LA RAZÓN

El filtrador se niega a limpiarse el baño

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Por Álvaro de Diego.

El giro moderado que ha impreso a la política de su país el presidente Lenin Moreno parece reflejarse en la revisión del asilo político más famoso del mundo. La embajada ecuatoriana en Londres ha dictado un “Protocolo especial de visitas, comunicaciones y atención médica al señor Julian Paul Assange”. El fundador de Wikileaks permanece en la legación desde hace seis años. Reclamado por la justicia sueca a causa de presuntos delitos sexuales, Assange siempre ha pretextado que, en realidad, todo es una burda tapadera. Existe, según denuncia, una conspiración para forzar su extradición a los Estados Unidos, donde podría ser procesado por espionaje y alta traición. Aunque constituye una posibilidad muy remota, una ley federal de 1917, muy contestada en sus cien años de vigencia, contemplaría la pena capital para estos supuestos.

Lo llamativo del embrollo es que Ecuador interrumpió la conexión a Internet del refugiado en octubre de 2016. Quito alegaba entonces que el activista trataba de interferir en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. ¿A quién habría tratado de favorecer el gran filtrador? Pues bien, pásmense... ¡A Donald Trump, el archienemigo del progresismo global bienpensante! A fin de cuentas, Wikileaks saltó a la palestra global en 2010 tras publicar 70.000 documentos clasificados del Departamento de Estado entonces dirigido por Hillary Clinton. Más adelante, haría lo propio con los correos que, desde un servidor particular, la candidata demócrata habría remitido con datos sensibles para la seguridad nacional.

La gran plataforma de la filtración (leak significa “fuga” o “goteo”) nació en 2006 y la gestiona una organización mediática internacional sin fines lucrativos, The Sunshine Press, que publica documentos confidenciales preservando el anonimato de sus fuentes. A Wikileaks puede achacársele la responsabilidad de la llamada “primavera árabe”. Sus publicaciones revelaron la corrupción de muchos regímenes que contaban con la complicidad occidental. Y las redes sociales, que cumplieron un papel imprescindible en la organización de las protestas, hicieron el resto precipitando la caída de los mandatarios tunecino y egipcio.

Pero no es oro en Wikileaks todo lo que reluce. Sus informes sin filtro han puesto en riesgo la vida de activistas de derechos humanos al transgredir límites profesionales que los periodistas y ONG tenían mucho más claros. Como típica SPI (Single Person Organization) no reúne ningún criterio de la transparencia que predica para los Gobiernos a los que censura. Permanece al margen, por tanto, de cualquier tipo de control institucional mientras, paradójicamente, se ceba con cierta autocomplacencia destructiva en la denuncia de unos países occidentales que siguen constituyendo la gran reserva democrática de nuestro tiempo. Aquí reside la clave de su principal fortaleza/amenaza, pues no es su competencia lo que perjudica a los medios de comunicación, sino el posible contagio a éstos de sus prácticas.

El inefable Baltasar Garzón ha emprendido acciones judiciales contra el “protocolo” incoado por el Estado ecuatoriano. El abogado de Assange denuncia el “trato inhumano” que sufre su defendido. ¿Considera el ínclito letrado que los cambios enmascaran la tentativa de entregar al prófugo de la justicia? No. ¿Sospecha quizá que Ecuador se despeña hacia el amordazamiento de la opinión pública? Tampoco lo parece: el país asciende 13 puestos en la última Clasificación de Reporteros Sin Fronteras sobre Libertad Mundial de Prensa; el presidente Moreno ha suavizado notablemente las tensiones entre el gobierno y numerosos medios de comunicación privados habidas en los tres mandatos consecutivos de Rafael Correa. ¿Considera Garzón que ha virado la política ecuatoriana en cuanto a los derechos humanos? Es posible: Quito ha expulsado a la embajadora de Venezuela y acusa ahora el régimen de Maduro de “socialismo corrupto, asesino y mentiroso”. ¿Qué le preocupa entonces al juez inhabilitado? Le preocupa el nuevo régimen a que ha de atenerse el asilado, que restringe sus visitas y declaraciones políticas. No es nada extraño pues unas y otras podrían comprometer al país que le acoge. Pero lo que verdaderamente le parece a Garzón “degradante” es que su cliente haya de ocuparse de la higiene de su gato. Dadme a un fogoso paladín de la humanidad en abstracto y os mostraré a un indiferente ante el prójimo. Hay a quien se le caen los anillos ante las tareas domésticas. A Assange podrían confiscarle la mascota, pero, entretanto, sigue negándose a ocuparse de la limpieza de su baño.