El sistema inmune, primera barrera frente a la Covid-19

La defensa más efectiva contra el SARS-CoV-2 está en nuestro organismo. Aprender a fortalecer este escudo resulta clave para convertirse en un objetivo difícil para el virus

Nuestro destino no está escrito en los genes. De hecho, cuando hablamos del origen de las enfermedades, de los dos componentes en juego, la genética normalmente aporta un 20%, mientras que el 80% restante corresponde a la epigenética; es decir, la relación dinámica entre el entorno de una persona y su impacto en los genes. «Tendemos a pensar en aspectos inmutables que nos apartan de cualquier responsabilidad más allá de las pautas aconsejadas por las autoridades sanitarias. Sin embargo, no creo que esto sea así. Los profesionales sanitarios que hacemos uso de la Medicina Integrativa somos firmes defensores de la individualidad y de la proactividad. Creemos que un ’‘terreno orgánico’' en óptimas condiciones será más difícil de ser colonizado por cualquier agente patógeno», afirma Juan Serrano, biólogo especialista en Bioquímica y Biología Molecular de la Sociedad Española de Medicina Integrativa (Sesmi).

Entonces, ante una infección vírica como el SARS-CoV-2, ¿qué porcentaje de responsabilidad asociamos a la genética y cuál a los factores que dependen de nuestro estilo de vida? «Me atrevería a afirmar que la epigenética es prácticamente el 100%. Así, para que un virus pueda infectar, tiene que haber un contexto epigenético concreto. Ello nos lleva a tener muy en cuenta la influencia de la alimentación, nuestra exposición a los contaminantes, la falta de ejercicio, el estrés crónico, entre otros. En definitiva, lo importante sería determinar cómo nuestra relación con el entorno puede desembocar en una respuesta adecuada o inadecuada del sistema inmune», añade.

Inmunonutrición

Si partimos de la premisa de que tenemos un papel activo a la hora de protegernos frente a la Covid-19, dejamos de sentir que dependemos sólo de la mascarilla, el lavado de manos y la distancia social. Nos convertimos en sujetos proactivos de la prevención, trabajándola desde dentro. La nutrición es un buen punto de partida para empezar a construir nuestra defensa inmunitaria ya que, lo que comemos, es el combustible para el funcionamiento celular.

¿Qué debemos elegir? En opinión de Felipe Duarte, doctor en Quiropráctica y terapeuta Gestalt, «comida ecológica, puesto que el uso de químicos y pesticidas influye negativamente en el buen funcionamiento del cuerpo y por lo tanto de su sistema inmune. Por otro lado, hay tres cosas que deberíamos suprimir de la dieta: gluten, lácteos, y azúcar refinada, elementos que interfieren negativamente en el organismo debido a que suponen un coste energético para su transformación, más alto que la energía que proporciona, lo que supone una sobrecarga del sistema de funcionamiento del organismo».

El papel que juega la nutrición en el apoyo al sistema inmunitario está bien establecido. «La mayoría de los micronutrientes exhibe funciones pleiotrópicas en el apoyo de la función inmune. Una gran cantidad de investigaciones muestra que la práctica totalidad de las vitaminas junto con los oligoelementos, incluidos zinc, hierro, selenio, magnesio y cobre; así como los ácidos grasos omega-3, el ácido eicosapentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), juegan un papel importante y complementario en el apoyo al sistema inmune», apunta Serrano.

Vitaminas indispensables

Mención aparte merecen las vitaminas D y C a la hora de aumentar la resistencia inmunitaria. Los expertos matizan que, para conseguir este efecto protector beneficioso, no es suficiente con la ingesta a través de alimentos de las cantidades diarias recomendadas, sino que se necesita una dosis supra-fisiológica que, normalmente, requiere del uso de suplementos.

«Respecto a la primera, está constatado que bajos niveles de vitamina D influyen sobre nuestro sistema inmunitario, debilitándolo y, por tanto, dificultando nuestra defensa frente a los agentes externos, como es el caso de coronavirus. Diferentes publicaciones científicas resaltan los bajos niveles de vitamina D de los pacientes afectados por el nuevo coronavirus. Habida cuenta de que el 80% de las personas mayores de 65 años y el 40% de la población menor de 65 años tienen carencia de esta vitamina, indiscutiblemente se hace necesario incrementar los niveles de vitamina D con fines preventivos, así como a la hora de afrontar adecuadamente la infección provocada por Covid-19», señala el experto. «También existe cierta base científica y racional que justifica la utilidad de la vitamina C, ya que tiene efectos inmunoestimulantes, propiedades antioxidantes, antiinflamatorias, antivirales y posibles efectos antimutagénicos. Además, se ha demostrado que la vitamina C mejora varios parámetros inmunológicos. Otras recientes investigaciones han revisado el uso de vitamina C en el manejo de cuidados críticos y sus efectos biológicos en pacientes afectados por Covid-19», añade.

Por otro lado, nuestra protección inmunitaria está íntimamente relacionada con el plano emocional. La ciencia avala la relación directa entre lo que pensamos y sentimos y nuestro sistema inmunológico, puesto que tanto los pensamientos como las sensaciones y emociones crean una configuración a todos los niveles en nuestro organismo: neurológica, fisiológica, bioquímica, entre otras. Un ejemplo claro es la cascada de emociones que se desata cuando sentimos estrés, un patrón de respuesta orgánica que satura al organismo y hace que comience a funcionar de un modo incorrecto. «El miedo, la angustia o la incertidumbre provocan un efecto parecido, son emociones inmunosupresoras, que debilitan nuestro sistema inmunológico. Para contrarrestar sus efectos, hay que potenciar las que tienen una función inmunomoduladora, como la confianza, la alegría, la coherencia…; en definitiva, aquellas que nos acercan a nuestra esencia. Cuanto más auténticos somos y más nos atrevemos a ser nosotros mismos, más las potenciamos», explica José María Doria presidente fundador de la Escuela de Desarrollo Transpersonal.

El misterio de la inmunidad

Aun así, aunque una parte importante de la protección ante el virus pueda estar en nuestras manos, la inmunidad relacionada con la Covid-19 es una de las incógnitas más importantes de la pandemia. «Hasta la fecha, se sabe que los anticuerpos que se generan contra este virus decaen mucho y muy pronto. Recientemente, un estudio británico (con todas las cautelas debidas, ya que aún no se ha sometido a revisión por pares para ser publicado en una revista científica) concluye que la inmunidad a la Covid-19, una vez pasada la enfermedad, desaparece tras tres meses. Ello puede poner en duda la eficacia de la vacuna o, cuanto menos, se puede convertir en un factor clave en el diseño de las mismas», explica Serrano. «La práctica totalidad de los estudios se ha centrado en una sola parte de la inmunidad, la dependiente de anticuerpos. Sin embargo, hay vida más allá de los mismos. Prueba de ello son las personas que han superado la Covid-19 pese a tener una enfermedad genética que les impide generar anticuerpos. Estas proteínas son una de las armas que usa el sistema inmune para bloquear la entrada del virus, pero no son la única manera de hacerlo, ni tan siquiera la más importante. Existe otra gran clase de inmunidad, incluso más efectiva, a la que, deberíamos mirar de frente en vez de reojo; la inmunidad celular, especialmente los linfocitos T, que proporcionan memoria al sistema defensivo», añade. De hecho, los ensayos de la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford se están centrando en esta vía: la de generar una respuesta inmunitaria de células T específicas del virus, que lo reconozca si nos vuelve a infectar.

Meditación, un apoyo desde dentro

Hágalo todos los días, como un entrenamiento. No importa si nunca lo ha hecho, pruebe. Es otra forma de reforzar su interior. La meditación y la atención plena ya no son sólo prácticas reducidas al colectivo de personas que buscan un crecimiento personal. Sus innumerables beneficios hacen que, hoy por hoy, se usen en hospitales, educación, enseñanza y otros muchos ámbitos de la vida. «La meditación es una herramienta fundamental para el sistema inmunológico, tanto por su influencia directa, ya que crea un equilibrio orgánico que permite la expresión adecuada y adaptada del sistema inmune, como por la indirecta, dado que el acto en sí de meditar permite una reducción del estrés», señala Duarte. ¿Y cómo lo consigue? «A través de esa sensación de ’‘vacío mental’‘, el organismo se queda libre de pensamientos y rumiaciones, y las células, órganos y sistemas pueden funcionar libremente, sin los límites que imponen las demandas de la vida diaria», añade. Este primer curso de la nueva normalidad puede ser el momento perfecto para añadir esta práctica a sus rutinas diarias. «Los escenarios nuevos no vienen ‘de rositas’, lo que nos hace adentrarnos en territorios nuevos suelen ser crisis de transformación. Son oportunidades de cambio y renacimiento personal», apunta Doria.