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1919: La laureada para el médico

Tiempo de lectura 4 min.

12 de junio de 2016. 22:03h

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En el periodo de la generación primiceria del siglo XX (1905-1930), Ceuta se encontraba en el eje geográfico de las comarcas oriental y occidental de la zona de influencia que le fue asignada a España en Marruecos. Era un territorio aislado en la ruda orografía del Rif donde sus habitantes, dirigidos por su jerife, El Raisuni, evolucionaron desde un pacto inicial con España a un acercamiento primero a Francia y luego a Alemania y al Reino Unido. Era un líder inestable al frente de la rebelión de los indomables rifeños contra la ocupación extranjera. Esto obligó a las tropas españolas a tener que conquistar el terreno palmo a palmo, haciendo frente a emboscadas y ataques de fuego graneado que originaban considerables bajas.

Una de tales acciones tuvo lugar en Cudia Rauda, el 11 de julio de 1919. El mando español consideró que había que ocuparlo puesto que controlaba la carretera entre Tetuán y Larache. La misión fue encomendada a una columna mandada por el coronel Ángel Rodríguez del Barrio. De ella formaba parte, entre otras unidades, una compañía del II Escuadrón de Regulares de Ceuta número 3, a la que iba agregado el teniente-médico Manuel Ruigómez Velasco. La operación, realizada con gran rapidez, fue un éxito, ocupándose Cudia Rauda. Pero la reacción de los rifeños fue también inmediata. Desde las crestas y riscos próximos comenzó un fuego cruzado que hizo necesaria la instalación de puestos para defender la base establecida en Cudia Rauda.

En esas posiciones, el teniente-médico Manuel Ruigómez Velasco se entregó a una frenética cura de heridos sobre la misma línea del fuego enemigo, casi donde caían, protegiéndose como podía de las balas enemigas. Como él mismo relató, «el fuego enemigo era abrumador y el número de bajas exorbitante». Desde el rudimentario hospital de campaña que consiguió levantar, el equipo sanitario no daba abasto. Atendiendo a los heridos, allí donde caían, el teniente-médico Ruigómez percibió los quejidos de un herido tendido entre las dos líneas de fuego, a unos 20 metros de la trinchera. Quiso ir a ver de qué se trataba, pero le advirtieron que no se moviera puesto que el enemigo imitaba la voz de los españoles para engañarles. Aun así, Ruigómez se tiró al suelo y arrastrándose lentamente para que el enemigo no percibiera sus movimientos se acercó al herido: el teniente Pablo Martín Alonso. Llegando, Ruigómez le preguntó si podía moverse, al contestarle Martín que no, se colocó debajo de su cuerpo herido y muy poco a poco, reptando, regresó a la trinchera española salvando su vida.

Manuel Ruigómez era hijo del médico del Valle Mena. Él y su hermano Luis estudiaron Medicina en Madrid, solicitando el primero el ingreso en la Academia de Sanidad Militar, donde lo hizo por oposición en 1915. Más tarde, fue destinado como teniente-médico a las Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta, y fue citado como destacado en la primera operación militar en que intervino, en Beni-Madam. En un breve permiso, contrajo matrimonio con doña Araceli García Monasterio. Por su comportamiento heroico en Cudia Rauda fue propuesto, tras el correspondiente juicio contradictorio, para la Cruz Laureada de San Fernando, máxima condecoración al heroísmo en combate. Todos estos hechos están explicados con detalle en el volumen 22 (1969) de la colección «España en sus héroes» dirigida por José María Gárate Córdoba.

La laureada le fue impuesta por el Rey Alfonso XIII en ceremonia organizada al efecto en el Paseo de Coches del Parque del Retiro (Madrid). La concesión de este reconocimiento tuvo la intención de reconocer el heroísmo de la persona; no fue un acto de valor aislado sino en beneficio de todos sus compañeros en aquella peligrosa posición y como culminación de una serie de acciones que puso de relieve un altísimo sentido de servicio y entrega. La Laureada de San Fernando está pensada para ser otorgada a combatientes heroicos; pero cuando se concede a un médico, que sólo empuña gasas y bisturí, el heroísmo alcanza unas cotas difícilmente concebibles. Ni el cansancio, ni la interminable labor de curar a los heridos bajo el fuego pudieron con su determinación de salvar vidas o poder dar la suya por sus compañeros. El médico Ruigómez no mató a enemigo alguno, sólo se concentró en curar a riesgo de su propia vida. Sólo por eso, la más que merecida Laureada de San Fernando alcanzó un sobresaliente reconocimiento en toda España.

Se dice que Ruigómez nunca habló de su heroísmo. Sólo lo hizo al final de su vida cuando el Ayuntamiento del Valle de Mena decidió nombrarle Hijo Predilecto, ocasión en la que amigos suyos de la niñez lo escucharon por primera vez. Así es un héroe español. Por mi parte, casado como estoy con una de las hijas de Manuel Ruigómez, escribo estas líneas para dar a conocimiento público su comportamiento ejemplar.

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