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La quimera humano-cerdo

El equipo de Juan Carlos Izpisúa logra integrar células de ambas especies en el embrión del animal, un primer paso para el «cultivo» de órganos

  • Corazón de rata en un embrión de ratón
    Corazón de rata en un embrión de ratón / Instituto Salk
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

27 de enero de 2017. 03:04h

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B. V. C./J. V. E..  Madrid. 26/1/2017

Las «quimeras», es decir, los seres vivos con dos tipos de células diferentes, ya son una realidad. Un estudio publicado en la revista «Cell» y liderado por Juan Carlos Izpisúa, profesor del Laboratorio de Expresión Génica del Instituto Salk en La Jolla (California), ha dado un paso genético más al lograr integrar células humanas en embriones de cerdo. Así, estamos un poco más cerca del objetivo final de Izpisúa: que los animales puedan llegar a ser, algún día, «incubadoras» para órganos humanos, lo que supondría una revolución en el campo de los trasplantes. En 2015 ya demostraron que se podían implantar células madre en embriones de ratón. Sin embargo, hasta ahora no se había comprobado si era posible un proceso similar en animales superiores, válidos para ser futuros «donantes».

«Nuestros hallazgos son una esperanza para el avance de la ciencia y la medicina, proporcionando una oportunidad sin precedentes para indagar en las primeras etapas del desarrollo embrionario y la formación de órganos, así como una nueva vía para el estudio de terapias médicas», afirma Izpisúa a LA RAZÓN.

La quimera humano-cerdo

En realidad, han sido dos los hallazgos, en los que han participado también científicos de la Universidad Católica de Murcia, la Clínica Cemtro de Madrid y el Hospital Clínic de Barcelona. En el trabajo ya citado, el equipo del Instituto Salk ha generado un nuevo tipo de células iPSC humanas, que se distinguen por ser reprogramadas para comportarse como células madre embrionarias. Después, se inyectaron tres tipos de estas iPSC en el embrión del cerdo. ¿El objetivo? Que se produjera una sincronización, de forma que el animal incorporara e instruyera a las nuevas células a diferenciarse correctamente, demostrando que podían contribuir al desarrollo temprano del animal y generar precursores de tejidos. ¿El resultado? Las células iPSC son capaces de «quimerizar» embriones de grandes especies animales, lo que constituye «un hecho sin precedentes».

Del mismo modo, también se ha llevado a cabo una quimera ratón-rata. En este caso, y a través de la tecnología CRISPR/Cas9 de edición génica, desactivaron el gen que produce el páncreas en embriones de ratón; después, insertaron en esos embriones células iPSC, en este caso de rata, que contenían el gen para la generación del páncreas, y finalmente los implantaron en una hembra de ratón. Los embriones se desarrollaron de manera que cada ratón estaba formando un páncreas de rata. Tras este logro, consiguieron, del mismo modo, crear ratones con ojos y corazón de rata.

«Hemos demostrado que esta tecnología permite que un organismo de una especie genere un órgano compuesto por células de otra diferente. Esto nos proporciona una herramienta muy potente para estudiar la evolución de las especies, la aparición y el desarrollo de enfermedades, la búsqueda de nuevos fármacos, y puede conducir, en última instancia, a la posibilidad de producir órganos humanos para trasplante», dice Izpisúa. Sin embargo, estamos ante un primer paso: «Habrá que esperar un tiempo antes de que podamos crear verdaderos órganos humanos en cerdos. La razón es que necesitamos superar varios retos técnicos, científicos, éticos y sociales». De hecho, reconocen que se trata de un objetivo «bastante distante», pues «no sabemos con certeza cuándo será posible generar tejidos en órganos aceptables para trasplante». Entre los retos, está la posibi-lidad de incrementar la capacidad de quimerismo de las células humanas en cerdos.

No en vano, es más fácil la integración de células de rata en ratón que las de humanos en cerdo. La distancia evolutiva entre la rata y el ratón es de entre 15 y 20 millones de años; la que separa a los humanos de los cerdos es de 95 millones. Y, cuanto mayor es esta distancia, «más difícil es que las células de dos especies se mezclen de manera eficiente».

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