Opinión

La ejemplaridad

Una persona ejemplar es aquella que es admirada y reconocida por sus semejantes, y por tanto es digna de ser imitada en el cumplimiento de sus obligaciones

La ejemplaridad es una cualidad que define a quien con su conducta sirve de modelo de referencia para los demás. Una persona ejemplar es aquella que es admirada y reconocida por sus semejantes, y por tanto es digna de ser imitada en el cumplimiento de sus obligaciones. Eso ha sido algo incuestionable para todo aquel que asume responsabilidades, que le convierten en alguien a quien la gente necesariamente escruta en su quehacer cotidiano. Es el caso de quienes se dedican a la «res pública», es decir, a la política. Por su influencia, los políticos son juzgados por la sociedad, siendo esta una carga que va implícita en el cargo. Y tanto más es juzgado cuanta mayor es su responsabilidad y consecuente proyección pública, como es lógico.

En una democracia donde el soberano es el pueblo, los políticos son elegidos para representarle en las instituciones y gestionar bienes de interés general, que precisamente son financiados con cargo a los impuestos que pagan ellos, los contribuyentes. La ejemplaridad exige un respeto al prójimo, entendiendo por tal el conjunto de la sociedad en general y cada uno de los individuos que la componen en particular. Por tanto, una virtud indisociable de una persona ejemplar es el respeto a los compromisos asumidos y a la palabra dada. Una correcta convivencia social es digna de ser considerada como tal cuando está basada en el respeto, la educación y las buenas formas entre personas que lógicamente son distintas y con frecuencia distantes entre sí. Las diferencias de estatus social, las ideológicas e incluso la edad y sexo, ponen a prueba la ejemplaridad de las personas y muy en especial la de las públicas.

En la actualidad, en la sociedad presuntamente más preparada de la historia, la buena educación, entendida como el respeto por los demás, es ya casi inexistente. Las buenas formas, el comportamiento en sociedad, etc., están de capa caída entre las más jóvenes generaciones, en prácticas tan sencillas como ceder el paso a una persona mayor u ofrecer el asiento en el transporte público. Son las consecuencias de la ausencia de educación en valores. Por eso también la ejemplaridad de la «clase política» deja mucho que desear, y transmite un ejemplo al cuerpo social que es desolador, cuando deberían dar profundidad y altura.

En una sociedad democrática, la confianza entre la élite política y los administrados que les votan es esencial para la calidad del sistema. Por eso, faltar a la verdad, mentir o engañar al pueblo con reiterada alevosía, hace imposible una convivencia democrática y no es digna de tal nombre.