India

¿Y si la tumba de Jesucristo estuviera en Cachemira?

Investigadores de la talla de Andreas Faber-Kaiser y los adeptos de la rama islámica ahmadí aseguran que Jesús migró a la ciudad de Srinagar tras ser crucificado y que murió aquí a la edad de 84 años

Representación de Jesucristo con rasgos japoneses en el Castillo de Francisco Javier.
Representación de Jesucristo con rasgos japoneses en el Castillo de Francisco Javier.Alfonso Masoliver

Toda leyenda precisa de los adornos adecuados para ser creíble, o mejor todavía, para no ser creíble y forzar al visitante a que desee que lo sea. Es la aparente opacidad de las leyendas que toman pedacitos de realidad para incorporarlos a un mundo de fantasía, que consigue darles una forma adecuada, una forma de leyenda, para que pueda transmitirse de boca en boca a lo largo de generaciones sin que nadie se moleste en refutarla. No importa si una leyenda es cierta o falsa para sentirnos atraídos por ella. Basta que sea una historia que jamás habríamos imaginado y cargada de simbologías extravagantes y únicas para que logre despertar nuestro interés por el lado opaco de la vida.

Existe una leyenda en la región de Cachemira, al norte de la India, que afirma que Jesucristo está enterrado en la ciudad de Srinagar. Es una de las leyendas más extravagantes y misteriosas que he escuchado. A mí me la narró un anciano musulmán en Bodh Gaya, una tarde que los arrozales que rodean la ciudad andaban desiertos y empapados de luz crepuscular, y pudo fascinarme. Quiero decir que no me lancé a negar esta leyenda con todo el fervor posible, no se me ocurrió discutirla; también porque nunca me planteé seriamente su veracidad. Me limité a escucharla con atención, como un chiquillo sentado enfrente de su abuelo, excitado por haber encontrado esta historia maravillosa cuya existencia desconocía hasta entonces. Y deseando, mitad incrédulo y la otra mitad arrepentido, que alguna de las palabras que el viejo susurraba vinieran empapadas de realidad.

Los años oscuros de Jesús

Antes de lanzarnos a contar con detalle esta leyenda misteriosa, haría falta asentar sus antecedentes. Toda leyenda precisa de un narrador, a ser posible con aspecto de sabio y anciano, que venga rodeado por ese aurea de fantasía y realidad barajadas; pero antes necesitará una chispa de misterio que encienda su mecha. En el ejemplo de hoy encontramos esta chispa en los años oscuros de Jesús. Y es que, por mucho que nos haya llegado sobre la vida de Jesucristo durante sus últimos años de vida, desde su bautismo hasta su muerte y resurrección, la verdad es que apenas conocemos qué pudo hacer durante los primeros años de su juventud. El Evangelio de Lucas no dedica más que un puñado de palabras a esta etapa de su vida. Y son conocidos como los años oscuros o los años perdidos de Jesús.

Vista exterior del Santo Sepulcro en Jerusalén.
Vista exterior del Santo Sepulcro en Jerusalén.Martini Purpixabay

Así han surgido desde entonces numerosas teorías que pretenden explicar cómo un jovencito nacido en un moshav de Galilea, hijo de un carpintero humilde, pudo adquirir un grado de sabiduría y retórica tan elevado que cientos le siguieron en vida, y millones todavía comulgan sus enseñanzas dos mil años después de su crucifixión. Unos dicen que su sabiduría le vino dada por su naturaleza divina, y defienden que su juventud la dedicó a ser carpintero como lo fue San José. Otros aseguran que viajó a Grecia, donde aprendió el idioma de los sabios y bebió de las enseñanzas de Aristóteles y sus coetáneos.

Pero existe una tercera teoría, asombrosa, fascinante, opaca, que es esta que dice que durante su juventud Jesucristo viajó en busca de las tribus perdidas de Israel. Las diez tribus que fueron deportadas de su tierra tras la invasión del Imperio asirio en el 732 a. C y que jamás han vuelto a encontrarse. Siguiendo los rumores que se daban por aquél entonces - hablamos de leyendas antiquísimas, escarbamos en el subsuelo de la Historia -, Jesús pudo salir durante los años de su juventud en busca de dichas tribus en la región de Cachemira. Allí conoció a un tipo de sabios influidos por un asceta de nombre Siddhartha: son los budistas. Según esta versión de los años oscuros de Jesús, aquél que más tarde revolucionaría la espiritualidad del Mediterráneo aprendió los entresijos del alma de la mano de la meditación y las enseñanzas budistas, y pudo ser aquí donde el hombre que fue Jesús alcanzó tal grado de conocimiento y meditación que le convirtieron en la figura de Cristo que hoy conocemos. Espiritualmente superdotado.

¿Y si no murió en la cruz?

Volvamos al anciano musulmán. Pertenecía a la comunidad Ahmadía, una rama del islam en extremo compleja e incluso tachada de diabólica o hereje por chiíes y suníes, y dicha rama no duda de la existencia de Jesús como profeta pero tampoco duda que Jesús nunca llegó a morir en la cruz. Ellos sostienen que fue crucificado, sí, pero que no llegó a morir desangrado sino que fue curado por un médico judío durante tres largos días de agonía. Al tercer día pudo volver a caminar. Y después de despedirse de sus discípulos más queridos, tomó las pocas pertenencias que guardaba y se marchó a la tierra que tanta paz y tanto amor le reportaron durante su juventud viajera. Cachemira.

Supuesta tumba de Jesús en Cachemira.
Supuesta tumba de Jesús en Cachemira.India Mágica

Y supongo que ahora podemos hablar de Yuz Asaf. El viejo repetía constantemente este nombre y reconozco que tuve que tirar de Internet para conocerlo. Parece ser que Yuz Asaf se trataba de un sabio que habitó en la región de Cachemira en torno al año 100 d. C, un hombre considerado como profeta por diferentes sectas budistas, hinduistas y la rama ahmadí por igual. Su tumba todavía puede visitarse en la ciudad de Srinagar y recientes análisis científicos han demostrado que los huesos de dicho sepulcro pertenecen a un hombre de origen hebreo. Es un bombazo. Autores de renombre como Andreas Faber-Kaiser aseguran que el hebreo enterrado en Cachemira en torno al año 100, conocido según las crónicas de la época por vestir una túnica blanca y mostrar una serie de heridas en sus manos y sus pies (supuestamente los agujeros de los clavos de su crucifixión), fue nada más y nada menos que Jesucristo.

El viejo ahmadí me comentó que allí andaba enterrado Jesucristo y sustentaba su ración de fantasía con trazas condimentadas de incómoda realidad. Porque aseguró que si llegase a visitar esa tumba en alguna ocasión, podría ver cómo los pies esculpidos sobre el sepulcro del santo varón muestran las marcas de la crucifixión. No extrañe al lector el detalle de los pies esculpidos porque se trata de una tradición habitual entre las tumbas de los santos asiáticos. Y el viejo quiso ir más allá: parece ser que Yuz Asaf apareció en Cachemira acompañado por una mujer de nombre Marjan. Que según él, sin duda alguna, se trataba de María Magdalena.

La tumba de Yuz Asaf en Cachemira todavía puede visitarse. Se encuentra encajonada en una esquina de Srinagar, escondida en el interior de un edificio chiquitajo y humilde como pocos, con las paredes húmedas pintadas de cal blanca y el techo de chapa verduzco repasado en cien ocasiones. Todavía se aprecian los pies agujereados, como esculpidos por la mano de un artista principiante. Y aunque nosotros no lo creamos, porque somos escépticos y cualquier atisbo que haga tambalear nuestras creencias más arcaicas provoca en nosotros un sentimiento visceral de burla y rechazo, según me juró el viejo hasta que se le secó la salivilla de la comisura de los labios es la tumba de Jesús. O de un hombre santo, en cualquier caso. Un hombre santo que las corrientes del desierto trajeron de muy lejos, desde la tierra misteriosa de Israel.