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Prochinos

La Razón
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El mundo ya no es lo que era. Todo cambia, se trastoca y nos desorienta. Debió ser en 1969 cuando me regalaron en la embajada china en París la edición francesa del «Libro Rojo de Mao», un volumen con tapas de plástico en el que se contenía, traducida, la colección de citas que, como si fuera un Ripalda, solían corear los seguidores de la Revolución Cultural Proletaria. Ni que decir tiene que esas frases –como diría Julio Aramberri, nuestro más destacado sinólogo– no eran más que las fantasías de un izquierdista iluminado que arrancarían la vida a millones de personas y que conducirían al país de fracaso en fracaso hasta que, tras la muerte del Gran Timonel, con la defenestración de la Banda de los Cuatro, China se encaminó por otros derroteros.

Pero no por ello dejaron de tener una influencia apreciable. En los albores de la década de 1970 los prochinos eran el azote del revisionismo comunista partidario de la Unión Soviética, toda vez que el trotskismo, con su Cuarta Internacional incluida, empezaba a estar de capa caída. En España, a Carrillo le ponían de vuelta y media entre el Camarada Intxausti y Ramón Lobato –eso sí, cada uno por cuenta de su propio partido, tal vez porque, aun siguiendo ambos a Mao, no podían encontrar la síntesis entre los orígenes terrateniente del uno y campesino del otro–. Y de paso, los dos se deshacían en elogios hacia la Kampuchea Democrática mientras Pol Pot y los suyos depuraban los residuos capitalistas del país jemer matando a un tercio de su población.

Después, enterrado Franco e iniciada la transición, vinieron las elecciones. Los comunistas se quedaron en poco, pero los prochinos acabaron en nada. Sus aspiraciones a tocar poder se vieron frustradas en todos los casos. Entonces guardaron el «Libro Rojo» y se metieron en el PSOE, donde, como había de todo, no se notaba el origen y cualquiera podía llegar a ser un político respetable. Además, Felipe González, que viajó a China, volvió encantado de conocer a Deng Xiaoping y dijo aquello de que daba igual que los gatos fueran blancos o negros mientras cazaran ratones. Y así, ser pro-chino dejó de considerarse una identidad política.

Pero hete aquí que las tornas se vuelven y ahora ser prochino adquiere un nuevo significado. Lo ha dejado claro el presidente Xi Jinping en su discurso de Davos defendiendo el libre comercio frente al proteccionismo que amenaza, con Trump, desde Estados Unidos. El líder chino ha sido nítido al señalar que desea «una economía mundial abierta que nos permita compartir con todos las ventajas del océano» y al advertir que «nadie saldrá vencedor de una guerra comercial». A partir de ahora es posible que muchos librecambistas se hagan también prochinos. Pero, cuidado, porque el mercado libre no conduce necesariamente a las libertades democráticas y, aunque a algunos les resulte paradójico, la globalización y el comercio sin trabas son fragua en la que se forja la legitimación del comunismo totalitario en China.