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¿Por qué es imposible predecir terremotos?

En pleno siglo XXI, la Ciencia sigue siendo impotente ante la catástrofe.

  • ¿Por qué es imposible predecir terremotos?

Tiempo de lectura 4 min.

25 de septiembre de 2017. 04:31h

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24/9/2017

Fue el mismo día 19 de septiembre, separado por 32 años. En ambos casos comenzó igual: con un primer temblor leve e inicial, luego creciente y estremecedor. En el mismo lugar del planeta, México castigado por la tierra. El primero, 1985, acabó convertido en un sismo de magnitud 8,1 que mató a más de 10.000 personas. El segundo, de 7,1, ha acabado esta semana con la vida de casi 300. Dos historias demasiado parecidas, demasiado repetidas. En el fondo, todos los terremotos se parecen, todos siguen aparentemente la misma secuencia de acontecimientos, nada resulta significativamente distinto. Por eso es tan difícil saber de antemano cuáles van a terminar siendo devastadores y cuáles no. Los terremotos parecen impredecibles y el ser humano, demasiado ignorante para llegar a soñar con controlarlos.

Un puñado de científicos, sin embargo, se niega a aceptar esta evidencia. En el Instituto Tecnológico de California, en Pasadena, el geofísico Men-Andrin Meier lidera un proyecto de investigación sismológica pionero. Trata de estudiar el momento exacto en el que los terremotos comienzan, el punto de ignición de la furia de la naturaleza, y encontrar sutiles diferencias entre unos y otros.

Para ello utiliza enormes cantidades de datos estadísticos recogidos por los sistemas de alerta temprana repartidos por todo el mundo. Su objetivo: establecer algoritmos matemáticos que sirvan para alertar a las poblaciones que van a ser azotadas por un terremoto antes de que empiece lo peor de las sacudidas. Pero de momento, las tecnologías con las que contamos dejan poco margen para el éxito.

Los sistemas de detección temprana se basan en el uso de sismógrafos que rodean las zonas más conflictivas y lanzan una alarma antes de que el temblor más grave se produzca. ¿Con cuánto tiempo de antelación? Por desgracia, apenas unos segundos. En el caso del terremoto de esta semana, las oficinas de control recibieron el aviso 15 segundos antes del impacto de las ondas sísmicas en las ciudades. Parece poco tiempo, pero unos segundos de diferencia pueden ser vitales en ocasiones. Una población bien preparada puede aprovechar ese breve lapso para activar los primeros mecanismos de contención: iniciar evacuaciones de edificios, preparar camas de hospitales, alertar a los servicios de emergencia, cortar suministros de gas, modificar las señales de circulación...

Desde el punto de vista de la ciencia, esos primeros segundos podrían ser una interesante fuente de información. Del mismo modo que los primeros años de vida de un niño pueden servir para proyectar algunos de sus comportamientos de adulto, ¿los primeros segundos de un seísmo ofrecen pistas sobre su desarrollo posterior?

Meier busca esas pistas. Por desgracia, aún no las ha encontrado. Después de analizar 166 terremotos de las últimas décadas, ha llegado a una conclusión descorazonadora. Todos ellos empiezan igual, independientemente de la gravedad final del temblor. Nada parece permitir predecir con tiempo suficiente cuál va a ser mortal y cuál inocuo. Rastreando como un sabueso en la pila de datos de esos 166 casos, el geofísico ha llegado sólo a detectar algunos patrones de comportamiento que permiten establecer la magnitud del temblor en función de su magnitud justo unos segundos antes. Poca cosa. Con todo el poder de la ciencia del siglo XXI lo único que podemos saber es que un terremoto en desarrollo de magnitud 7,2 podría llegar a 7,4 en los siguientes 10 o 12 segundos. ¿Predecir un seísmo horas o días antes de que se produzca? De momento es un sueño inalcanzable.

La ciencia sabe que un terremoto puede ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Aún así sabemos que existen zonas del mundo más propensas que otras a padecerlo. Son áreas con mayor probabilidad de repetición que otras. Por ejemplo, en el sur de California la probabilidad de que se sufra un terremoto de magnitud 7,5 o mayor en los próximos 30 años es del 38%. ¿Alivia algo conocer la fría estadística? No mucho, la verdad. Sobre todo porque no queremos saber ese dato. De nada sirve conocer la probabilidad a 30 años. Si en los próximos 30 va a ocurrir un terremoto eso quiere decir que puede ser mañana. Cuando reducimos la escala temporal la estadística se vuelve inservible. ¿Va a haber un terremoto en España en los próximos 100 años? Sí. ¿Va a haber uno este año? Imposible saberlo.

Una predicción requeriría conocer algunos factores mínimos. Los técnicos buscan concentraciones extrañas de gas radón, cambios en la actividad electromagnética, micromovimientos imperceptibles precursores de movimientos mayores, deformidades milimétricas de la corteza de la Tierra, cambios geoquímicos en el agua profunda de los mares o extraños comportamientos animales. Lo que sea para poder entender el comportamiento de la bestia. Pero por ahora la bestia no da la cara.

Quizá el valor más prometedor sea la actividad electomagnética. Estudios de la NASA han detectado recientemente que cuando la roca se comprime a causa de los movimientos sísmicos se generan cargas eléctricas positivas que podrían modificar las señales electromagnéticas terrestres. ¿Sería posible situar sensores, quizás en órbita, que detectaran estos cambios con tiempo suficiente? ¡Quién sabe! Puede que el futuro de la lucha contra los terremotos vaya por ese camino.

Mientras tanto, más nos vale asumir que el ser humano aún no puede hacer nada para prever estos desastres. Volverán a ocurrir. La mejor estrategia, de momento, es prepararnos para ello.

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