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¿Puede suicidarse mi perro?

El caso de una pitbull en Coslada, que se tiró desde un quinto piso, ha reabierto el debate. Los veterinarios más puristas aseguran que no es posible pero ya se han detectado casos en delfines, chimpancés y algunos tipos de aves

  • Según los expertos, los perros tienen estados de ánimo, sentimientos, recuerdos y problemas de conducta, pero actúan de forma primaria
    Según los expertos, los perros tienen estados de ánimo, sentimientos, recuerdos y problemas de conducta, pero actúan de forma primaria

Tiempo de lectura 8 min.

07 de agosto de 2018. 02:07h

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Laura L. Álvarez 7/8/2018

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Samba acababa de cumplir cuatro años cuando sus dueños detectaron en ella comportamientos extraños. Era una perra de raza pitbull que siempre había sido muy dócil, pero desde hacía unos meses comenzó a alterarse en los escasos momentos en los que sus dueños, una joven pareja de Coslada, estaban fuera de casa. «Se pasaba todo el día jugando y en nuestros brazos, pero desde que nos cambiamos de casa, el pasado mes de abril, cambió», explica su dueña a este diario, mientras solicita el anonimato. Puede que a Samba se le juntaran varias cosas: sus dueños habían decidido mudarse de Torrejón a Coslada y hace un par de meses que ampliaron la familia. Aunque aseguran que con el niño mayor, de dos años, la perra era adorable y jugaban mucho juntos, puede que la llegada del nuevo bebé le alterase. «Cuando estabamos en casa se portaba muy bien, pero cuando íbamos al parque se ponía muy nerviosa». La pareja comenzó a encontrarse la puerta de la calle arañada por dentro y las patas de Samba ensangrentadas de lo violenta que se ponía. Siempre le dieron todos los cuidados del mundo, desde que la adoptaron con cinco meses y desarrolló leishmaniosis, y esta vez tampoco dejaron pasar el problema. «El veterinario le diagnosticó ansiedad por soledad, aunque ya te digo que apenas estamos fuera y menos ahora que acabo de dar a luz». Les recetaron unas gotas de tipo homeopático, que comenzaron a suministrar a la perra, pero no mejoraba. «Cambiamos nuestras rutinas hasta el punto de llevárnosla a todos lados o pedir a alguien que se quedara con ella». Pero el pasado 8 de junio, con motivo de las fiestas patronales de la localidad, la familia decidió salir a dar un paseo por la tarde. «Ese día no se quedaron con ella porque nadie podía, pero como iba a ser muy poco tiempo no le dimos importancia». Desgraciadamente, fue la última vez que la vieron. Al llegar a casa, a eso de las 23:00 horas, se dieron cuenta de que no estaba. El pequeño de dos años la buscaba para jugar, pero nada, no estaba durmiendo en ninguna estancia. «Lo primero que se me pasó por la cabeza era que habían entrado y se la habían llevado, pero la puerta no estaba forzada. Hasta miré por la terraza hacia abajo y no la vi», recuerda la mujer. Su marido volvió a asomarse por el extremo izquiedo del amplio balcón y allí estaba en el suelo, ya sin vida, puesto que la pareja vive en un quinto piso. Llamaron a la Policía Local, que les tomó declaración y realizó un informe al respecto. Ambos tienen claro que Samba se suicidó: «Estaba deseperada y saltó», zanja ella. Ni la doble barandilla era muy baja (Samba apenas podía llegar a la primera si se alzaba sobre sus patas traseras) ni había huecos por donde cupiera la perra, ya que hay unos paneles dorados casi completos. Sus dueños tienen clara la hipótesis de la muerte aunque para ellos es muy doloroso hablar del tema. La ciencia, sin embargo, está dividida sobre esta posibilidad. La mayoría se inclina por decir que este tipo de conductas en los animales o, concretamente, en perros y gatos, no son posibles «porque el concepto de muerte es propio del ser humano». Eso sostiene Manuel Lázaro, experto en etología canina –ciencia que estudia el comportamiento de los perros–, y miembro del Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid. «Claro que tienen estados de ánimo, sentimientos, recuerdos y problemas de la conducta, pero actúan de forma primaria, no tienen capacidad para abstraer ideas complejas como la muerte». Lázaro se muestra prudente, en particular con el caso de Coslada, del que desconoce los detalles, pero tiene claro que «un perro no tiene conductas suicidas». «Pueden querer huir, pero no morir», zanja. Y es que hay muchos sentimientos que atribuimos a los animales que el experto niega que tengan base científica. «No tienen rencor ni celos, ninguna idea compleja porque sólo tienen reacciones instantáneas». Sí explica que la ansiedad es un trastorno bastante habitual en los perros (cada vez más), que puede detectarse con exceso de ladridos o porque dejan de comer. «Es inadaptación a los cambios, a una persona nueva, un nuevo espacio... es más común en algunas razas más nerviosas y depende de la personalidad de cada perro, hay algunos más pachorros y otros que necesitan más acción, pero ocurre porque cada vez están mejor cuidados». Lázaro no lanza ninguna crítica en este sentido pero explica que, al igual que en el ser humano, estos trastornos son una consecuencia de tener todas las necesidades básicas cubiertas. «Igual que en África tendría que estar buscándose la vida, pensar en sobrevivir, aquí todo eso lo tiene desde el minuto cero, afortunadamente, pero desarrollan estos problemas».

La idea del suicidio en los perros puede venir, según el experto, de buscar explicaciones «un tanto románticas» en situaciones mucho más cotidianas. «Pueden perder el equilibrio en una barandilla, resbalarse al ir a oler algo o lanzarse a cazar lo que sea y calcular mal», sostiene. «Igual que cuando un perro espera en el hospital o va a un cementerio. Lo hace porque allí está bien cuidado: a todo el mundo le toca el corazón y recibe caricias y comida ¿cómo va a dejar de ir? No lo hace porque sea fiel», asegura. «Nos basamos en la ciencia y en lo que se puede demostrar y la naturaleza es así». El experto siente «desmitificar» reacciones animales y películas como «Hachiko», el perro que esperó a su dueño durante 10 años en una estación de Tokio.

Otra experta en psicología canina, Mónica Arias, se muestra más prudente y no descarta de forma tan categórica que se puedan dar estas reacciones en perros. De hecho, asegura que en otras especies ya se ha dado. «A nivel científico nadie se quiere mojar mucho pero eso no quiere decir que no existan, es solo que es complicado demostrar científicamente o que no son terrenos muy explorados aún», asegura. La licenciada en Psicología y etóloga habla de un caso de chimpancés cuyo hijo generó una dependencia muy fuerte sobre la madre. «Cuando murió, el hijo dejó de comer y de beber agua aunque estaba al lado de un río; hay una grabación sobre ello y es impresionante: se dejó morir». Arias también explica casos de «dejar de vivir de forma voluntaria» en delfines en cautividad. «Se ha comprobado que pueden controlar la respiración y dejan de hacerlo. Ocurrió con un ejemplar en un acuario y el responsable lo tenía claro: el delfín dejó de respirar porque quiso», asegura.

También ocurre con el cóndor. Aseguran que cuando ya es muy mayor y ve que ha perdido sus capacidades se lanza contra zonas rocosas de las montañas para morir. Aunque elegir una forma violenta no es habitual, parece que los estados de sufrimiento y tristeza sí pueden empujar a un animal a «abandonarse».

Y es que la experta insiste en que el tema de las emociones en los animales está menos estudiado y por eso es muy difícil hablar de que han tomado esa decisión de forma voluntaria. Eso sí, los perros que ellos tratan, con trastornos de comportamiento de distintos tipos, no han acabado nunca así, lo que no quiere decir que esto suceda y no trascienda.

En este sentido, la Fiscalía General del Estado ya encargó en 2016 un informe a la Policía Municipal de Madrid para que explicara el caso de varios «suicidios caninos» puesto que la frecuencia con la que se estaban produciendo era «llamativa»: se habían detectado al menos tres casos de canes que se habían lanzado por el balcón. En aquellos en los que se concluía que se trataba de un suicidio es porque no había elementos para pensar que había existido un daño animal por parte de sus dueños. Pero el Ministerio Fiscal, ante tal repunte, les recomendó vigilancia por si en algunos casos se escondiera algún caso de maltrato animal. Sin embargo, los agentes, según confirmaron a este diario desde el Ayuntamiento de Madrid, no concluyeron ningún caso de maltrato.

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