La tumba perdida del Emperador

El icónico emperador macedonio falleció en Babilonia y sus restos fueron trasladados a Egipto, o eso piensan algunos, donde las guerras y los desastres de la naturaleza terminaron por perderlos

Mosaico de Alejandro Magno, procedente de Pompeya.
Mosaico de Alejandro Magno, procedente de Pompeya.Miguel Hermoso CuestaCreative Commons

Un extraño proceso somete a los hombres más importantes de la Historia. Nacieron humanos, cubiertos con tanta mucosidad como cualquier otro, pataleando y chillando por el susto que provoca la luz al presentarse por primera vez. Es en este instante en que comienzan un camino diferente al resto, separándose a cada paso de lo que comprendemos como humano, aproximándose a su vez al concepto de los dioses. Al morir, ellos mismos son considerados como dioses. Transcurren decenas de años, quizá un puñado de siglos, y nuevos hombres se transforman en dioses y empujan a los viejos fuera de su altar, desterrándolos a la categoría de ídolos. De hombres a dioses, de dioses a ídolos, y antes de que sus estatuas de mármol quieran darse cuenta, observan perplejos que ya ni siquiera unos pocos locos son capaces de adorarlos. Así alcanzan el último paso, previo a sumirse en el olvido. Son tachados de leyendas. Cuentos para niños, estrofas vacías de poetas.

Pero en este proceso asombroso ocurre algo extraño. Estas criaturas que nacieron hombres, pese a no alcanzar siquiera la categoría de ídolos, parecieron abandonar el terreno que les definía como humanos y jamás volverán a ser tratados como tal. Por esta razón buscan los arqueólogos sus tumbas, las abren y manosean los restos con cuidado, sin que haya una sola voz que se escandalice por profanar el cuerpo inerte de lo que una vez fue humano. Esto ocurre por ejemplo con la tumba de Alejandro Magno, u ocurrirá, si cae la breva de que la encuentren.

Único en su especie

A la hora de hablar sobre emperadores, nos referimos a esta especie de hombres que rozaron la categoría de dioses. Mares y cordilleras se doblegaron ante ellos. Pueblos orgullosos, recubiertos de oro, se derritieron bajo sus ojos. Sus ambiciones moldearon la Historia y, aunque no caigamos en ello, fueron sus deseos los que en la actualidad dirigen nuestros pensamientos. No beberíamos vino acompañado de aceitunas si no fuera por los emperadores romanos, ni existiría el derecho napoleónico de no ser por el pequeño cabo francés. Y así un largo etcétera.

Uno de los mosaicos que se pueden contemplar en la exposición «En el reino de Alejandro Magno»

Pero existe un emperador que se levanta por encima de todos estas criaturas de leyenda, no llegaba al metro setenta y dicen que en batalla se asemejaba al mismo Heracles reencarnado. Con 30 años había dominado casi todo el mundo conocido en el primer intento de globalización (como fusión cultural del mundo) que conoce nuestra Tierra. Arrasó la ciudad de Persépolis hasta mutilar sus cimientos. Crucificó a miles como castigo, en Tiro, por oponerse a sus designios. Es a este joven macedonio, mitad genio y mitad loco, a quien han observado con pasión todos los emperadores que siguieron sus pasos dorados. Todos ellos. Sin excepción. Así podemos apodar a Alejandro el Magno o, como a mí me gusta llamarlo, El Emperador.

Tras morir en extrañas circunstancias, ya fuera envenenado por sus generales o víctima de una borrachera descomunal o por un detalle tan insignificante como un mosquito con malaria, sus compañeros de batalla decidieron erigir en su honor un enorme mausoleo, oro puro, altar de un dios, donde enterrar su cuerpo para que las generaciones venideras pudieran adorarlo.

Lugar de peregrinación para los emperadores romanos

Tras construir el mausoleo en Babilonia, ciudad que le vio morir, ordenaron transportar el colosal edificio a Macedonia, lugar que le vio nacer, con la ayuda de 64 mulas de músculos robustos. El viaje cruzaría 1.500 kilómetros en una época en que los diádocos (los generales de Alejandro) se encontraban sumidos en una cruenta guerra civil por controlar su vasto imperio. Cada uno ansioso por mordisquear su trozo de terreno.

Al pasar cerca de Egipto, Ptolomeo, uno de los diádocos que se había autoproclamado rey del país del Nilo, robó el mausoleo y lo trasladó a Menfis. Allí adaptó la tumba del faraón Nectanebo II para guardar el cuerpo de su amigo, antes de trasladarlo a la necrópolis de la ciudad.

Julio Cesar fue un ferviente seguidor de Alejandro en su juventud. Andrew Bossi

Pero, ¿qué ocurre con los dioses? Su poder alcanza un poder superior al de los hombres, no son capaces de descansar en paz, y antes o después terminan por trasladarse a un nuevo centro donde influir a los piadosos. Ptolomeo movilizó el cuerpo del Emperador a Alejandría, ciudad que había fundado en vida a las orillas del Mediterráneo, y lo depositó allí antes de morir él también. De una forma parecida a los cristianos, que hoy visitan la tumba de Cristo en Jerusalén, o los soviéticos que embalsamaron el cuerpo de Lenin, la tumba del Emperador se convirtió desde entonces en un punto de peregrinaje para todos aquellos que le adoraban. Julio César fue a visitarla tras derrotar a Pompeyo, también César Augusto en su propio camino a convertirse en otro dios. Calígula, Séptimo Severo y Caracalla, otros tres emperadores romanos, presentaron sus respetos frente a ella.

El cuerpo estaba momificado para aguantar las inclemencias del tiempo pero, siglo tras siglo, una visita tras otra comenzaron a pasar factura. Augusto le arrancó accidentalmente un pedazo de nariz y Severo, indignado por el pésimo estado en que se encontraba, ordenó sellar la tumba a principios del siglo III d. C (casi quinientos años después de la muerte del Emperador).

Pérdida de la tumba y obsesión de los eruditos

Tras la nueva norma de Severo, comenzó una época turbulenta para la naturaleza mediterránea. Terremotos y tsunamis asolaron Alejandría. Guerras salpicadas de violencia azotaron la ciudad. A finales del siglo IV, el orador Libanio de Antioquía mencionó que el cadáver del Emperador estaba expuesto al público en la ciudad, si bien no existen evidencias que respalden su discurso. Y jamás volvió a saberse nada del cuerpo.

¿Lo sacaron de la tumba y lo perdieron? ¿Fueron los tsunamis quienes lo catapultaron hacia algún rincón perdido? ¿Seguirá allí, escondido bajo los escombros de la ciudad? Cada año que pasa, la respuesta se vuelve una más difícil de responder. Napoleón Bonaparte organizó una expedición en 1798 para buscarla, sin éxito, encontrando nada más que un enorme sarcófago vacío que los lugareños señalaban como la tumba del Emperador. Dicho sarcófago fue llevado años después al Museo Británico para descifrar los jeroglíficos que lo rodean, los cuales apuntan el nombre de Nectanebo II y hacen suponer que realmente se trate de la tumba reutilizada por Ptolomeo.

Azotada por continuas guerras y catástrofes naturales, Alejandría es a la vez una pesadilla y un paraíso por los arqueólogos. FOTO: maryaamelsadek pixabay

No todos piensan igual. ¿Quién iba a asegurar sin dar lugar a dudas, basándose en nada más que unos pocos símbolos, que esta se trata en realidad de la codiciada tumba? Cada año, las pistas son más opacas. A comienzos del siglo pasado, el egiptólogo Evaristo Breccia buscó en torno a la mezquita de Nabi Daniel y en Kom el-Dick. Su discípulo, Achille Adriani, trasladó la investigación al cementerio latino de Alejandría. El oasis egipcio de Siwa, la región que marca la antigua ciudad macedonia de Anfípolis, incluso la tumba de San Marcos en Venecia han sido señaladas como posibles localizaciones del que ya se conoce como “el segundo Santo Grial de la arqueología”.

En años recientes, excavaciones de la doctora Papakosta han señalado los jardines de Shallalat como una posible ubicación donde buscar. Un interesante documental de National Geographic relata la desesperada obsesión de la arqueóloga griega por encontrar la tumba del Emperador. ¿Y la encontrará? Quién sabe. O mejor todavía, cómo saberlo.

Han cruzado dos mil trescientos años desde la muerte del Emperador y, si la información que poseemos es cierta, y su cuerpo fue lanzado de sarcófago en sarcófago durante siglos, será una tarea complicada asegurar que cualquiera de los cientos que se encuentran por el país de los faraones es realmente el deseado. Cada año, la tumba del Emperador se hunde un poco más en el misterio; por una palada que cavan los arqueólogos, su leyenda añade dos nuevos metros de tierra oscura. Pero el ser humano, exquisita criatura dominada por la curiosidad, no cejará en su búsqueda de la tumba que guardó a un dios de carne y hueso.