Cuando Picasso cerraba los bares en Barcelona

El pintor retrató durante su juventud la vida de la ciudad en estos locales hasta el final del día

Cataluña se encuentra en una difícil situación por culpa de la actual crisis sanitaria. El elevado número de contagios ha obligado a que se cierren los bares y restaurantes catalanes que solamente pueden abrir para servir comidas. Toca esperar, según las autoridades, hasta que volvamos a un estado que permita seguir visitantes aquellos locales que, de alguna manera, se han convertido en parte de nuestra vida, en uno de esos puntos que no queremos perder de nuestra geografía personal. Muchos bares y restaurantes han sido hogar de muchos y muchas, algo que viene de antiguo. Si tuviéramos que buscar un buen ejemplo lo podemos encontrar en Picasso.

La noche era el hogar del joven Pablo Ruiz Picasso, aquel joven con aspiraciones que soñaba con convertirse en un gran pintor. De todo esto hay testimonio en su propia obra, no solo en óleos -la mayoría de los vinculados con esta etapa están en el museo que lleva su nombre en la capital catalana- sino en numerosos dibujos, bocetos para obras que nunca se materializaron, bocetos del natural que se convertían en su aproximación a un instante. A Picasso no le hacía falta escribir unas memorias para contar su vida: toda, con sus luces y sus sombras, estaba en su producción plástica. Es allí donde encontramos a noctámbulos apurando la última copa, parejas que parecen olvidar o compartir sus penas en una mesa, prostitutas con clientes... Todo aquello que tanto le gustaba ver a aquel muchacho que aterrizó en Barcelona por primera vez en 1895 para instalarse con su familia en una pensión en el paseo de Isabel II, 4, bajo los Porxos d’en Xifré, donde en la actualidad se ubica el restaurante Set Portes. Cabe decir, sobre este establecimiento, que Picasso lo frecuentó en numerosas ocasiones para tomar café con leche, consumición que no pagaba, algo que parece que hoy está más que perdonado.

En 1896, el joven se independizó artísticamente hablando y pudo estrenar un taller solo para él en el número 4 de la calle de la Plata. Es probable que a Picasso le divertiría saber que hoy hay en ese edificio un hotel y en su azotea, justo donde se encontraba su estudio, se sirven -se servían, mejor dicho- copas. Por cierto, no hay todavía ninguna placa que recuerde que alguien llamado Pablo Picasso, ni más ni menos, tuvo allí su primer taller, el mismo en el que pintó “Ciencia y caridad”. Pero si seguimos con la vida nocturna del joven artista, en aquellos años inmerso en la bohemia que se vivía en Barcelona, a muy pocos pasos de la calle de la Plata se encuentra la que se llama de Avinyó. En el número 44, donde hoy se encuentran las oficinas de la Fundació Ferrer i Guardia, hubo un burdel que se ha convertido en el lugar en el que nació el arte moderno. De noche, Picasso se perdía en ese lugar, no solo para pasar las horas entre sábanas sino también para beber. Ese detalle lo sabemos gracias a la libreta en la que durante mucho tiempo estuvo ideando la gran tela “Las señoritas de Aviñón”. En uno de los bocetos, incorporó un porrón de vino junto con un pequeño bodegón de frutas. Finalmente en el cuadro final no hubo presencia alguna de alcohol.

Pero si quería beber entre amigos también podía ir, a partir de 1897 a una cervecería que se ha convertido en mito, además de ser hoy punto de encuentro de algún turista paellero. Se ha hablado y escrito mucho sobre Els 4 Gats, aquel local imaginado y materializado por Pere Romeu. La deuda de Barcelona con ese establecimiento sigue siendo enorme porque dio de beber y comer a un grupo de artistas que en ocasiones eran más pobres que las ratas. Picasso, tratando de probar fortuna y de probarse a sí mismo como artista, expuso allí sus dibujos, su personalísima visión de aquellos retratos al carbón que hacía Ramon Casas. El joven se enfrentó dibujísticamente con el maestro modernista entre trago y trago, entre cerveza y cerveza, a veces hasta que el día se acababa.

En el Musée Picasso de París se conserva un cuaderno de dibujos realizado por Picasso en aquella Barcelona. Son escenas callejeras, apuntes del natural hechos con trazo firme como si la fotografía no se hubiera inventado. En esas páginas se cuela también en cafés y bares y con mano segura atrapa a quien tiene en una mesa cercana leyendo un libro acompañado de una jarra. Incluso retrata a un carterista llamado “El Chapas” y que debía ser una presencia habitual en estos antros a la espera de encontrar algún incauto al que robar. En la misma libreta no falta alguna mujer que mira con timidez a un Picasso que tal vez ha prometido hacer de ella la protagonista de un cuadro. Al final, en la página última, retrata el artista a Pere Romeu y Santiago Rusiñol, ambos con pipa, probablemente en ese momento en el que estaban cerrando los bares.