Sevilla

El último dandy del toreo

La Razón
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José María Manzanares ha salido de escena. Se ha roto el espejo para muchos toreros que encontraron un modelo de entender la Tauromaquia del impagable diestro alicantino. Ahora, nos acordamos, como ocurre cuando los genios desaparecen, de su temple casi invisible, de esa dulzura con la que ahormaba la embestida de los toros, de esa sutileza elegante con la que deshacía los paseíllos. Ha sido Dols Abellán un torero dentro y fuera de la plaza. Uno de los últimos bohemios del Arte de Cúchares. Vivió y toreó intensamente, con una imagen siempre impecable, pero con un halo de nostalgia y rajo flamenco siempre en su mirada.

Ahora se dice que ha sido torero de toreros y, especialmente, lo será por su apuesta vital y su inconfundible manera de trenzar las temporadas, los apoderamientos y su prestancia en los carteles. Como buen dandy, no sólo por su heterodoxa manera de vestir, sino por ser un bon vivant del toreo, también ha sido comprendido e incluso un poco heterodoxo. Torero elegante, ha sido idolatrado en Sevilla, tal vez su gran plaza, y siempre esperado, a pesar de los radicales, en el Madrid que en los años 70 le aupó, pero con la que mantuvo una relación de amor odio. Torero de otra época, de unos 80 que marcaron el cambio de un país, pero que siempre enlazó con los diestros antiguos, la pureza y, sobre todo, por su privilegiado sentido del temple. Ha ido desgranando discípulos e incluso su hijo es una figura actual del toreo y una radical visión de lo que es un matador de toros.

Qué privilegio pensar que la madurez de su retiro, en la calma de la reflexión después de todas las batallas, dulcemente se ha apagado la luz para

el último dandy del toreo.