El libro de las sorpresas

Con el fin de reforzarse digitalmente y ofrecer mejores servicios a los más de 585 millones de hispanohablantes repartidos por todo el mundo, la Real Academia Española ha estrenado hace poco la nueva configuración de su página web. Una de las principales novedades de esta página renovada, que mantiene la misma dirección (www.rae.es), es la creación de un portal lingüístico en el que los visitantes pueden encontrar un buscador de dudas rápidas, un observatorio de palabras (sobre términos y expresiones no incorporados aún al diccionario: neologismos, tecnicismos, extranjerismos...) y una sección de juegos y retos lingüísticos. Y, por supuesto, se puede acceder al diccionario, que es el principal servicio que ofrece, y el más utilizado, con más de 100 millones de consultas mensuales.

El diccionario (del que iba a decir que es el libro más interesante y divertido que uno puede leer, pero rebajo la proclama, no vaya a ser que alguien no me crea) está lleno de sorpresas y saberes curiosos. Con la ventaja de que no es obligada la continuidad, ni se precisa seguir un orden para su lectura; mejor abrirlo o consultarlo al azar, picotear un poco en una página igual que hacen los pájaros cuando se alimentan y proseguir luego, hacia atrás o hacia adelante, a salto de mata, fisgando aquí y allá como quien busca un tesoro. Descubrimos así que el cuervo grazna o crascita, el búho ulula, la paloma arrulla o zurea, la cigüeña crotora y la golondrina trisa. También que puede uno cargar con el mochuelo, marear la perdiz, andar como gallina en corral ajeno, contentarse con el chocolate del loro o ser un mirlo blanco, que ya es raro... Por hablar solo de pájaros y aves.

El diccionario, que contiene todas las cosas porque en él están las palabras con que las nombramos, y una cosa no existe si no conocemos su nombre.