Unificarnos

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de Santa Ángela de la Cruz, Madrid

Meditación sobre el evangelio de este domingo XXXI del tiempo ordinario

“Pero, ¿Cómo me puede llenar algo que no puedo coger?”, preguntó un chico a un joven amigo míodespués de escuchar su testimonio de fe, que narraba con sencillez y alegría su vida de cristiano coherente, que ora y celebra los sacramentos, mantiene su pureza de alma y cuerpo, sirve a cuantos puede y vive sin disimulos lo que cree. Estas palabras suscitaron en su oyente el deseo de volver a la fe que estaba dejando perder, porque había encontrado a alguien que se lo hacía gustar con su propia vida. Al darse cuenta de que lo que colma nuestros anhelos es mucho más que lo que podemos coger y manipular, volvían a encajar losfragmentos dispersos de su vida. Esta unificación personal, que nos hace encontrar armonía y sentido en cuanto somos, brota del centro del mensaje de Cristo, que debió suscitar un estupor similar al del oyente de mi amigo en el escriba que le pregunta cuál es el mandamiento más importante. La respuesta fue: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos»(Marcos 12,28b-34).

Los cientos de prescripciones sociales, rituales y religiosas que los fariseos propugnaban como signosde fidelidad a Dios, en verdad mostraban la división del ser humano cuando aún no le ama con sencillez de corazón. La persona se dispersa y se pierde detrás de tantas cosas “que puede coger”, pero que no le pueden responder ni mucho menos llenar sus búsquedas más elevadas y significativas. Ante esto,Jesús reconduce todo hacia el centro diáfano de la relación con Dios: amar. Pero no amar de cualquier modo, sino desde la unidad y totalidad de lo que somos: todo el corazón como centro unificado de nuestra dimensión física y temporal; toda el alma, que es nuestro principio espiritual y eterno; toda la mente como vértice de una y otra dimensiones, inseparables y complementarias, que actúa como eje de los propios criterios, elecciones y acciones concretas. Y es que toda persona lleva dentro de sí un anhelo de infinito que le apremia con fuerza y solo puede ser colmado si logramos concentrar todas nuestras potencias físicas, espirituales e intelectivas hacia el Ser Eterno, que siempre nos proyecta hacia un horizonte mayor. Así nuestra temporalidad es tocada por lo que no pasa nunca ynuestra contingencia es elevada hacia lo trascendente. Porque la persona necesita unificarse para entrar en relación con el que en sí mismo es Uno, todo en todo, y que se hace reconocer en todos.  Es Cristo quien nos unifica en el amor para que la vida divina resplandezca en nosotros. Por eso, nuestra capacidad de amar ha de dirigirse ante todo a Él, buscándole y queriendo responderle como personas enteras que, en consecuencia, pueden amar a los otros con sentido sobrenatural.

Dios no impone unos caprichos externos, que esclavizarían e impedirían vivir con libertad al ser humano. Lo que sí somete a la persona es dividirla y hacer que su corporalidad se ciegue por la seducción de lo material y lo sensual, su alma flote en una espiritualidad sin asideros y su mente se disperse entre las cambiantes opiniones del momento. El único mandamiento del amor a Dios a través del hombre, que se proyecta vertical y horizontalmente, como los dos leños de la cruz, es la clave unificadora de la vida humana, y por eso mismo la condición de su auténtica libertad, felicidad y trascendencia. Amor comprometido que pasa por la entrega de sí y el sacrificio esperanzado, fecundo y renovador, anclado en lo más profundo y dirigidohacia lo más alto. Porque el don objetivo de lo que Dios manda no contradice, sino que lleva a plenitud los anhelos subjetivos del ser humano, que se encuentra a sí mismo al responder a la realidad de quien va más allá de sí y de quienes encuentra más cerca, sus prójimos. Son esas realidades que “no podemos coger” las que, efectivamente, llenan toda la existencia de quien las vive. Por eso cuando mi amigo daba el testimonio de su fe puesta en práctica, mostraba cómo Dios colma nuestrosanhelos más preciosos.

Es necesario entonces que volvamos al centro de nuestra fe en sus dos direcciones, hacia Dios y hacia el hombre, que es el prójimo y somos nosotros mismos. El joven que no entendía cómo le puede llenar algo que no puede coger expresa muy bien esa necesidad de sentido y de un bien mayor que vamás allá de lo material y utilitario que pasa por nuestras manos. «En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas», es decir, todo lo que Dios tiene para enseñarnos, de tal manera que nos reconozcamos como verdadera imagen y semejanza de Él.