Cuando Marguerite Duras quiso investigar el asesinato más mediático de Francia

La escritora trató de resolver el asesinato del niño Grégory Villemin, uno de los grandes enigmas de la crónica negra

No por muchas novelas de misterio que te leas serás un buen detective. No son pocos los que han pensado que tras pegarse un atracón de historias policíacas podían resolver algún crimen. No siempre sienta bien la lupa en manos de quien no es profesional. El problema empieza a hacerse grave cuando ese aficionado contribuye con su instinto a que un inocente deje de serlo. Eso es lo que sucedió cuando Marguerite Duras se creyó Miss Marple y sus pesquisas convirtieron en sospechosa a la persona equivocada.

El 16 de octubre de 1984 apareció en el río Bologne el cadáver del pequeño de cuatro años Grégory Villemin, desaparecido unas horas antes mientras jugaba en el exterior de la casa familiar. El caso pasó a ser el más mediático de la historia criminal francesa. Todavía hoy se desconoce quién fue el autor de tan atroz crimen, pero por el camino se han sabido cosas. Hasta casi un año y medio antes de la muerte del pequeño, sus padres fueron acosados telefónicamente y por carta por alguien que se presentaba como “El Cuervo”. En esos mensajes hacía evidente su intención de generar peleas entre los diferentes miembros de la familia Villemin. Los padres de Grégory, Christine y Jean-Marie Villemin, eran los principales objetivos de este atacante del que no se supo con certeza su identidad. Lo que estaba claro es que el autodenominada “El Cuervo” estaba involucrado en el asesinato. La pésima investigación llevada a cabo por el juez instructor, Jean-Michel Lambert, más interesado en aparecer en los medios de comunicación que en descubrir la verdad, hizo que se dispararan todo tipo de rumores y que los gendarmes lo tuvieran difícil para sacar algo en claro del enrevesado crimen.

El principal sospechoso para los investigadores era Bernard Laroche, primo de Jean-Marie. Unas pruebas de escritura y una confesión realizada por la cuñada de Laroche -que finalmente se retractó acusando a la policía de haberla coaccionado- lo convirtieron en el objetivo de la policía que lo detuvo para acabar en prisión. Sin embargo, al no encontrarse prueba alguna de su culpabilidad, Bernard Laroche fue puesto en libertad mientas Jean-Marie Villemin aseguraba que lo mataría como venganza por haber acabado con su hijo.

La historia dio un giro espectacular cuando expertos grafólogos apuntaron ni más ni menos que a la madre de Grégory como autora de los anónimos, por lo que ella -en esos momentos embarazada- pasaba a ser la sospechosa número uno. Jean-Marie no pudo más con la tensión y mató de un disparo a Bernard Laroche.

Toda Francia estaba enganchada a una historia que lo tenía todo, como si fuera el mejor de los seriales. Fue entonces cuando Serge July, director del diario “Libération” encargó a Marguerite Duras que escribiera sobre el caso, algo a lo que la escritora accedió con una condición: debía visitar los escenarios de esa pesadilla y entrevistar a sus protagonistas. Duras vivía un buen momento como escritora al haber vendido casi un millón de ejemplares con su novela “El amante”. Contar con ella era tener a la gran autora de las letras francesas del momento, una voz que representaba el prestigio y, muy probablemente, el éxito para “Libération”. El resultado de todo eso será “Sublime, forcément sublime” que no verá la luz hasta el 17 de julio de 1985.

Duras, menuda y con unas llamativas gafas de pasta, se adentró a Lépanges-sur-Vologne con la intención de conocer la intrahistoria del suceso. Nada más poner un pie en el pueblo se encontró con la negativa de Christine Villemin a través de su abogado. No quería saber nada de tan grande escritora por muy famosa que fuera. Pero no fue el único portazo que se topó en el camino porque nadie quería colaborar en la investigación de la escritora. Bueno, con una excepción. ¿Se acuerdan el magistrado al que le gustaba salir en los medios? Resultó que también era un lector apasionado de Marguerite Duras, por lo que no desaprovechó la ocasión de dialogar con ella. Pese al secreto de sumario, pese a que la instrucción no debía exponerse al público, Lambert no tuvo ningún problema en abrir las puertas de su despacho a Duras para conversar alrededor de la muerte de Grégory. Lambert y Duras coincidieron en señalar a Christine como la autora material del crimen.

Marguerite Duras se movió por intuiciones, algo de lo que no se retractó cuando vio que la policía arrestaba a Christine Villemin. En su texto, Grégory casi era un personaje menor dentro de la historia, por lo que la escritora centró todo su interés en la madre convertida, según su olfato detectivesco, en asesina. Incluso llegó a acercarse a la casa de los Villemin gritando de satisfacción al localizarla: era el último lugar donde el pequeño fue visto con vida. Cuando se encontró ante ese lugar llegó a la absurda conclusión de que era imposible que allí hubiera jugado alguna vez un niño. Tampoco tuvo reparos en cargar las tintas contra Christine con detalles a veces innecesarios, como apuntar que su mirada era inexpresiva cuando la llevaban a prisión.

El artículo fue muy mal recibido, incluso por otras escritoras como Françoise Sagan, y el tiempo acabó demostrando que Marguerite Duras estaba equivocada. En 1993 le confesó a una periodista que le costaba escribir porque se le aparecía la imagen del pequeño Grégory. El trauma de aquel caso no la abandonó, entre otras cosas porque no supo apuntar los motivos por los que una madre podría matar a su hijo. “Sucede que las mujeres no quieran a sus hijos, ni su casa, que no sean las mujeres del hogar que se esperaba de ellas. Que no sean tampoco las mujeres de sus maridos”, dijo en el artículo.

Cuando Duras habló por última vez del caso, poco antes de su muerte, la Justicia absolvió a Christine Villemin. El juez Jean-Michel Lambert se acabó suicidando en una de las veces que se reabrió el caso. Los Villemin aún no saben quién mató a su hijo.