El bisón(te) de Higgs y el misterio de las pinturas rupestres

Nuestros antepasados más rupestres pintaban lo que conocían y al parecer, sus bisontes no eran todos iguales. Cuando llegó la edad de hielo sus dibujos cambiaron y hasta hace unos años no se sabía por qué.

El pasado es tanto o más vasto que el presente. En él se esconden millardos de datos de los que solo conocemos pistas fragmentadas y repartidas a través de diferentes disciplinas. Las cuevas rupestres, por ejemplo, son un testimonio de lo que nuestros antepasados vivían, y entre ellas no se ven dragones, unicornios ni criaturas mágicas, sino animales reales que respaldan la veracidad de lo que allí ha sido plasmado. Puede que las escenas de caza sean fantasías creadas directamente sobre la roca, pero sus protagonistas no eran invenciones: bisontes, uros, ciervos, caballos, leones…

Bajo esta premisa surgió uno de los misterios más silenciosos de la paleontología. Revisando el arte rupestre es notable que cada especie de animal suele ser representada de una forma bastante consistente. Sus proporciones, sus rasgos más característicos, todo está presente haciendo que un uro sea reconocible aquí y en el resto del viejo continente. No obstante, parecía haber una excepción. Las pinturas de bisontes más antiguas eran muy similares entre sí, pero durante el último máximo glacial (hace unos 20.000 años) su estilo parece cambiar. Y no solo en una o dos cuevas, sino que esto parece una tendencia general a lo largo y ancho del conteniente. ¿Qué ocurrió con los bisontes? ¿Acaso pudieron transformarse por completo en unos pocos cientos de años?

El bisonte no es una vaca ¿o sí?

Es importante entender que bisontes y vacas no son lo mismo. Ambos son ungulados de pezuña par, como los ciervos, o las jirafas, ya que tienen dos grandes uñas al final de su pata. Concretamente podemos afinar más y decir que son bóvidos, como los búfalos, que tampoco son ni bisontes ni vacas. Los bisontes pertenecen al género Bison y existen actualmente dos especies, el americano típico de las películas del lejano oeste (Bison bison) y el europeo al que presuntamente corresponden las pinturas rupestres (Bison bonasus) mientras que las vacas pertenecen al género (Bos) siendo casi todas las razas domésticas descendientes del legendario uro (Bos primigenius) un toro extinto de metro ochenta de altura y tonelada y media de peso. Evolutivamente hace tiempo que uno y otro se separaron, por lo que a pesar de su corpulencia y sus cuernos, sería un error pensar en ellos como parientes cercanos.

No obstante, cuando se hicieron muchas de estas pinturas rupestres había una tercera especie de bisonte pastando en las praderas europeas, el bisonte estepario (Bison priscus), notablemente más grande que sus parientes actuales y con unas astas mucho más imponentes. Y, de hecho, una de las hipótesis para explicar este cambio en el arte rupestre había sido la repentina extinción del bisonte estepario. Sus restos parecen desaparecer durante el último máximo glacial, como el de tanta otra megafauna europea. Esto podría dar respuesta a que dejaran de dibujarse bisontes esteparios, pero no explica cómo es que tardó tan poco en surgir una nueva especie como salida de la nada (o eso parece representado en las cuevas).

Lo más esperable habría sido, tal vez, un cambio progresivo e incluso un largo periodo donde estuvieran presentes ambas representaciones. Sin embargo, la realidad parece diferente, casi como si se hubieran turnado. ¿Cómo pasamos del bisonte estepario al europeo?

Madre solo hay una

Hay algo que no hemos dicho, y es que los estudiosos de los bisontes europeos ya conocían esta peculiaridad. Todo se debe a las mitocondrias, unas pequeñas estructuras que habitan en el interior de nuestras células. Su aspecto recuerda al de las bacterias y de hecho es posible que originariamente fueran microorganismos que infectaron a las primeras células eucariotas (como las nuestras) adaptándose a vivir en ellas y pasando de célula en célula como polizones a medida que su hospedador se reproducía. Simplificándolo mucho, las mitocondrias cumplen la función de producir la energía que nuestras células necesitan, como si a cambio del alojamiento pagaran la factura de la luz en un proceso llamado “respiración celular”.

Pero lo que realmente nos interesa de las mitocondrias es que, precisamente por ese origen aparentemente bacteriano y su relativa independencia de nuestras células, su ADN también es diferente, heredándose a grandes rasgos de mitocondria en mitocondria. Cuando una célula se divide sus mitocondrias se reparten entre las descendientes, haciendo que su ADN permanezca casi sin cambios. Y aquí está la clave. Tanto los óvulos como los espermatozoides tienen mitocondrias, pero al penetrar en el óvulo, el espermatozoide suele perder las suyas, e incluso si consigue introducir alguna esta acaba siendo destruida. Por eso decimos que en la amplia mayoría de los casos el ADN de tus mitocondrias es de herencia materna.

Pues bien, si tomamos el ADN mitocondrial de los bisontes europeos nos encontraremos algo extraño, y es que se parece muchísimo al de nuestras vacas. Dicho de otro modo, no hace tanto que todos los bisontes europeos de la actualidad compartieron una antepasada del género Bos. Y esto si esto ya es extraño, lo es todavía más descubrir que su ADN nuclear, el que solemos entender popularmente a secas como “ADN”, es muy muy distinto del de cualquier vaca.

La única forma que había de conciliar esta información aparentemente contradictoria era recurrir a la historia, ya que, tras la revolución rusa, las reservas de bisontes europeos que tenían los zares fueron espoliadas y sobrevivieron tan solo 12 ejemplares. Todos los bisontes actuales son descendientes de esta docena de individuos, así que ¿y si alguno de ellos, por escasez de potenciales parejas, intimó con una vaca? Esto explicaría que heredara las mitocondrias de una, pero mantuviera un ADN nuclear todavía bastante diferente. No obstante, esta hipótesis no cuadraba del todo, en parte porque incluso en estas condiciones el ADN nuclear de los bisontes europeos tendría que ser más vacuno de lo que realmente es. Por supuesto, había más problemas y algunos eran bastante complejos, pero con esto nos hacemos una idea.

La mejor forma de salir de dudas es encontrar y analizar ADN de bisontes prehistóricos y eso es exactamente lo que estaban haciendo en el equipo de Julien Soubrier y Alan Cooper cuando encontraron una posible explicación para todo este embrollo y es que, posiblemente, los bisontes europeos sí sean vacas después de todo, aunque solo en un 10%.

Bisontes prehistóricos

Analizando los restos de bisontes prehistóricos, Soubrier y Cooper se percataron de que su ADN mitocondrial seguía siendo vacuno, posiblemente de uro, el antepasado gigante de nuestras vacas domésticas. Esto tiraba por tierra sin lugar a duda la ya cuestionada explicación de la revolución rusa, pero quedaba una vuelta de tuerca final. Al analizar el ADN nuclear, los investigadores se encontraron con algo inesperado. Aquello no correspondía a un bisonte europeo, ni a un bisonte estepario, ni siquiera a uno americano. Era algo diferente ¿una nueva especie tal vez?

Los científicos terminaron llamando popularmente a este animal, Higgs bison (bisonte de Higgs), haciendo alusión a la Higgs boson (bosón de Higgs) mal llamada partícula de dios, la cual revolucionó la prensa generalista cuando finalmente, el Gran Acelerador de Partículas del CERN consiguió demostrar empíricamente su existencia. Estudiando su material genético más a fondo, los investigadores se percataron de que el extraño animal tenía un ADN nuclear mixto en cuanto a que parecía haber heredado buena parte de un uro y el resto de un bisonte estepario. Era un híbrido, resultado de un improbable pero verídico escarceo amoroso entre los dos bóvidos.

Tratando de dar sentido a los datos, la explicación del equipo de científicos fue la siguiente. Al disminuir las poblaciones con el enfriamiento del clima, el cruce entre individuos de las dos especies pudo verse propiciado. Normalmente los híbridos son estériles, como es el caso de las mulas o los ligres. Sin embargo, parece que en este caso la unión entre un uro (explicando el ADN mitocondrial) y un bisonte estepario dio lugar a algunos descendientes fértiles, aunque ninguno era varón (manteniendo así las mitocondrias de uro por línea materna). A partir de entonces, los descendientes comenzaron a reproducirse con otros bisontes esteparios, puede que incluso con su padre (abuelo, bisabuelo…) todo dentro de una misma manada. De ese modo, el ADN nuclear que en los primeros híbridos era en un 50% de uro y en otro 50% de bisonte estepario, fue moderándose rápidamente hasta alcanzar un equilibrio que en los bisontes europeos actuales es de un 10% del género Bos y un 90% Bison.

Para explicar cómo una sola población consiguió extender su “mezcla” genética a toda una especie sin que se diluyera más de este 10% el ADN de uro se suele recurrir al efecto cuello de botella. Este consiste en que una catástrofe (como el último máximo glacial) pudo reducir tanto las poblaciones de bisontes que solo sobreviviera un número muy reducido (una o dos manadas) a partir de las cuales fue repoblada la especie. De ese modo, reproduciéndose solo entre ellos y extendiéndose por el continente, el 10% de uro habría podido mantenerse estable hasta nuestros días.

Por supuesto, la historia implica muchos supuestos, pero menos especulativos de lo que parece. Lo más probable es que esta sea la forma correcta de interpretar las peculiaridades genéticas de nuestros bisontes europeos y es un ejemplo fantástico de cómo la genética puede revelarnos en sorprendente detalle lo que sucedió en un pasado. En cualquier caso, la rápida hibridación pudo cambiar en cuestión de cientos de años el aspecto de los bisontes del viejo continente, explicando esas dos poblaciones tan diferentes que exhiben las cuevas rupestres. A veces el arte es algo más que eso y en él se esconden los ecos de un tiempo que solo podemos intuir. Quién sabe qué más podríamos descubrir si decidiéramos tirar de esos hilos, de esos testimonios de ocre sobre caliza.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • En castellano no es correcto decir Bison de Higgs, aunque te pueda sonar la existencia de un animal llamado así, se trataría de un visón, que no tiene nada que ver con los bóvidos. El visón es un mustélido, pariente de los hurones, que se ha explotado para productos de peletería.
  • No se debe confundir este Higgs Bison con uno de los nombres propuestos para la cría de bisonte europeo del CERN. Como curiosidad, otro de los propuestos fue Niels Bohrson.

REFERENCIAS (MLA):