Política

«Proust vivía fuera de la realidad, solo en el mundo que estaba creando»

Entrevista con Thierry Laget, autor de “Proust, Premio Goncourt. Un motín literario”

JOSEP LAGO

Se conmemora este año los cien desde que Marcel Proust alcanzó la gloria del Goncourt con «A la sombra de las muchachas en flor». La historia de cómo el escritor francés logró tal alta distinción es digna de una novela. Thierry Laget ha indagado sobre aquel episodio en un libro apasionante publicado por Ediciones del Subsuelo: «Proust, Premio Goncourt. Un motín literario».

–Leyendo las páginas de su libro podemos pensar que cien años después no han cambiado mucho las cosas: todavía hay conspiraciones de todo tipo para conseguir un premio literario.

–Efectivamente, no hemos cambiado mucho. Lo único es que ahora se vende mucho más.En aquel momento Proust vendió 20.000 ejemplares mientras que ahora son 500.000. El tráfico entre amigos, ese mangoneo de influencias, es prácticamente el mismo. Es más fácil saber lo que pasó entonces que lo que pasa hoy.

–¿Fue un Goncourt justo el ganado por Proust?

–Fue un premio muy justo en la medida en que recompensó de manera imparcial a la literatura. Sin embargo, para la gente de la época fue injusto. Nosotros tenemos que situarnos en el punto de vista de hoy. Si vemos la lista de quienes han ganado el Premio Goncourt, no hay uno que sea más glorioso y meritorio que Proust. Él se lo lleva de carrera respecto a los otros.

–En su libro recoge algún testimonio de académico, tal vez apócrifo, quien afirma que no ha leído a Proust porque «los caracteres son muy pequeños y no hay ni un solo punto y aparte».

–Sí, puede ser apócrifo, pero tampoco es falso. El libro, tal y como fue impreso en 1918, cuando se ojea nos sorprende realmente por la tipología de los caracteres que son muy pequeños. Es verdad que no hay ningún punto y aparte. No hay párrafos. Eso es muy desalentador para el lector. Proust quería que lo leyeran en el metro, pero tenía que ser durante largos trayectos. Eso chocó mucho en la época y se burlaron mucho de él por ello y por la longitud de sus frases.

–¿Nos podría hacer un retrato del Marcel Proust de 1919?

–Era alguien que vivía muy solo y trabajaba constantemente. Prácticamente no salía de casa. No era el mundano, el dandy que se conocía sino alguien que se encerraba en su habitación. Vivía solo con su gobernante Céleste Albaret. De vez en cuando salía al Ritz, pero ya no era como antes de la guerra que se iba de vacaciones en verano a un gran hotel al lado del mar. Ya no iba al teatro o a la ópera sino que vivía encerrado por y para su creación. Siempre estaba muy enfermo, convencido de que se iba a morir pronto, aunque tampoco hacía nada para cuidarse.

–¿Eso es lo que le hizo reaccionar de esa manera tan peculiar cuando ganó el Goncourt, proclamando un simple «¿ah?»?

–Sí porque creo que vivía fuera de la realidad. Él vivía dentro del mundo que estaba creando y reaccionó con desapego, pensando que era algo que no tenía nada que ver con él. Por otra parte, sabemos que se sintió muy emocionado por las cartas que recibió después, viendo que alrededor de su cama se construía un círculo de amigos y de admiradores.

–Tampoco hizo muchos esfuerzos por alcanzar la gloria literaria más allá de la propia escritura.

–Para la Académie française empezó a mover hilos. Quería moverse pronto porque pensaba que con la publicación de «Sodoma y Gomorra» nadie lo aceptaría, especialmente con esas páginas dedicadas a la homosexualidad. Así que tenía que espabilarse. En el caso del Nobel se empezó a hablar de él y tenía amigos en la prensa sueca. Alguien probablemente le hizo saber que en la Academia Sueca estaban interesados en él, pero en aquel entonces todavía no lo habían traducido al sueco. Lo que sí es cierto es que inmediatamente después del Goncourt se tradujo en España. Poco a poco su obra se empezó a extender en todo el mundo. Sí que se movió para alcanzar la gloria porque así lo hizo para el Goncourt.

–¿Quería ser leído por muchos?

–Proust estaba convencido de que cuanto más gente leyera su obra, más habría conseguido hacer una obra universal. Un libro de un genio que solamente leen diez personas acaba siendo menos interesante que el que es leído por millones de personas.