Jardiel Poncela (1901-1952) fue uno de los intelectuales fundamentales de la primera mitad del siglo XX español. La Razón

Jardiel Poncela: «A un hombre se le puede cambiar por un orangután amaestrado»

«El hada Curiosidad» (Renacimiento) recupera varias entrevistas del gran dramaturgo, incluida una «Autointerviú» de 1927 y en la que deja alguna pincelada de su debatida misoginia

Cuando uno lee conversaciones de Enrique Jardiel Poncela de hace 70, 80 y 90 años, casi siempre tiene la sensación de impotencia que, a día de hoy, provoca entrevistar a un tipo tan ambiguo en sus respuestas como es Joaquín Reyes. No se sabe si detrás de esa cara de póquer contesta el hombre o el personaje, aunque también cabe la posibilidad de que lo hagan ambos o, incluso, ninguno. Todas esas dudas van surgiendo durante la lectura de «El hada Curiosidad», que acaba de editar Renacimiento con varias de las charlas que el autor mantuvo durante su carrera con la Prensa, además de una «Autointerviú» en la que Jardiel se ruega a sí mismo que «no me pregunte tonterías». Tenía, por entonces, «veinticinco años y cuatro meses» (1927), se presenta mediante una entrevista surrealista en la que, a medio camino entre la guasa y la verdad, va tocando temas de todo tipo.

–¿Qué opina del divorcio?

–Me parece tan indispensable como los botones de los abrigos.

–¿Le gusta a usted el café?

–Si no lo tiran en el platillo, sí.

–¿Y si se lo tiran?

–Entonces me envuelve el pesimismo.

En ese tono humorístico que empleaba como el «Zotal [el desinfectante] de la literatura», el escritor madrileño va bromeando con que «los hombres rubios debían irse todos a Australia»; o que, debido a su estatura («un metro sesenta»), «cuando voy al teatro nunca le impido ver el escenario al señor que está detrás»; o que se pone especialmente melancólico los viernes. El porqué de esto último no lo desvela, pero así lo afirma en ese texto de «Lecturas para analfabetos» (1927). También se atreve con los temas amorosos, de los que «se han dicho demasiadas simplezas» a pesar de que para él «no tiene la importancia que le han dado». A lo que sí le da valor Jardiel, o, por lo menos, le entristece, dice, son «las parejas de novios que van al cine o de paseo con la mamá de ella» porque en la madre ve el reflejo de «cómo va a ser la hija dentro de veinte años. Y me apena que el novio no vea eso mismo».

Jardiel (en el centro), Joaquín Sama y Alberto Tapia en 1927
Jardiel (en el centro), Joaquín Sama y Alberto Tapia en 1927. La Razón

No oculta que «el hombre es débil» («blandengue», que decía El Fary) y cuando él mismo se pregunta por su opinión respecto a las mujeres suelta que «son cerebros en embrión perturbados por el histerismo. Y si la mayoría de los hombres no fueran tan brutos, opinaría aún peor de las mujeres. Pienso, desde luego, que se las ha exaltado excesivamente. Desde luego son insustituibles». Así, considera que a un hombre se le puede cambiar por «un orangután amaestrado»; pero que, por el contrario, a las mujeres no porque «un orangután con medias de seda no merecería más que el fusilamiento».

Sobre el mundo femenino le preguntaba también Blanca Silverita-Armesto, en 1932, para «Crónica», y reconocía Jardiel que las mujeres con las que se había tropezado en la vida «se han portado bien conmigo». Aseguraba que el tipo de «mujer fatal» lo inventaron los escritores para «darle interés a los relatos; pero todas, en general, son unas infelices». «¿Infelices?», puntualizaba la entrevistadora. «Sí, sí –respondía–. Están a medio hacer. El Supremo Hacedor las creó lo último y, sin duda por esto, no pudo acabarlas del todo. Prueba irrecusable de lo que afirmo es que ellas procuran acabarse y rematan la obra incompleta de la Naturaleza pintándose, maquillándose, ondulándose y comprándose zapatos de tacón alto. Y ese defecto de construcción se extiende también a su alma; y así, la falta de corazón la suplen, en exceso, con el instinto. Por eso en ellas no hay maldad reflexiva, ni bondad reflexiva; por eso en ellas todo es impulsivo, arrollador, absorbente y tan “natural” que, a fuerza de serlo, a veces parece absurdo», cerraba un autor al que, condenado por sus palabras, siempre le ha perseguido la sombra de la misoginia.

Más le gustaban los perros al autor de «Eloísa está debajo de un almendro» (1940). «Los adoro por espíritu de justicia: pues, mientras se evidencia que el perro, esa encantadora bestia, es amigo del hombre, se evidencia también que el hombre, esa bestia estúpida, es enemigo del perro», explicaba a José Ruiz-Castillo en el 46.

Lejos de sus opiniones, Enrique Jardiel Poncela era de escribir en cafés, aunque no de participar en sus tertulias literarias. Eran «estériles» y, además, si no daba el do de pecho, «la gente se marcha defraudada». El escritor prefería ir a su ritmo. De hecho, esperaba «implantar la moda» de hacer despacho en uno de estos lugares, aunque su verdadero sueño era llevárselo a casa: «Claro que esto cuesta mucho dinero. Al menos, tal como yo imagino ese despacho. Me hace falta, por lo pronto, una mesa de mármol para mí. Y cerca, dos o tres mesas más, donde unos comparsas, convenientemente retribuidos, peguen puñetazos, jueguen violentamente al dominó, hablen mal de los socialistas y dediquen en voz alta madrigales encendidos a Perlita Greco; en fin, lo que se hace, generalmente, en los cafés. Yo estoy seguro de que en ese clima escribiría páginas inmortales».

Cuando Jardiel hizo estas últimas declaraciones estaba preparando la maleta para desembarcar en Hollywood y hacer las Américas (1932). Un mundo, el del cine, que «en sí, no me interesa gran cosa». Fue un hombre de teatro, pero tenía la impresión de que cada día estaba más cerca de ser «un edificio en ruinas» en el que debía codearse con molestas compañías, y «no siempre son leales» bien por el empresario o por los actores. Incluso le molestaba no explayarse: «Es absurdo no poder escribir ocho palabras más –quizá las fundamentales– porque el público tiene que irse a cenar a las nueve». Aun así, no creía en una crisis como tal. No se trataba de nada nuevo ni exclusivo de España, «es universal». La época de decadencia, para Jardiel, era duradera: «Para dar con el esplendor auténtico del teatro hay que remontarse al siglo XVI (...) Si existe [la crisis] debe ser tan vieja que ya se ha convertido en un tópico. Desde pequeño oigo lamentarse de la crisis teatral a cuantos viven del teatro».

Aunque su legado como dramaturgo pesará de por vida, en los años cuarenta, estaba muy quemado con las tablas. Derivó hacia la novela «por la imposibilidad de estrenar, aun después de haber tenido éxitos brillantes como lo fue, por ejemplo, “Una noche de primavera sin sueño”», argumentaba. Por eso soñaba con tomar las riendas del negocio. Mientras el autor «inventa, escribe, ensaya, monta, dirige, soporta todos los malos ratos... y cobra el 10 por ciento y se atrae sobre sí infinitos odios», el empresario era todo lo contrario, «sin inventar, ni escribir, ni ensayar, ni montar, ni dirigir, ni soportar malos ratos... cobra el 90 por ciento y se atrae sobre sí todas las simpatías».

Jardiel (a la izquierda con una manzana) durante el rodaje de «Angelina o el honor de un brigadier» con la actriz Rosita Díaz Gimeno
Jardiel (a la izquierda con una manzana) durante el rodaje de «Angelina o el honor de un brigadier» con la actriz Rosita Díaz Gimeno. La Razón

Y poco le importaban las críticas: «Si me discuten, todo va bien. El día en que eso no suceda, cuando mis arranques literarios caigan en un ambiente de indiferencia, es que estaré acabado. El hecho de que se me ladre es buena señal de que cabalgo. No sé si en raudo bridón o al trote de humilde borriquillo, pero a la jineta siempre».

En definitiva, «El hada Curiosidad» muestra a un Jardiel Poncela abierto de par en par que lo mismo bromea con su lado egoísta que habla, a mediados del siglo XX, de que «la vida moderna es prisa», comentaba en una España de la que defendía que era un país siempre dispuesto a «asombrar de muy diferentes maneras al mundo». También aborda sus éxitos y fracasos: «Un marido de ida y vuelta», para bien; y «El cadáver del señor García», para mal.

Impulsado por su musa «blanca, menudita y redonda», la «Cafiaspirina», estaba «absolutamente seguro» de que su personal labor literaria persistiría con éxito en el futuro, como así ha sido: «Primero, porque todas mis comedias han sido escritas “avanzadas de chispa”; justamente con vistas a su éxito futuro y la demostración de haberlo logrado se ve palpable en que hasta las estrenadas hace catorce o quince años resultan audaces cuando se reponen en la actualidad), y en segundo lugar, porque el interés que despiertan –más cada vez– en el extranjero es un sólido punto de arranque para esperar que esa labor literaria persista con éxito idéntico, o mayor que el actual, en el futuro», justificó.

  • «El hada Curiosidad» (Ed. Renacimiento), de Enrique Jardiel Poncela, 128 páginas, 15,90 euros.

«SIETE COSAS» PARA CAMBIAR EL CINE

Tras pasar meses en Hollywood como guionista, Jardiel aseguraba que en Norteamérica «el teatro es la aristocracia» y «el cine una cosa subalterna e inferior». Definía a este último como «la síntesis llevada ya a un extremo delirante. Un arte delicioso cuando está hecho bajo el mando de un gran artista» y un «bodrio cuando no se hace así». Como en la viña del Señor, el escritor entendía que había películas buenas y malas. Pero destacaba una cosa de Estados Unidos: «Allí no hay mangantes ni vagos. Todo el mundo trabaja. Porque es que no tienen más remedio que trabajar; si no, ¿qué iban a hacer? No hay cafés; las mujeres no tienen el menor interés sexual; los amigos siempre tienen qué hacer…». Se valió de la experiencia para diseñar un nuevo panorama del cine español. Una industria en la que haría intervenir directamente al escritor, al que convertiría en productor, y suprimiría los intermediarios. «Para lograr las películas más extraordinarias no hacen falta más que siete cosas: un buen fotógrafo, un buen escritor, un buen laboratorio, un buen sonido, celuloide, actores y público. Y algún día, cuando me canse del teatro, demostraré la afirmación», aseguró en el verano de 1943.