y la furia del mundo y de la historia, y, aunque la vida y el trabajo artísticos mismos de quien desde esa estancia los mira hubiera estado llena de aquéllos, ya se oyen en ella muy lejanamente o el artista mismo los pone sordina; y, si le desasosiegan, se desdice o retracta, se separa de ellos en todo caso. Precisamente porque ya está en otra parte, en otro modo de estar en el mundo, y de estar también ante su propia obra.

Lo primero que le ocurre al artista en ese frente a frente con su obra es seguramente la certeza de que ha perdido la partida, y esa su obra entera le aparece como polvo y ceniza.

Y en el artista, como en todo hombre también, se da todo el abanico de aprensiones de quien ha de asumir esta estancia del último tramo del vivir, y sus reacciones van desde la instalación de biombos infantiles de defensa, acudiendo de nuevo al ruido y su furia y a subirse otra vez a las carrozas del triunfo del mundo, o dejarse inundar por la conciencia demiúrgica de inmortalidad y monumento, hasta sentirse abatido por la otra conciencia de vencido y derrotado entre amarguras, pasando por el desposorio tranquilo de lo natural inevitable, la mirada tranquila y la tranquila expresión de lo que ve y siente como durante la fiebre, y que quizás nunca antes había visto sino ahora. Y quizás por esta acuidad y tranquilidad de su mirada es por lo que se desdice, matiza, adelgaza minimaliza, y su decir, introduce silencios, o todo el ruido y el frescor del mundo. Todo lo real que le ha perseguido una vida entera, y que ha ido expresando como ha podido, pero que ahora le acucia más intensa y poderosamente. Y «La Kermesse», la última gran obra de Rubens, por ejemplo, de la que se nos dice que pintó en un solo día en sus trazos generales y con sus dedos agarrotados por el reuma que le había tenido sin poder manejar el pincel tanto tiempo, es realmente una fiesta, una bacanal enfebrecida, porque es un gran sorbo de toda la belleza y alegria del mundo y de sus alimentos terrestres, cuando ya ha de cerrarse la puerta y no se volverá al taller.

Aunque Van Gogh, diríamos que no resistió su última fiebre y nos ofreció el terrible cuadro de «Campo de trigo sobrevolado por cuervos». Pero cada quien es cada quien, ciertamente; y la pintura como la escritura es un inmenso lago. Hay grandes ríos que lo alimentan como Tolstoi y Dostoievski. Y hay regatos como Jean Rhys decía: «Lo que importa es alimentar el lago. Yo no soy importante. El lago sí».

Y de esto es de lo que, por ejemplo, parece estar seguro el autorretrato de Rembrandt, denominado «Autorretrato con los ojos desorbitados» o la mirada extraviada, que no sabemos si es de estupor o de burla, o quizás reúne ambos sentimientos. Pero, sean como sean las cosas, en cada ser humano que hace arte, esa parece ser la seguridad de quien ya está instalado en el crepúsculo como a la luz de una candelilla siquiera, que parece brotar de las mismas sombras en tantas estampas del holandés.