Cultura

Sami Naïr: “La mujer es una inmigrante en esta sociedad”

El filósofo evoca la personalidad y el pensamiento de la escritora Simone de Beauvoir, a la que trató muy de cerca, en un libro sobre feminismo e igualdad

Decía Simone de Beauvoir que mujer no se nace, se hace, y ninguna semana se antoja tan propicia como esta, que arrancó el lunes con el lamentable boicot de Vox al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, para hablar de feminismo y de ella, que es como decir lo mismo. El politólogo y filósofo francés de origen argelino Sami Naïr la conoció y la trató durante años cuando trabajaban juntos en la revista “Les Temps Modernes” y ahora evoca su figura, su personalidad y su pensamiento en "Acompañando a Simone de Beauvoire” (Galaxia Gutenberg). El “Castor”, como la llamaba Jean-Paul Sartre, dio una vuelta definitiva al pensamiento sobre género con su libro “El segundo sexo”, que hoy, según explica Naïr, no es una obra superada desde ningún punto de vista.

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-¿Cree que sigue vigente la tesis de Simone de Beauvoir en “El segundo sexo”?

-Sí, hoy más que nunca. No hay una sola palabra que no tenga actualidad. Un día ella me dijo que lo que consiguen las mujeres es muy frágil, que puede desaparecer en cualquier momento, de un solo golpe. La amenaza de la regresión siempre está ahí. El problema eterno es que todas las sociedades se han formado, más allá de aspectos políticos y culturales, en la relación de dominación del hombre sobre la mujer. Ése es el núcleo del asunto.

-¿No cree entonces que hemos logrado avances sustanciales?

-Hemos avanzado mucho, pero no se puede decir que la situación haya cambiado radicalmente. El hecho de que se hayan logrado derechos sociales y políticos es lo mínimo que se puede esperar de un Estado de Derecho, no resulta nada excepcional. La dificultad estriba en que logremos la igualdad existencial entre el hombre y la mujer. La debilidad estructural de la mujer es evidente en dos aspectos fundamentales; en la fuerza física y en el hecho de que puedan dar vida, lo que las coloca en una situación de vulnerabilidad. Simone de Beauvoir defendía precisamente que la sociedad no esté basada en dos géneros diferentes, sino en uno y que sea igualitario. Tampoco estaba a favor de un conflicto de hombres contra mujeres porque eso significaría caer en el modelo de dominación masculina, entrar en su juego. Feminismo ha habido siempre, resistencia de las mujeres frente a los hombres, en todas las sociedades.

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-¿Qué pensaría ella del movimiento #metoo y de la posterior degeneración en ciertos casos en una suerte de caza de brujas?

-Lo apoyaría totalmente, en el sentido de que siempre fue en contra de la esclavitud sexual a la que muchos hombres someten a las mujeres que trabajan para ellos. Ella fue totalmente libre, inventó su propia vida como pocas han sido capaces de hacerlo y en un momento en el ninguna lo hacía. Sin embargo, no habría aceptado el hecho de que cualquier acercamiento de un hombre a una mujer pudiera ser considerado una agresión sexual o un desprecio. Es verdad que ha habido excesos en este movimiento y ella los habría denunciado, pero no en el sentido en que lo han hecho algunas mujeres en Francia. Hay que entender que allí hay una cultura de la galantería, de la conquista, mucho más sofisticada y retorcida que en España. En mi opinión se han equivocado porque no han tenido en cuenta que detrás de la reacción de las mujeres a determinados comportamientos subyace el concepto de libertad.

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-¿Cómo era el “Castor” de cerca? ¿Era fácil de tratar?

-Primero, y por encima de todo, era una máquina de trabajar, días tras día y de manera sistemática. Ocho horas, diez horas. Cuando vivía Sartre trabajaba con él en la misma habitación, cada uno en su mesa, como alumnos de primaria. También tenía un sentido del humor devastador, podía crucificar a alguien con solo una frase. Pero al mismo tiempo era profundamente humanista, sentía una compasión real por todo el mundo. Pasó su vida ayudando a los demás de forma anónima, sin que lo supieran ni los propios interesados.

-¿Cuál era su talón de Aquiles?

-Vaya, no creo que me hayan hecho nunca esa pregunta. Ella decía que si tuviera que volver a escribir un libro lo centraría en su propia sexualidad porque las mujeres nunca hablaban de ello desde un punto de vista femenino. Pero su punto débil quizá es que era demasiado rigurosa, rígida, hasta el punto de perder la cercanía con el otro. Quizá es que sus principios eran tan altos que era muy difícil estar a la altura. Incluso para ella misma. También es posible que le pesara la relación “necesaria”, como ellos la definían, que había decidido mantener con Sartre. Y seguro que pagaron un precio. Ambos tenían relaciones con otras personas de las que hablaban entre ellos, como una suerte de dominación sobre otros.

-¿Quién cree usted que decidió que la relación fuera abierta?

-Los dos, sin duda. Estaba totalmente igualado.

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-Cuando ella escribió “El segundo sexo” a finales de los años 40 ni siquiera existía la píldora anticonceptiva. ¿Cuál cree que sería su postura en asuntos como la maternidad subrogada?

-Su opinión estaría marcada seguramente por una cosa: su concepto de libertad. Creía por encima de todo que la mujer es dueña de su cuerpo y que la sociedad no puede imponerle ningún control, al contrario, debe protegerlo. Al mismo tiempo, entendería que gente que no pueda tener hijos de manera natural recurra a ello, aunque también existe una dimensión moral en todo esto que no conviene ignorar. Es complicado aventurarse, la verdad.

-Sobre la maternidad, ¿cree que se arrepintió en algún momento de no haber tenido hijos?

-No creo que se arrepintiera, pero sí que entendió mejor con los años que las mujeres tengan esa necesidad. Lo que ocurre es que ella lo tuvo todo, logró lo que se propuso. Tuvo a Sartre en su vida, se convirtió en un icono de su época. Es verdad que más adelante acabó adoptando a una joven escritora, Sylvie Lebon, que es quien ha quedado al frente de su legado y de su obra.

-También da la impresión de que, en un momento dado, se da cuenta de que no todas las mujeres tienen esa capacidad de elección de la que ella sí disfrutó.

-Efectivamente, el ser humano está encarcelado en ciertas estructuras y condicionamientos muy fuertes, pero dentro de esa situación de coacción cada uno tiene la capacidad de decir no, de resistir. De Beauvoir eligió dos conceptos en su vida por encima de todo lo demás: igualdad y libertad. Y la correlación de ambos desemboca en el compromiso con sus propias ideas, que debe construirse en la práctica, no quedarse en la mera abstracción.

-¿En su relación con Sartre también se replicaba el modelo de dominación masculina imperante?

-En absoluto. Entre ellos no se daba ese modelo, eso es un mito falso. Su relación fue siempre entre iguales. Otra cosa es el patrón que siguiera Sartre con otras mujeres, que fuera machista con ellas. Él siempre decía que el “Castor” conocía su obra mejor que él mismo.

-¿El machismo tiene color político o es transversal?

-Simone también experimentó una evolución interesante al respecto. Al principio pensaba que primero había que hacer la revolución social y luego llegaría la liberación de la mujer. En un viaje con Sartre a la URSS se dio cuenta sin embargo de que, aunque las féminas contaban con una gran cantidad derechos, la sociedad era mucho más conservadora que en un sistema capitalista. A su vuelta, empezó a considerar que la liberación femenina debía ocurrir en el aquí y el ahora, no esperar a nada más. Personalmente, pienso que el machismo es transversal, hay de todo tanto en la derecha como en la izquierda. Por eso es tan importante que las mujeres puedan existir como fuerza independiente, más allá de ideologías.

-¿Qué piensa usted del rol masculino actual?

-Me parece que el movimiento feminista es universal e imparable y el hombre tiene que intentar entender lo que está pasando. No se puede comparar el momento que vivimos con la gran historia de la dominación masculina. Los hombres deben reflexionar antes de actuar porque tenemos una enorme culpa en esta situación, incluso los que se pretenden buenos.

-Existe mucha discusión sobre si la sexualización de la mujer debe ser un arma feminista o no.

-Esa dualidad tiene que ver la mercantilización de la sexualidad de la mujer, un aspecto sobre el que la escritora estaba firmemente en contra. De hecho, ella aconsejó al Ministerio de Igualdad francés que sacara adelante una ley para impedir esa imagen de la mujer como un producto, un objeto, de la misma manera que se había regulado la publicidad del tabaco o el alcohol. Suscitó un debate enorme y salió adelante con fuerza hasta los 90, cuando fue perdiendo fuelle.

-Ella identificaba la batalla contra el machismo con la lucha contra el racismo.

-Totalmente. En 1949, cuando estaba terminando “El segundo sexo”, decidió hacer un viaje por Estados Unidos de más de tres meses. Allí descubrió el racismo contra los negros y volvió totalmente trastornada. Conocía a grandes músicos negros de la época en París, pero su vida no tenía nada que ver con aquellos de EE UU. Fue otro elemento clave para ella, la lucha contra el racismo.

-Es curioso porque hubo un momento en que las mujeres también íbamos a quitar el trabajo a los hombres, igual que ahora algunos tratan de hacernos creer que ocurre con los inmigrantes. ¿De dónde cree que nace el pensamiento supremacista que trata de abrirse paso en España y en todo el mundo?

-La mujer es una inmigrante en esta sociedad. Y lo que ha pasado es la crisis, económica y política. La crisis institucional, la incapacidad de transmitir una concepción democrática, moderna. La corrupción de las élites. Todo esto ha favorecido el nacimiento de este discurso del odio y antihumanista. No se va a solucionar fácilmente porque los prejuicios son mucho más fuertes que los juicios, que necesitan de la racionalidad. La gente prefiere buscar a chivos expiatorios cuando están en crisis, las mujeres y los inmigrantes.