Último acto en el Pacífico: Ceremonia de rendición

En septiembre de 1945 se dio por finalizada oficialmente la Segunda Guerra Mundial con la victoria de estados unidos sobre japón

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«Estamos reunidos aquí los representantes de las principales potencias para concluir un solemne acuerdo encaminado al restablecimiento de la paz. Los problemas y contenidos en este acuerdo, que proceden de ideales o ideologías divergentes, ya han sido solucionados en los campos de batalla del mundo entero, por lo que no nos toca a nosotros discutirlos aquí ahora».

Eran las 9.30 h. de la mañana del 2 de septiembre de 1945 y hablaba el general Douglas MacArthur, jefe de las fuerzas aliadas del Pacífico, vestido con sencillo uniforme caqui y tocado con su habitual gorra con guirnaldas y barras de oro, que disimulaba su escasez de pelo e indicaba quién era el jefe. Abordo del acorazado Missouri, anclado en la bahía de Tokio y rodeado de 270 buques, se celebraba la solemne ceremonia que terminaba la Guerra. Frente a MacArthur se hallaba la delegación japonesa, petrificada por la humillación, el dolor y la emoción. La componían Mamoru Shigemitsu, ministro de Exteriores, el general Umezu, último jefe del Estado Mayor, el almirante Sadatoshi Tomioka, jefe de operaciones de la Marina y seis ayudantes.

Ninguno hubiera deseado estar allí pero les endosaron la píldora. Hubiera debido asistir el jefe del Estado Mayor de la Armada, almirante Toyoda, pero ordenó al almirante Tomioka que le sustituyera con un argumento absurdo: «La guerra la ha perdido usted; a usted le toca ir». El caso de Umezu era peor: había sido jefe del Estado Mayor del ejército en el anterior Gobierno al que el Emperador había recomendado una salida negociada, pero Umezu y su ministro de Defensa se opusieron, volvieron a hacerlo ante el ultimátum aliado y se burlaron de los pacifistas que mencionaron la posibilidad de que Washington tuviera la bomba atómica. Umezu estaba allí porque Anami se había suicidado el 15 de agosto y a él se lo prohibió el Emperador, que le impuso representar a su país en la rendición.

La ceremonia de MacArthur había llegado a Tokio el día 28 de agosto y se ocupó de preparar la ceremonia de la capitulación, que debía superar los celos habituales entre Ejército y Marina, llegándose a una solución salomónica: MacArthur presidiría el acto, pero éste se celebraría en el acorazado Missouri y firmaría el almirante Nimitz representando a Estados Unidos. La delegación japonesa se hallaba ante la mesa de la firma; frente a ella, en cinco apretadas filas, los militares que representaban a los vencedores, en uniforme de verano y sólo con las distinciones de su rango. Luego, en los montantes, torres y barandillas se encaramaban periodistas, fotógrafos y centenares de oficiales y marineros.

El acto comenzó con «La bandera estrellada», el himno estadounidense, y la aparición de MacArthur acompañado por los almirantes Nimitz y Halsey. El general pronunció una breve alocución que concluía: «No nos hemos reunido aquí como representantes de la mayoría de los pueblos de la tierra, animados por un espíritu de desconfianza, odio o malicia. Por el contrario, todos, vencedores y vencidos, debemos esforzarnos por alcanzar la elevada dignidad que es imprescindible para conseguir los sagrados fines que nos esperan, comprometiéndonos todos, sin reservas, a cumplir los compromisos que vamos a asumir. Mi más fervorosa esperanza –y la de toda la humanidad–, es que, sobre la sangre y matanzas del pasado, surja de este solemne acto un mundo mejor basado en la fe y la comprensión; un mundo dedicado a la dignidad del hombre y al cumplimiento de sus más profundos anhelos: libertad, tolerancia y justicia». Los japoneses esperaban reproches e invectivas pero «el guerrero hablaba de libertad, tolerancia y justicia» (M. Leguineche, «Recordad Pearl Harbor»). Aún asombrados, los japoneses firmaron. Luego, aún se permitió la última palabra: «Oremos todos para que se restaure la paz en todo el mundo y para que Dios la conserve para siempre. Se levanta la sesión».

Apenas fueron 20 minutos. Los japoneses se despidieron con una inclinación de cabeza y abandonaban el buque cuando comenzó a escucharse la traca final de MacArthur: el rugido de 400 fortalezas volantes seguidas de 1.500 cazas, que sobrevolaron Tokio. Después, Mac Arthur se dirigió a los vencedores: «Hoy los cañones callan. Una gran tragedia ha acabado. Se ha logrado una gran victoria». Recordó el largo camino, las penalidades que lo habían jalonado y deseó que lo sufrido inspirase deseos de concordia paz. «Este acto se da así por concluido» (Citado por M. Hastings, «Némesis, la derrota del Japón»). Una vez en tierra los delegados japoneses se dirigieron a sus ocupaciones y, en su casa, el almirante Tomioka se vistió según el ritual del seppuku y se hundió en el vientre un afilado puñal siguiendo los cortes rituales.