Tribuna

El efecto mariposa (I)

"Es urgente comprar menos, reciclar más, moverse en menor medida, trabajar más con las propias manos y recurrir menos al trabajo ajeno"

Incendio forestal declarado recientemente en el área metropolitana de Granada
Incendio forestal declarado recientemente en el área metropolitana de GranadaEfeAgencia EFE

Edward Lorenz fue un matemático y meteorólogo estadounidense interesado en el comportamiento de los sistemas complejos (aquellos formados por un número muy elevado de componentes que interactúan entre sí de modos diversos, lo que los dota de propiedades y comportamientos a menudo no esperables) y en concreto, de los sistemas caóticos (cuya especial sensibilidad a los cambios los vuelve sustancialmente impredecibles). Fue Lorenz quien acuñó la conocida expresión «efecto mariposa» para ilustrar cómo en un sistema caótico pequeñas variaciones en sus condiciones iniciales (que una mariposa aletee o no en Brasil) pueden acabar teniendo consecuencias insospechadas de gran calado (que se produzca o no un tornado en Tejas). Hay una matemática muy sofisticada que trata de caracterizar el comportamiento de estos sistemas y, sobre todo, pronosticar su comportamiento a largo plazo. Son sistemas de este tipo nuestro cerebro, las sociedades humanas y la vida en general. En teoría, podríamos servirnos de un enorme conjunto de ecuaciones diferenciales para aventurar lo que una persona va a pensar en determinadas circunstancias, los cambios sociales que se producirán en los próximos cien años o cómo evolucionarán animales o plantas durante los siguientes mil milenios, y, sobre todo, para identificar aquellas injerencias que puedan conducir a estados poco deseables (como el delirio, la anarquía o las extinciones masivas). Cabría imaginar, incluso, una interpretación matemática de la falta de reacción de los españoles ante gobiernos que nos ningunean, de nuestro empeño por autodestruirnos como sociedad o de la recurrencia con que nos azotan ciertas catástrofes naturales. Algo así es, por el momento, un desiderátum. Pero pensar que nuestra idiosincrasia nos condena al caos actual supone una rendición inaceptable (y una falsedad). Frente a estos gobernantes nuestros, siempre prestos a etiquetar cualquier problema que nos aqueje como complejo para seguidamente aplicarle la más simple (e ineficaz) de las soluciones, hay una estrategia alternativa, que es la que emplean matemáticos y físicos para analizar los sistemas complejos: descomponerlos en un conjunto de sistemas complicados, cuyo comportamiento sí puede predecirse con fiabilidad. O dicho más claramente: hay que abordar los problemas de España sin trivializarlos y sin infantilizarnos, adoptando siempre un enfoque científico y nunca uno ideológico.

Pensemos en los incendios forestales. Las causas de su número, extensión y virulencia, tan notables este verano, son muchas, pero la solución que el Gobierno nos ofrece es simple: un protocolo para luchar contra el cambio climático. Se trata, claro está, de la respuesta que menos lo desgasta políticamente, y no solo porque es tan vaga que no lo compromete a hacer casi nada (evitando así poner en evidencia sus notables carencias), sino porque es la más susceptible de provocar la empatía de los ciudadanos y al mismo tiempo, la que menos exige de ellos, al menos a priori (y un ciudadano descontento representa un voto menos y una menor posibilidad de seguir gobernando). La simplicidad de la idea causa sonrojo: si hace menos calor, el monte se quema en menor medida. Ocurre, no obstante, que hace más calor por razones muy diversas y que el monte también se quema por causas distintas al cambio climático, todas relacionadas con nuestro modo de vida, al que además no estamos dispuestos a renunciar. El problema es, efectivamente, complejo. Si generamos más dióxido de carbono es porque necesitamos cada vez más energía, lo que se explica porque somos cada vez más (nacionales y turistas) y demandamos una cantidad creciente de bienes y servicios. Además, viajamos cada vez con más frecuencia y a más distancia. Y seguimos urbanizando nuestro entorno sin tregua. Se están acelerando, en suma, todo tipo de comportamientos que, a la vez que constituyen el motor de nuestra economía, deterioran el medioambiente, hasta poner en peligro eso que llamamos estado del bienestar. Por todo ello, la actuación más importante de cualquier protocolo contra el cambio climático debería ser la de promover un cambio de mentalidad. Si queremos recuperar lo mejor del mundo de ayer, hay que recuperar lo mejor de los modos de vida de entonces. Es urgente comprar menos, reciclar más, moverse en menor medida, trabajar más con las propias manos y recurrir menos al trabajo ajeno. Es más que dudoso que el protocolo que prepara el Gobierno incluya todo lo anterior.