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Groucho y yo

Groucho y yo
Groucho y yolarazon

Aun cuando no tenía edad para entenderlo, me identifiqué siempre con Groucho Marx y sus frases disparatadas, surrealistas y hasta absurdas. Nada hay peor que quienes lucen cara de asno, siempre serios y siempre con razonamientos que creen lógicos y coherentes y no son más que necedades. Necios, necios como asnos me parecen todos los que opinan de la situación de Cataluña y recitan los mismos tópicos de siempre. Muchos somos de soluciones tan radicales como eficaces, del puñetazo en la mesa y el «hasta aquí hemos llegado», dos fórmulas que utilizaba mi padre con infalible contundencia, así se le tenía el respeto que se le tenía, pero parece que, lamentablemente, han pasado de moda y así nos va como nos va.

Pero no voy a entrar al trapo de vaciar mi estómago de ardores, no quiero dar la lata más de la que dan las televisiones, haciendo el caldo gordo a quienes necesitan propaganda, sino que prefiero comentar cosas amables, que para eso es domingo.

Siempre admiré a Harold Bloom por ir contra corriente y hasta por sus lapsus: llegó a confundir al general Millán Astray con Queipo de Llano en aquel célebre «¡muera la inteligencia!», pronunciado en el paraninfo de la Universidad de Salamanca ante Unamuno, lo cual no es demasiado grave puesto que el teniente general del arma de caballería y el fundador de la Legión y, por cierto, de Radio Nacional eran coetáneos, si bien el segundo se mostraba más bravito que el primero y esto hacía que me cayera mejor. Pero sigamos. El autor de «El canon occidental», libro polémico de un autor polémico donde los hubiere, se atrevía con todo y con todos: desde Cervantes a Lope, desde Shakespeare a Molière o desde Samuel Beckett a Virginia Woolf, por poner unos pocos ejemplos.

Unos dentro del canon literario y otros fuera. Él hubiera sido un magnífico premio Princesa de Asturias, pero se ve que la candelita de la fortuna no lo alumbró lo suficiente, ya que obra tenía y crítica literaria hizo para parar un carro. Digo lo del premio a propósito del protagonismo que tuvo en estos días, cuando todos estuvimos pendientes del discurso de la Princesa, lo mismo que lo estuvimos en su día, aunque mucho menos porque éramos más pequeños, cuando su padre el Rey hizo también su discurso como Príncipe, a la misma edad que ella. Por lo que recuerdo hubo mucha menos tensión y mucha más naturalidad en aquella infantil lectura, con sus tropiezos y sus tiernos fallos, porque no estaba tan presionado como lo está ahora la Princesa, a quien se le exige más hasta incluso en el excesivo peluqueo. ¡Por el amor de Dios, ya llegará el momento adecuado! ¡Que le dejen el pelo más a su aire, menos brushing, que tiene muy pocos años!

Me consolaba ver a su augusta y dulcísima abuela desde el palco, complacida por la mención que la joven Princesa hizo de su presencia frente al tenso y exigente rostro materno, el sonriente pasotismo de su hermana y el comprensivo semblante de su padre el Rey. Leonor es joven y no tiene una personalidad formada ni un evidente carisma. Le hace falta un internado suficientemente alejado de su hogar para que afloren tanto las virtudes como los defectos que lleva dentro, aprisionados ahora por una dieta de naturalidad que mantiene prisionera su espontaneidad. Confío y deseo que la sangre borbónica brote en su carácter para heredar lo mejor de su ascendencia, o sea, la llaneza y la afabilidad. Siempre hemos alabado el casticismo de su abuelo el Rey padre, y en esa línea nos gustaría que evolucionara la heredera del trono, sin rigidez ni pestañas postizas. Que así sea. Amén.