MADRID, 15/11/2020.- Ilustración facilitada del satélite español Seosat-Ingenio. Mapeo rápido de incendios, monitorización de humedales, seguimiento de cultivos para alerta temprana de procesos de sequía o control de fronteras son algunas de las aplicaciones de Seosat-Ingenio, un satélite con marca cien por cien española que será lanzado el martes desde la Guayana Francesa. EFE/Agencia Espacial Europea SOLO USO EDITORIAL NO VENTAS NO ARCHIVOPierre CarrilEFE

¿Error humano o técnico? ¿Qué hizo fracasar el lanzamiento del satélite español “Ingenio”?

Perder un satélite de 200 millones y 500.000 horas de trabajo supone un durísimo golpe para la ciencia española, pero hay mucho trabajo rescatable

Los aficionados a la ciencia hemos tenido un desayuno amargo. Al despertarnos hemos descubierto que, durante la madrugada, había fracasado el lanzamiento del primer satélite español. Sin embargo, el amargor debería ser compartido, porque el haber perdido el satélite SEOSAT-Ingenio nos afecta a todos y, como si de la oca se tratara, nos hace retroceder unas cuantas casillas.

Casillas que, en realidad, son años de inversión y desarrollo. Las mayores potencias del mundo y no pocas empresas privadas, han entendido que el futuro de la humanidad está en el espacio, y no necesariamente en naves generacionales o colonias marcianas. Hablamos sobre el control de las tecnologías de comunicación por satélite, los telescopios espaciales y todo tipo de ingenios que están por llegar y que supondrán elementos estratégicamente claves para la geopolítica de nuestro siglo.

Tal vez unos números ayuden a contextualizar la importancia de este suceso. El satélite Ingenio requirió más de 500.000 horas de trabajo y costó en torno a 200.000.000 euros. Una vez activado, habría permitido recoger imágenes de gran detalle y cubrir nuestro país con una resolución abrumadora, pudiendo distinguir incluso objetos del tamaño de un coche (2,5 metros) No solo habría servido para elaborar mapas, controlar fronteras, monitorizar cultivos o controlar las reservas de agua, sino que habría sido determinante para detectar y seguir emergencias como incendios o desastres naturales sin requerir de la colaboración de otros países. Había costado 13 años desarrollarlo y solo con pensarlo es fácil que nos invada el desánimo, pero al menos hay una noticia de consolación: no hemos vuelto a la casilla de salida y si decidimos reconstruir Ingenio será más rápido y barato.

El accidente

El coche es un aparato relativamente complejo y puede ser difícil descubrir qué mecanismo ha fallado cuando sufren un accidente. ¿Han sido los frenos? ¿La dirección? Sin embargo, todo esto se vuelve un juego de niños si lo comparamos con la astronáutica. Los cohetes, satélites, sondas, orbitadores, dejan la complejidad de los coches a la altura del mecanismo de un chupete. Nunca hay respuestas sencillas ni rápidas ante un accidente de tan alta tecnología. Encontrar qué ha fallado puede llevar meses de intenso trabajo llevado a cabo por comités de expertos e incluso entonces puede seguir habiendo dudas razonables. Mientras no llegan respuestas realmente robustas, tan solo queda especular con el mayor rigor posible.

Satélite IngenioAntonio Cruz

Los hechos

Reconstruyamos los hechos. Eran las 2:52 de la madrugada del martes 17 de noviembre de 2020 (hora española). Todo iba según lo planeado y los atronadores motores del cohete Vega acababan de encenderse. Dentro de aquel cohete de 30 metros de altura, había dos satélites. Nuestro satélite de observación, Ingenio y un satélite científico francés llamado Taranis.

Tan solo ocho minutos después del despegue, fue detectada una ligera desviación en su trayectoria. Puede que la palabra “ligera” parezca quitarle peso, pero cuando se trata de una empresa tecnológica con este nivel de precisión, cualquier ligera desviación puede tener consecuencias impredecibles. La idea habría sido elevar Vega durante 54 minutos antes de liberar a Ingenio, que se situaría a unos 670 kilómetros de altura siguiendo una órbita heliosíncrona: esto es, que se mantendría siempre con la misma orientación al Sol, a pesar de la rotación de la Tierra.

Sin embargo, la desviación detectada en ese octavo minuto tras el lanzamiento se siguió de una pérdida de altura y se cortó la emisión. La misión estaba perdida. Algunas estimaciones calculan que el cohete terminó cayendo de vuelta a la superficie terrestre, pero todavía no han sido encontrados los restos.

Los cohetes Vega

El uso de cohetes Vega se remonta a 1992 y la empresa multinacional que los fabrica, Airanespace, ha sido responsable de más de 700 lanzamientos de satélites desde que empezó a operar en 1980. La experiencia parece jugar a su favor, aunque para ser justos, hace poco más de un año (julio de 2019), fracasó otro cohete Vega durante la puesta en órbita del FalconEye1.

El FalconEye1 era un satélite de Emiratos Árabes Unidos, por lo que hubo rumores de sabotaje, aunque finalmente se determinó que la causa había sido un defecto en la estructura de un motor del cohete Vega. Teniendo esto en cuenta, no parece descabellado pensar que, lo que estaba a punto de ocurrir tras el despegue, se debiera a orto fallo estructural del cohete de Airanespace. De hecho, parece que el fallo pudo estar en la etapa superior del cohete.

Para entenderlo, hemos de pensar que poner en órbita algo tan pesado como un satélite requiere mucha energía que obtenemos mediante combustión de algún fluido. Sin embargo, cuanto más peso queramos levantar más combustible necesitaremos y cuanto más combustible más pesará el cohete. Para resolverlo suele construirse en fases, de tal modo que, a medida que se van gastando los tanques de combustible, el cohete se libere del peso muerto que suponían sus contenedores. Podríamos compararlo con una lagartija que va perdiendo tramos de su cola. Cada tramo se llama fase y en este caso parece haber fallado la última en separarse. No obstante, tendremos que esperar unas semanas antes de tener una respuesta clara e incuestionable.

Sin ir más lejos, acaba de presentarse una hipótesis alternativa a la del fallo estructural. El director general de Arianespace, Stéphane Israël, insistió a la prensa desde Kurú que ese problema relacionado con la integración del sistema de activación se justifica por errores humanos de los que se deberá investigar por qué no se detectaron a tiempo. Concretamente, atribuyen el fallo a una sucesión de errores humanos que llevaron a que se invirtiera la conexión de unos cables en el momento de la construcción del lanzador.

“Vamos a examinar mejor el fallo. Lo entenderemos, lo corregiremos y volveremos más fuertes después de esa corrección”, añadió en una declaración telefónica en la que no se admitieron preguntas. El consorcio espacial Arianespace, operador del Vega, ha insistido en que no hubo un problema de diseño, sino “una cadena de fallos” en su montaje, no obstante (y como ya hemos dicho), la investigación se encuentra en una fase preliminar. Habremos de esperar para saber si se ha tratado de un fallo estructural o si, como indica la empresa implicada en el cohete presuntamente defectuoso, se ha debido a un factor ajeno a su departamento técnico.

El verdadero problema no es solo el dinero

Sea como fuere, cabe señalar que este tipo de proyectos suelen contar con un seguro, aunque parece que Ingenio ha sido la
excepción.
No obstante, cabe lo que decíamos al principio: no hemos perdido 200 millones de euros ni 500.000 horas de trabajo. Buena parte de ese tiempo y dinero no se destinaron a comprar materiales o montar el satélite, sino a diseñar sus piezas y resolver los innumerables problemas de precisión que surgen siempre de que nos enfrentamos al espacio. Todo ello sigue ahí, seguimos contando con ese conocimiento, con los planos y la experiencia adquirida. La pérdida ha sido grande, pero el verdadero drama no es tanto el dinero, como los años de retraso a los que el accidente nos ha condenado.

Para terminar, es importante decir algo sobre el nombre del “difunto” satélite. No fue bautizado Ingenio por azar. Puede que 200 millones de euros parezca una cifra astronómica, y desde luego lo es para una economía doméstica, pero para un aparato de estas características es un precio ridículamente bajo. La ciencia española tiene el dudoso orgullo de estar relativamente bien posicionada a pesar de contar con un menor presupuesto que el de países con una producción científica equivalente. Los españoles han conseguido crear con muy poco dinero un satélite tecnológicamente muy competitivo ¿Cómo? Pues aplicando el ingenio. Así justifican el nombre sus creadores, y aunque no fuera su intención, nos mandan un mensaje tras el fracaso. Porque si el ingenio ya imperó una vez sobre las condiciones tan poco favorables ¿por qué iba a ser diferente esta vez?

QUE NO TE LA CUELEN:

  • La misión ha sido un fracaso y cualquier otra cosa sería un eufemismo. No obstante, hay fracasos de muy distintas características y en este caso puede ser económicamente menos grave de lo que parece. No obstante, no todo se mide en dinero y en esta carrera espacial en la que estamos inmersos el tiempo lo es todo. Un retraso como el que supondrá este accidente puede costarnos muy caro a largo plazo. Habrá que ver si el proyecto se retoma y en qué condiciones lo hace: https://www.ciencia.gob.es/stfls/MICINN/Ministerio/FICHEROS/Informe_aplicaciones_SEOSAT_Ingenio_MCIN.pdf.
  • Ingenio no es un satélite científico. Su misión no era la investigación, al menos no de forma directa. Su propósito era mucho más cotidiano y habría supuesto un impacto directo, inmediato y tremendamente positivo en nuestro país. En este documento se enumeran en detalle las funciones que habría cumplido.

REFERENCIAS (MLA):