La educación en tiempos de Covid

“Dedicarse a repensar el sistema educativo para ir acomodándolo a los tiempos no es nuevo; lo original es la urgencia con la que nos vemos obligados a hacerlo”

De vez en cuando la Naturaleza nos sorprende mostrando sus galones. Tras languidecer durante décadas, con puntuales llamadas de atención, nos ha señalado rotundamente que es capaz de preocuparnos, rompiendo fronteras y mostrando horizontes cubiertos de bruma. El Covid-19 ha venido para derrumbar certezas, asestando un golpe casi definitivo a nuestro ego. Creo que es la primera lección que nos deja la pandemia, reconocer que la incertidumbre va a formar parte de nuestras vidas. Pero esa constatación debe ser un acicate también para librar la batalla, de modo que la civilización, la cultura, la ciencia… se rebelen en busca de recuperar cotas de protagonismo perdidas. Y es aquí donde la Educación tiene un papel estelar. Educar, como dice Savater, es luchar contra el destino, porque ni nuestra vida ni la de nuestros alumnos están sometidas a una especie de “fatum” al que nos dirigimos sin posiblidad de cambio; educar supone canalizar y superar el estado de naturaleza.

Dedicarse a repensar la educación para ir acomodándola a los tiempos no es nuevo; lo original es la urgencia con la que nos vemos obligados a hacerlo. Hemos tenido que iniciar la mudanza, contrariando a S. Ignacio, en medio de una gran tormenta.

En torno a la permanencia y el cambio, seguimos instalados en el debate Parménides-Heráclito, nos enfrentamos a una paradoja. Hablamos habitualmente de transformar la educación, casi con la misma fuerza con la que ofrecemos resistencia al cambio, porque – como si de una huella infantil indeleble se tratara – nos sentimos más seguros repitiendo una y otra vez los mismos patrones. La pandemia, como toda crisis seria, nos ha obligado a detenernos bruscamente al mismo tiempo que nos exige seguir caminando. Y esta situación vivida: confinamiento, digitalización metodológica elevada a categoría, aprendizaje autónomo… ha puesto en evidencia premisas irrenunciables y ha dejado al descubierto certezas cuestionables.

La enseñanza presencial, con la riqueza que ofrece el encuentro con el docente y la interacción con el grupo, es fundamental en el proceso de aprendizaje. El aislamiento forzoso nos ha mostrado la importancia del otro. Somos seres sociales que aprendemos y desaprendemos en común. Este período de aislamiento ha fortalecido esa convicción. Por otro lado, irrumpe la tecnología con ímpetu y certifica que, bien a distancia o con carácter presencial, su papel en la educación no es un adorno pasajero. Nadie puede cerrar los ojos, salvo que quiera quedarse en los márgenes, ante esta presencia poderosa y la Administración tendrá que facilitar la formación y los medios para hacerlo posible. Urge, y se ha trabajado con rigor desde la Consejería, dotar a todos de los instrumentos necesarios para seguir una metodología “híbrida” en la que vamos a tener que instalarnos.

El aprendizaje es también una tarea particular. Se aprende en grupo, pero con ritmos diversos. Esa singularidad debe ser también objeto de especial cuidado. Nuestra escuela, y por ello se trabaja, debe equilibrar esa doble vertiente. La enseñanza presencial, sin duda deseable, ofrece en este sentido mejores alternativas para el tratamiento de la diversidad, para la atención a nuestro alumnado NEE y NEAE que ha sido el que más ha sufrido en este tiempo de confinamiento obligado y para ellos es preciso acentuar la sensibilidad y el compromiso. Si por circunstancias epidemiológicas nos viésemos obligados a volver a encerrarnos en casa, tendríamos un gran reto por delante para favorecer el desarrollo académico, emocional y físico de estos estudiantes.

Es clásica la referencia al papel de la tribu en el hecho educativo. Pero en no pocas ocasiones no ha pasado de ser un mantra instalado en el imaginario colectivo. El Covid ha tenido la virtud de resucitarlo. Las familias han colaborado estrechamente con los centros; la Administración educativa ha trabajado sin cesar en la actualización de la normativa que venía condicionada por la evolución de la pandemia; los expertos han debatido sobre las distintas alternativas que se abrían; los docentes , además de aplicar nuevas metodologías, han tenido que replantearse el modo de evaluar; y en sanidad se han ocupado de ofrecer garantías para un regreso seguro a las aulas. En definitiva, mucha gente preocupada en torno a la Educación. Quizá no encontremos en nuestra historia un momento de mayor protagonismo social, de mayor eco mediático, que el regreso a las Aulas para iniciar un nuevo curso cargado de dudas, pero con la conciencia tranquila de haber trabajado mucho desde los distintos ángulos que conforman la sociedad, transformada en una auténtica “comunidad educativa”. Esa importancia que tiene la educación y que se ha visto reflejada en estas anómalas circunstancias debiera servir para valorar lo que tenemos, criticar lo que podemos mejorar y trabajar por construir el más sólido sistema educativo posible. El Covid ha supuesto un auténtico test de estrés al sistema y éste ha respondido ante una situación absolutamente excepcional.

Parece también haberse despertado la conveniencia de revisar los densos curriculos, que están sobrecargados y son muy difíciles de abordar. En paralelo a la aplicación de la tijera en los contenidos es preciso reflexionar sobre la evaluación, favoreciendo procesos de autoaprendizaje, de aprendizaje tutelado, el trabajo por proyectos o por ámbitos competenciales, etc. que permita escapar de los compartimentos estanco en los que muchas veces nos movemos.

Es preciso educar, en definitiva, poniendo las bases de una sociedad solvente con el concurso responsable de cuantos tienen algo que decir. Ojalá seamos capaces de aprovechar esta circunstancia grave para arrancarle algo positivo, la necesidad de ir de la mano. Hay que evitar que el panorama legislativo que sustenta la educación sea una sopa de letras. Desde el 70, con la Ley de Villar Palasí. Obsérvese como las distintas alternativas vienen a corregir la Ley que nace bajo el mandato de un color determinado. Por ejemplo se propone la LOMCE para modificar la LOCE, olvidando que en medio ha estado la LOE, o, como en la actualidad, impulsamos la LOMLOE para modificar la LOE, y nos olvidamos por completo de la LOMCE, en un ejercicio de clara miopía política que sólo tiene ojos para lo propio.

Vivimos tiempos de polarización reflejados en férreos dogmatismos y estamos obligados a consensuar para construir una sociedad diversa, inclusiva, tolerante, capaz de integrar el pasado y proyectar un futuro común; y de esa tarea, el Consejo Escolar de Andalucía que presido, como máximo órgano de participación de la comunidad educativa, quiere hacer la principal asignatura. Con ello, parafraseando a Marina, aumentamos la posibilidad de hacer posible los sueños.