Picasso y Dominguín: una amistad en cartas

El pintor malagueño conservó las misivas que el torero le envió durante años

La primera vez que Pablo Picasso representó con pinturas a una figura humana fue en una pequeña composición protagonizada por un picador. El aprendiz de pintor tiene nueve años y ya pone en pie en la que sería una de sus grandes pasiones, la tauromaquia, a la que dedicará una parte importante de su producción artística. Eso también hizo que entre sus amistades se encontraran algunos diestros, siendo especialmente significativa la relación que mantuvo con la familia Dominguín. Entre los papeles personales del pintor hay numerosos documentos, algunos de ellos inéditos, que permiten saber algo más de los lazos que unieron al malagueño con Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé. Este periódico ha podido consultar algunos de ellos.

Por mediación de Jean Cocteau, Picasso y Dominguín se conocieron en 1950. En ese momento Dominguín es, junto con su cuñado Antonio Ordóñez, la mayor personalidad del mundo taurino. Pese a que llegaron a ser grandes amigos, en un primer momento al pintor no le resulta simpático el matador de toros al que califica despectivamente como “torero de la place Vendome”. Se dice que el estilo de Dominguín era elegante, pero también frío. A este respecto, el crítico taurino Jean-Marie Magnan apuntó que “Picasso debió encontrarlo poco impulsivo, demasiado cerebral, y él desconfiaba de la cerebralidad como del diablo”. Pero poco a poco aquellos recelos dieron pie a una sólida amistad cubierta por la nostalgia que el artista sentía de su país tras muchos años residiendo en Francia y como voluntarioso defensor de la República. De nuevo Magnan nos apunta que algunos aspectos de Dominguín le recordaban a la España más rancia. “Luis Miguel iba acompañado de un enano de pantalón corto: don Marcelino, doctor en derecho y en filosofía, bibliotecario de un ministerio y ex presidente de un tribunal. Más que un enano era un liliputiense, seco y momificado por la edad, con un gigantesco cigarro puro entre los labios. Cuando Dominguín llegaba con su enano, toda Castilla comparecía ante Picasso”.

De todo ello nacería un libro titulado “Toros y toreros” realizado al alimón, además de no pocos encuentros y una interesante correspondencia. Picasso se cuidaría de marcar las cartas del diestro marcándolas con el dibujo de la cabeza de un toro. En un primer momento el tono es de usted, con un Dominguín que trata de ganarse el aprecio del pintor. Es el caso de una misiva redactada el 10 de septiembre de 1953 en la que el torero afirma, tras volver a España después de unos días en Francia, que “no sabe cómo he sentido no haberle podido ver en mi viaje por esas tierras, puesto que en realidad era el único motivo importante que me llevaba ahí. El mismo día que por asuntos urgentes tuve que marcharme de Cannes, a la salida del Hotel me entregaron la amable carta de su Señora, en la que me anunciaba que Vd. había vuelto. Desgraciadamente como no conozco su letra, no la abrí hasta el día siguiente que ya me encontraba a muchos kilómetros de ahí, pero le aseguro que de lo contrario hubiera pasado aunque solo hubieran sido unos minutos para darle un abrazo”.

Las cartas nos demuestran que Dominguín se convirtió en una suerte de corresponsal picassiano, siempre dispuesto a ayudar en la difusión de la obra de su amigo, especialmente en España donde seguía siendo visto como un enemigo del régimen franquista. Es el caso de una propuesta del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en octubre de 1960, que hubiera permitido presentar “Las Meninas” de Picasso coincidiendo con los actos en homenaje a Velázquez. La institución quería salirse de las conmemoraciones oficiales subrayando el hecho de ser una entidad privada. Dominguín se hacía eco de la iniciativa y se la hacía llegar a Picasso. “Querido Pablo, esto recibo y te lo trasmito. Por mi parte no tengo más interés que lo que pueda ayudar a que la gente de aquí te admire y te quiera. Si te gusta la idea dime con quién me tengo que poner al habla para que esta gente realice sus proyectos. En caso contrario, dímelo también para desengañarlas”.

Picasso quería estar siempre informado de cómo le iban las cosas a Luis Miguel Dominguín en el ruedo. Esa comunicación se tradujo en una serie de telegramas, algunos de ellos redactados por Lucía Bosé, la actriz que por entonces era esposa del torero y recientemente desaparecida. “Miguel Ganose Trofeo Feria Stop Faenas Extraordinarias Besos Para Todos”, escribe la pareja en un telegrama. En otro, Luis Miguel parece más afectuoso al decir “Palo Bonito Orejas Olé Cállate Corazón Cállatre Besossss”. El torero quiso hacer del pintor su talismán, como vemos en otro telegrama: “Orejas Olé Siempre Número Uno Contigo En La Distancia Besos Besos”.

Una mención aparte en este conjunto la merece Lucía Bosé, actriz por quien Picasso sentía una especial simpatía. Apenas se han conservado un par de postales que avalan la afinidad entre los dos, como es el caso de una con una vista del célebre Patio de los Leones en el recinto de la Alhambra de Granada: “Estos toreros son de piedra. El día 14 torea en Málaga y desde ahora todos los días. Abrazos Lucía”. Entre esos papeles personales de Picasso también existe una fotografía de la actriz que el pintor conservó toda su vida, incluso cuando la amistad se había enfriado. Y es que la última esposa del pintor, Jacqueline , tal y como ha señalado Antonio D. Olano, amigo común de Picasso y Dominguín, empezó a sentir celos de las atenciones que el artista prestaba a aquella amiga tan querido.