¿Quién irá a los Goya?

El recorrido histórico de la máxima celebración del séptimo arte siempre ha estado trufado de una reivindicación política en ocasiones prescindible, a ratos mercantilizada

Cuando en 1969 Carol Hanisch transforma la propagandística frase «lo personal es político» ya no solo en un pionero grito feminista sino también en uno de los preceptos sociales más determinantes del siglo XX, no se le pasaba por la cabeza la posibilidad de que una actriz con la visceralidad y el temple de Candela Peña pronunciara nada más recibir el Goya a Mejor Actriz de Reparto por su interpretación en «Una pistola en cada mano» la siguiente proclama: «Hace tres años que no trabajaba. En estos tres años he visto morir a mi padre en un hospital público donde no había mantas para taparlo y ha salido de mis entrañas un niño al que no sé qué educación pública le espera. Desde aquí os pido trabajo, tengo un niño que alimentar. Gracias, buenas noches». Tampoco imaginaba Hanisch la advertencia que la por entonces Presidenta de la Academia de Cine Marisa Paredes arrojaba sobre el gobierno de Aznar y su gestión de la Guerra de Irak con aquel «no hay que tener miedo a la cultura, ni al entretenimiento, ni a la libertad de expresión. Hay que tener miedo a la ignorancia y al dogmatismo. Hay que tener miedo a la guerra». O la oferta de cartelería improvisada que tuvo lugar en la edición número 17 de unos Goya en donde las butacas se convirtieron en explícitas trincheras antibelicistas.

El recorrido histórico de la máxima celebración del séptimo arte siempre ha estado trufado de una reivindicación política en ocasiones prescindible, a ratos mercantilizada –recordemos la naif exposición de los abanicos rojos que lucieron el año pasado muchos de los protagonistas de la velada en contra de la violencia de género– que por imposición de la propia Academia o por iniciativa particular de los premiados acaba restándole importancia al único elemento capital que debería tenerla: el cine. Es por eso que desde algunos sectores de la sociedad se observa con ojos de demiurgo los gestos de los representantes de la clase política mientras subyace una especie de ansia colectiva por pillar al presidente de turno en un renuncio. Si hace tres años el aluvión de críticas recayó sobre la figura de Rajoy por el reconocimiento público que hizo en donde aseguraba que no había visto ninguna de las películas nominadas, este año la diana podría tener la cara de Sánchez. No parece que el presidente del Gobierno vaya a hacer acto de presencia en las instalaciones del Palacio de los Deportes de Martín Carpena de la ciudad malagueña de la biznaga que el próximo 25 de enero acogerá la celebración de la 34º edición de los Premios Goya.

En contraposición a esta falta de elegancia ligeramente equiparable al desplante que el líder de Vox, Santiago Abascal protagonizaba hace tan solo unos días tras su negativa a la invitación de la Academia –aunque si nos atenemos a los hechos resulta difícil ubicar el perfil de un solo presidente que haya acudido a la ceremonia– el recientemente estrenado Ministro de Cultura José Manuel Rodríguez Uribes o Alberto Garzón como Ministro de Consumo serán algunas de las caras conocidas que asistan a la gala en pro de una representatividad política que no termina de volverse loca por el incentivo cultural. Los organizadores vaticinan una gala exenta de acidez y dardos dialécticos. Pero lo cierto es que la política siempre termina siendo la respuesta. Aunque ni siquiera se haya constituido como pregunta.