Estas enfermedades pueden fastidiarte un viaje

Repasamos algunas de las enfermedades más comunes para los viajeros, algunas fácilmente tratables con medicamentos y otras con posibilidades de volverse crónicas

A tiempo real, mientras escribo estas líneas, ando desde hace dos días con un dolor de estómago de campeonato. Empezó el sábado con una noche toledana de sudores fríos y visitas piadosas al señor Roca y, cuando la hecatombe gastrointestinal parecía haber concluido, dolores fuertes, mucho, así como tripoteras espantosas, se han cebado con mi magullado cuerpo hasta este momento. Ya he tenido que hacer una pausa por un retortijón.

Siento la desagradable escena pero de este tipo de faenas no se salva ningún viajero. Aunque la familia y los amigos me dijeron: “vete al hospital y no vayas a tener coronavirus, lo más probable es que lo tengas, anda que vas listo, esta manía tuya por viajar todo el rato...”. Como no suelo ir a hospitales, caminé refunfuñando, con una mano en el bolsillo y la otra en el vientre, al centro de salud de Sintra en el norte de Lisboa. Me hicieron análisis de sangre, pruebas varias y tras cuatro horas de espera apareció la doctora con el resultado: tengo salmonela. Y pasa que me ha sorprendido, ya me esperaba tener el coronavirus con cuarentena de regalo, y es verdad que con el lío que hay montado por esta enfermedad diría que se nos ha olvidado que existen un buen puñado de fastidios que también pueden amargarnos el viaje. Aquí vienen algunos, cómo prevenirlos y cómo se tratan (si se pueden tratar).

Aviso a navegantes: la mayoría de los síntomas de estas enfermedades son muy similares, por lo que recomiendo no saltar a conclusiones precipitadas antes de haberse realizado la analítica pertinente en un hospital.

Malaria

Una de las enfermedades más temidas por viajeros de todo el globo, además de ser una de las más habituales. Desde hace siglos azota a exploradores y aventureros de zonas tropicales sin considerar su valentía, hasta el punto de que rondan teorías que afirman que fue esta despiadada enfermedad quien acabó con Alejandro Magno. La forma de transmisión es simple, basta el picotazo de un mosquito previamente infectado por otra persona.

Lo más habitual es que la enfermedad no se manifieste hasta pasadas varias semanas después del contagio pero, en ocasiones, el periodo de incubación puede llegar a durar un año. Los síntomas son claros: Fiebre, escalofríos, dolor de cabeza, náuseas y vómitos, dolor y fatiga muscular; en ocasiones también es posible que se sienta dolor en el pecho. La única forma de prevenir esta enfermedad es tomando unas pastillas recetadas (las más habituales se llaman Malarone) durante el tiempo que se visita las zonas con malaria, así como un par de días antes y una semana después.

El único inconveniente de estas pastillas es que en ocasiones sientan de angustia al estómago, además de que solo pueden tomarse durante un periodo de tiempo restringido - si tienes pensado irte un año a cualquier país con malaria, olvídate de tomarlas -. Si no tomas Malarone, contagiarse de malaria es cuestión de azar. Si te contagias, aparte de pasar unas noches terribles, no tienes demasiado por lo que preocuparte: existen medicamentos para curarla en casi cualquier país y a día de hoy puede considerarse una enfermedad controlada si se descubre a tiempo.

Fiebre amarilla

Un clásico muy molesto. Varios amigos míos la han pasado y no es ninguna broma. Esta enfermedad se transmite por las picaduras de mosquitos del género Aedes, por lo general en áreas que rondan los 1.300 metros sobre el nivel del mar. Según afirman datos de la OMS, hay fiebre amarilla en 47 países endémicos de África, América Central y Sudamérica. Cerca del 90% de los casos notificados cada año corresponden al África subsahariana.

La forma de prevenirla es simple, basta con vacunarse antes de viajar a cualquiera de estas regiones. En el caso de no hacerlo (mala idea) el periodo de incubación es de 3 a 6 días y los síntomas suelen presentarse en dos fases. La primera se caracteriza por fiebre, dolores musculares, cefaleas, escalofríos, pérdida de apetito y náuseas o vómitos. Nada agradable. Aunque lo habitual es que los síntomas desaparezcan pasados 4 días, un pequeño porcentaje de los infectados saltan a continuación a una segunda fase, la más letal. Entonces presentan fiebre elevada, ictericia y dolor abdominal con vómitos y deterioro de la función renal. Casi el 50% de quienes entran en la segunda fase fallecen antes de pasar dos semanas.

La fiebre amarilla tiene truco porque no existe un tratamiento específico. Lo habitual es tratar correctamente la primera fase, hidratando al enfermo, cuidando que no suba la fiebre y previniendo posibles infecciones sobreañadidas. Otro factor que suele complicarla es la similitud de sus primeros síntomas con los de otras enfermedades tropicales, lo cual hace difícil su diagnóstico.

Dengue

Yo el tema de las enfermedades no lo llevo mal porque entiendo que son gajes del oficio pero en lo que respecta al dengue, aquí encontramos una enfermedad que me asusta. El mismo mosquito que transmite la fiebre amarilla, que es muy puñetero, transmite esta enfermedad que afecta en torno a 360 millones de personas al año. Aunque en la mayoría de casos los contagiados son asintomáticos, el dengue grave puede terminar con el fallecimiento del enfermo.

Los síntomas del dengue suelen mostrarse entre 5 y 8 días después del picotazo del mosquito. El dengue clásico presenta los síntomas habituales de las enfermedades tropicales: fiebre, náuseas, dolor muscular, tos, dolor de garganta... además de erupciones en la piel, sangrado de nariz y de encías. Pero el problema viene con el dengue grave, cuyos síntomas más habituales son las taquicardias, dolor en los huesos, hemorragias, alteración de la presión arterial, insuficiencia circulatoria o deshidratación. Como verá el lector, ninguno de sus síntomas, clásicos o graves, son nada tranquilizadores para el enfermo.

Al igual que ocurre con la fiebre amarilla, no existe un tratamiento contra el dengue más allá de los antiinflamatorios, antipiréticos y simple reposo para el dengue clásico, y reponer el equilibrio electrolítico o realizar transfusiones de sangre en los casos graves. El mayor problema con esta enfermedad es que existen cuatro serotipos: DEN-1, DEN-2, DEN-3 y DEN-4. Un infectado desarrolla anticuerpos para el serotipo del que se contagió y, en el caso de volver a infectarse con cualquiera de los otros tres, aumenta sus posibilidades de sufrir un cuadro clínico grave.

Salmonela

La incluyo en la lista porque es la que tengo yo ahora y es más común de lo que podríamos pensar. Esta incomodísima enfermedad nace de la bacteria de la salmonela, que habita en el intestino de los animales y puede transmitirse al ser humano si consume alimentos contaminados con heces (lo sé, una guarrada). Los sospechosos habituales son la carne cruda de res, ave y pescado, los huevos crudos y las frutas o vegetales. Basta tomar una pechuga de pollo poco hecha o una mayonesa batida con el huevo equivocado o una ensalada mal lavada para contagiarse.

La forma de prevenirlo es tan sencilla como cocinar bien la comida o lavar la fruta, aunque parece ser que todavía queda a quien no le quedó claro en primero de cocina. Si te infectas de salmonela en un restaurante, la ley permite denunciarlo, aunque lo más probable es que estés demasiado ocupado sufriendo los síntomas: náuseas y vómitos, calambres abdominales, diarrea (en ocasiones durante diez días), fiebre, escalofríos, dolor de cabeza y sangre en las heces.

Como la salmonela puede resultar en una grave deshidratación, el tratamiento habitual consiste en mantener al enfermo bien hidratado y suministrarle antidiarreicos para aliviar los cólicos. Solo en casos donde el médico sospeche que la infección ha llegado a la sangre (como es mi caso) o el paciente esté grave, se recetan antibióticos para matar a la bacteria.

Hepatitis C

La hepatitis se trata de una inflamación en el hígado, en ocasiones con graves resultados. Aunque la mayoría de las hepatitis tienen vacuna (lo normal es que nos la pongan de chiquitos) no es este el caso con la hepatitis C. La infección suele darse a partir de métodos similares a los que se dan con el VIH: compartir una jeringuilla infectada, hacerse un tatuaje con una aguja sin esterilizar, tener contacto con la sangre o heridas abiertas de alguien que tiene VHC, mantener relaciones sexuales con otro infectado o nacer de una madre con VHC.

Al no existir una vacuna que actúe contra la hepatitis C, la única forma de prevenir la enfermedad pasa por evitar las posibles situaciones de contagio. No pincharse nada fuera del hospital, hacerse el tatuaje en un sitio de confianza, utilizar preservativo, tener cuidado al manipular heridas de terceros, etc. Pero ocurre con esta enfermedad algo parecido a con el dengue, existen dos tipos de infecciones: la hepatitis C aguda y la hepatitis C crónica. Los síntomas de la primera pueden durar hasta 6 meses y son muy variados: orina de color oscuro, fatiga, fiebre, heces grisáceas, dolor de articulaciones, pérdida de apetito, vómitos, dolor abdominal e ictericia. La hepatitis C crónica puede durar toda la vida y derivar en cirrosis, cáncer de hígado o incluso la muerte.

En los casos de hepatitis C aguda, una vez el médico se cerciora de que no será crónica, el tratamiento se resume a medicamentos antivirales; en los casos crónicos, lo más habitual es que se termine por hacer algún tipo de cirugía en el hígado, incluso un trasplante del mismo.

Enfermedades de transmisión sexual

También conocidas como ETS, son de lo más variadas. El VIH, virus de papiloma humano, gonorrea y sífilis son las más conocidas. Para cada una de las enfermedades existen diferentes síntomas y tratamientos pero antes de escribir una biblia por artículo prefiero saltar directamente a las medidas preventivas: uno utiliza preservativo y evita hacer tonterías.

La diarrea del viajero

Este término se lo escuché decir a una amiga médico y no puede ser más acertado, a falta de otro nombre clínico. La diarrea del viajero puede darse por un sinnúmero de causas y es de las enfermedades más habituales cuando viajamos, no solo si se hace a países en vías de desarrollo, sino en cualquier viaje que obligue a nuestro cuerpo a cambiar su rutina. El cansancio, el agua del grifo, un alimento al que no estamos acostumbrados, los platos picantes, las bebidas alcohólicas de la región, la lista no tiene final cuando se habla sobre posibles causas de la diarrea del viajero.

¿Cómo prevenirla? Apuesto a que alguno querrá saber mi truco. En mi opinión, el principal objeto a considerar es el agua. Siempre embotellada. Y en el caso del resto de posibles causas, mucho me temo que no existe prevención alguna. Puedes intentar comer nada más que pechugas de pollo con arroz y dormir 10 horas diarias, por probar, pero cuando la diarrea del viajero pone sobre ti su punto de mira, no hay escapatoria posible. Quizá fue ese cuenco de pistachos que pusieron en el bar. El pescado a la plancha que cenaste, ya te miraba con mala cara. Una corriente de aire frío. Cualquier cosa.

Para la diarrea del viajero no existe un tratamiento más allá de los antidiarreicos y el buen humor. Se pasa con el ánimo elevado y se sigue viajando. Porque al final, de esto trata viajar, arriesgar, innovar: de tener una historia más para guardar. Aunque sea en el retrete.