Cuando Freud deseó ser creyente por culpa de la gripe española

El padre del psicoanálisis perdió a su hija Sophie por la pandemia y la pena le hizo modificar hasta su percepción del duelo

El 25 de enero de 1920 Sophie, la hija pequeña de Sigmund Freud, moría en Hamburgo a causa de la gripe española. Una carta anunciando la desgracia pasó por debajo de la puerta del padre del psicoanálisis dos dias después de su muerte. El dolor conmocionó a la familia. No pudieron ni despedirse de ella. El control de enfermedades obligaba a una rápida cremación de los cadáveres. Sophie tenía 26 años, estaba casado con un fotógrafo, y tenía tres hijos. "Esta tarde nos dieron la noticia de que la neumonía por el virus de la gripe nos arrebató a nuestra dulce Sophie. Nos la arrebató a pesar de que tenía una salud radiante y una vida plena y activa como buena madre y amante esposa. Y todo en cuestión de cuatro o cinco días, como si nunca hubiera existido”, se lamentaba Freud por carta al clérigo Oskar Pfister.

El psicoanalista tuvo seis hijos. Sophie era la quinta y sin duda su preferida. Algo había en su relación que tenía maravillados a su familia. De carácter hosco y nada afectuoso, cada vez que hablaba con Sophie su rostro parecía más relajado y emitía una insospechada calidez. “Pídeselo tú, pídeselo tú”, le rogaban sus hermanos si tenían que hablar con Freud. La noticia cayó como una bomba en el rígido mundo de los Freud, y no había nada que pudiese consolar al médico. Podía haber resistido la muerte de cualquiera de sus hijos varones durante la I Guerra Mundial, pero no de Sophie. “No sé si alguna vez volveremos a ser alcanzados por la alegría. Esta tragedia nos ha abatido con dureza",escribía en febrero.

Mientras la población general recordaba los estragos de la I Guerra Mundial, él tenía a esa gripe española como el momento en que se paralizó el tiempo y la vida perdió su valor. En 1933 le confesaba a la poeta Hilda Doolittle que desde entonces siempre llevaba una foto de Sophie en un medallón colgado junto a su reloj de bolsillo. “Perdí a mi hija más adorada, pero al menos la llevo conmigo”, decía.

“¿Puede usted recordar una época tan llena de muerte como la actual?”, le escribe Freud a su colega Ernest Jones. La pérdia de Sophie hasta le hace desear ser creyente. “No sé qué más se puede decir. Es un hecho de efecto tan paralizante, que no puede inspirar reflexión alguna a quien no es un creyente, cosa que le evitaría a uno todos los conflictos consiguientes”, añade.

Su único refugio entonces es el trabajo. Se vuelca en terminar la redacción de lo que será “Más allá del principio de placer”, donde da un giro a sus teorías y empieza a hablar por primera vez de “pulsiones de vida y pulsiones de muerte” y empieza a hablar de destructividad como fuerza motora. El duelo ha acabado por afectar cómo su cerebro piensa y describe todos los nuevos fenómenos que siente en primera persona. Sin duda es su obra más personal, y por ello también la más confusa.

Pero el destino tenía un último capítulo cruel para con el padre del psicoanálisis. El 19 de junio de 1923, a los cuatro años, muere Heinz, el hijo pequeño de Sophie, por culpa de la tuberculosis. Todo el afecto perdido tras la muerte de Sophie, Freud lo vuelca en la joven criatura, que como su madre despierta en él un amor insospechado y abrumador. Con la muerte de Heinele, como le llamaba la familia, es como si perdiese dos veces a Sophie y el dolor se convierte en insoportable: “Esta pérdida es insoportable. No creo haber pasado jamás por una pena tan grande. Quizá mi propia enfermedad contribuya al disgusto. Trabajo por pura necesidad porque todo ya perdió significado para mí”, escribe a su amigo Lajos Levy.

Freud descubre que no hay sustitución posible para los afectos, así que una vez entregados siempre existe el riesgo de perderlos para siempre y una vida sin afectos no merece ser vivida. “Sophie era una hija muy querida pero no era una niña. Cuando Heine murió, me cansé para siempre de la vida. Él era un espíritu superior y tenía una inefable gracia espiritual. Ese niño había tomado el papel, para mí, de todos mis hijos y mis nietos. Desde que murió, ya no les presto atención, no encuentro goce en la vida”, escribe a Ernest Jones.

Freud empieza a pensar que el amor y dolor están del todo hermanados como puentes existenciales. Renunciar al dolor, o sea olvidar o superar la muerte de un ser querido, es renunciar al amor que significan, y esa es la última crueldad. Freud sabe que debería olvidar a Sophie y a su hijo, pero que al hacerlo olvidará precisamente ese amor y es lo más valioso que ha conocido nunca. Vive, por tanto, para un dolor imposible, y esta contradicción le atormenta. Sólo le queda renunciar. Y eso hace. “Mi hija muerta hoy cumpliría 36 años […] Sabemos que el dolor agudo que se siente después de una pérdida tan grande seguirá su curso, pero también sabemos que permaneceremos inconsolables y nunca encontraremos un sustituto. No importa lo que venga después y ocupe su lugar, aunque lo llene por completo, sigue siendo otra cosa. Y es así como debe ser. Es la única manera de perpetuar un amor que no queremos abandonar”, escribe

Freud morirá el 23 de septiembre de 1939, pero sus últimos años su presencia sólo es un fantasma del pasado.