El dilema de los ancianos: ¿salir o seguir confinados?

Los expertos alertan de que un confinamiento extremo del colectivo más vulnerable es capaz de salvar muchas vidas, pero a la vez tendría graves consecuencias para la salud psíquica y física de los ancianos

Cuando la semana pasada la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó que el confinamiento de los mayores podría alargarse hasta final de año, no debieron ser pocos los geriatras y psicoterapeutas que se llevaran las manos a la cabeza. «Sin vacuna tenemos que limitar al máximo el contacto con los ancianos», dijo Von der Leyen. «Sé que es difícil y que el confinamiento supone una carga, pero es una cuestión de vida o muerte», añadió. El panel de expertos que asesora al Gobierno de Pedro Sánchez tiene ya sobre la mesa la «patata caliente» de cómo, y sobre todo cuándo, suavizar las medidas de confinamiento para la tercera edad. Nadie lo sabe con certeza, y su portavoz, Fernando Simón, se ha escudado tras un vago e impreciso «en verano» cada vez que le han preguntado por ello. La paradoja es que un confinamiento extremo del colectivo más vulnerable, a la espera de una vacuna que aún puede demorarse muchos meses, es capaz de salvar y prolongar muchas vidas, pero a la vez tendría graves consecuencias para la salud psíquica y física de los ancianos.

«El aislamiento social prolongado de la tercera edad puede ser la puerta de entrada a un amplio abanico de problemas físicos y mentales nada desdeñables», apunta la psicóloga sanitaria y forense Laura Cadierno. «El miedo a contraer la enfermedad y a la muerte en soledad, la abrupta ruptura con las rutinas diarias, la incertidumbre respecto al futuro o la información constante que reciben a través de los medios de comunicación pueden derivar en problemas de ansiedad, trastornos del sueño y de la alimentación, depresión e incluso estrés postraumático», añade.

El psiquiatra Sergio Oliveros abunda en esos riesgos, pero advierte que el confinamiento también puede salvar la vida a muchos ancianos que viven solos o acompañados de su cónyuge o su familia. «Sin duda, prolongar el confinamiento para salvaguardar su salud es la opción más recomendable, e incluso si se les dejara salir a la calle en el verano habrá riesgo. Lo que se juegan los ancianos con el Covid-19 es la vida en una proporción mucho mayor que otros segmentos de edad. Por tanto, hasta que no haya una vacuna no podrán vivir del todo tranquilos», sostiene. Pero añade a continuación: «Sin embargo, el confinamiento tiene unos efectos especialmente duros para ellos. La falta de contacto afectivo, la soledad, la inactividad física, la no exposición al sol, el abandono de las rutinas o el descuido de la dieta son consecuencias directas del confinamiento que se pueden traducir en un empeoramiento de deterioros cognitivos preexistentes por falta de estímulos, debilitamiento físico por el reposo, aumento de la osteoporosis con fracturas, infecciones por descuido de la higiene, mayor minusvalía física, problemas metabólicos y cuadros psiquiátricos que reúnen peculiaridades propias».

Cadierno puntualiza que «muchos de nuestros mayores están viviendo el confinamiento en absoluta soledad, distanciados de sus familias por el miedo al contagio y completamente aislados de su entorno. Esta situación se agrava si tenemos en cuenta que muchos de ellos han sufrido ya la pérdida de personas cercanas por la pandemia, lo que contribuye a alimentar la sensación de peligro constante y amenaza para la propia vida». Además, añade, «en los ancianos la inactividad física prolongada puede acarrear un deterioro funcional a corto y medio plazo»..

En Francia, Macron se ha visto forzado a dar marcha tras hacer público que los mayores de 65 años –unos 18 millones de franceses– y los ancianos con patologías graves tendrían que seguir confinados de forma indefinida.

En España, los epidemiólogos no ocultan su cautela. Las personas mayores, señala Pere Godoy, presidente de la Sociedad Española de Epidemiología, «es probable que tarden más tiempo en salir a la calle, precisamente para reducir sus posibilidades de contagio. Pero cuando la situación epidemiológica lo permita y puedan salir, no son personas que transmitan el virus con más frecuencia que otras». Eso sí, puntualiza, «tendrán que seguir con medidas de distanciamiento físico a corto y medio plazo, lo que supone que evitarán los lugares de mayor aglomeración, e incluso con la posibilidad de tener que volver a un confinamiento si hay una segunda ola de contagios”». Ése parece ser el mayor recelo que despierta en las autoridades sanitarias españolas el levantamiento de las medidas restrictivas sobre los ancianos: que la relajación del confinamiento provoque un repunte de los contagios.

En ese caso, asegura José Augusto García Navarro, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, habría que dar marcha atrás y congelar la desescalada, para evitar que el desconfinamiento contribuya a una nueva fase de expansión de la enfermedad. «Ya sabemos que el coronavirus afecta especialmente a la gente mayor, y sobre todo a la gente muy mayor que tiene enfermedades crónicas: cardiaca, pulmonar, diabetes, obesidad... Y a esas personas hay que protegerlas. El problema es que no tenemos ni un tratamiento preventivo ni tampoco una vacuna, y además no la tendremos en muchos meses. Pero hay muchas maneras de exponer a los mayores al riesgo. Por ejemplo, puede hacerse un desconfinamiento parcial y progresivo, con salidas en las que no coincidan con niños porque éstos son transmisores muy activos del coronavirus, que salgan de uno en uno salvo aquellos que tengan demencia o necesiten ayuda para desplazarse, que salgan en distintas franjas horarias y protegidos al menos con una mascarilla... Y dentro de unos meses ya podrán salir en grupos de 6 o 7 personas».

Antes de alcanzar la normalidad, deberán sortear otras amenazas, como la depresión senil –que al estar confinados en sus casas «con certeza aumentará», señala el psiquiatra Oliveros–, por el estrés al que están sometidos o por «el aumento del consumo de alcohol en ancianos confinados. Las consecuencias de este abuso pueden ser importantes también».

«El Covid-19 estimula en los ancianos un miedo intenso al contagio, al padecimiento y a la muerte en soledad», apunta la psicóloga y psicoterapeuta Macarena Chías. «La crisis que vendrá genera miedo a la pobreza, y las medidas de aislamiento les separan de sus seres queridos. El miedo y la tristeza llenan sus días en soledad. Si queremos preservar la salud psicoemocional y la vida de nuestros mayores debemos permitirles salir y relacionarse, con medidas de protección, con sus seres queridos».