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La conquista privada del espacio

Las empresas compiten por crear una línea aérea galáctica sin contar con la NASA.

  • El único «tripulante» del potente cohete de SpaceX era un maniquí, vestido con el traje lunar diseñado por Musk, en el asiento del piloto de un Tesla rojo, uno de los coches eléctricos más demandados
    El único «tripulante» del potente cohete de SpaceX era un maniquí, vestido con el traje lunar diseñado por Musk, en el asiento del piloto de un Tesla rojo, uno de los coches eléctricos más demandados

Tiempo de lectura 4 min.

07 de febrero de 2018. 23:52h

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Jorge Alcalde.  7/2/2018

Lo que ocurrió anteayer en la base de Cabo Cañaveral en Florida es el fin de una larga historia. El primer vuelo de ensayo del cohete «Falcon Heavy» había empezado a soñarse mucho antes. En abril de 2011, el magnate Elon Musk presentaba a un selecto grupo de periodistas su proyecto para fabricar el cohete espacial más potente de la historia. Entonces no era la celebrity mundial que es hoy y le faltaba mucho para madurar su idea. Pero la fecha elegida para su anuncio no podría haber sido más pertinente: tres meses después el transbordador espacial de la NASA hizo su último viaje, un vuelo de despedida de la nave Atlantis que cerraba 30 años de programa de transbordadores americanos. Estados Unidos se quedaba sin «autobús» para llevar a sus astronautas a la Estación Espacial Internacional, dependía de las naves Soyuz rusas para seguir en órbita y allí estaba un joven visionario y millonario con una solución en el bolsillo.

Y ahora, ¿qué? SpaceX, la compañía bajo la que Elon Musk desarrolla su aventura espacial, acaba de callar muchas bocas. No eran pocos (éramos pocos, debo decir) los que pensábamos que las pretensiones del magnate sonaban más a quimera que a realidad. Lo hicimos tras contemplar la larga lista de retrasos y de algunos contratiempos en su plan de viaje. Parecía que la peripecia cósmica de Musk no tenía recorrido. Pero lo tenía. Tras contemplar al cohete principal hacer lo propio minutos después, al «roadster» rojo de Tesla alzar el vuelo con un maniquí a bordo, preparándose para alcanzar una órbita eterna alrededor de Marte mientras en los altavoces del vehículo sonaba «Space Oddity» de David Bowie.

Es probablemente la acción que más ha hecho por el futuro de la carrera espacial en los últimos cinco años. El coche rojo de Musk es una cápsula del tiempo, un mensaje para el futuro, al estilo de las huellas que dejaran en África por última vez los primeros Homo sapiens que emprendieron la conquista de otros continentes. Será un símbolo del inicio de una nueva era en la exploración espacial. ¿Qué era?

Para empezar, una era más barata. La misión «Falcon Heavy» ha costado 90 millones de dólares. Una minucia en términos de altos vuelos espaciales. La NASA cuenta para sus planes de enviar seres humanos a Marte con la tecnología de cohetes Delta IV. Uno sólo de estos cohetes cuesta cuatro veces más que el juguete de Musk. En camino hay algunos proyectos atractivos. La empresa Blue Origin tiene previsto lanzar en 2020 el cohete New Glenn 2, capaz de elevar 45 toneladas sin problema. Y ese mismo año la NASA quiere tener operativo su Space Launch System, el auténtico sustituto de programa de transbordadores cancelado en 2011. Los cohetes de esta plataforma podrían llegar a transportar 130 toneladas.

No se trata de una competición de pesos, aunque también, sino de precios. Todos estos proyectos resultan vitales para el desarrollo de las futuras misiones a la Luna y a Marte. La cantidad de viajes necesarios y el volumen de material lanzado es de momento inimaginable. Alcanzar la Luna o el planeta rojo, construir estaciones orbitales o en suelo, enviar seres humanos allá fuera requiere de un sistema de lanzamiento flexible, reutilizable, potente. Hay que generar una «línea aérea regular» al espacio exterior.

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