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La invasión más vergonzosa de la historia

Un apasionante ensayo cuenta qué ocurre cuando el populismo llega al poder y cómo desaparecen las libertades bajo discursos de una dictadura oculta

Una pared de Altagracia (Nicaragua) con los rostros de Hugo Chávez y Fidel Castro
Una pared de Altagracia (Nicaragua) con los rostros de Hugo Chávez y Fidel CastroOSWALDO RIVASREUTERS

Una de las claves del nuevo totalitarismo es cambiar el significado de las palabras, crear una «neolengua» que diría Orwell. El dominio será completo cuando todo concepto sea resignificado, porque lo decisivo es controlar las mentes, la percepción de la realidad. Es lo que está pasando con el término «democracia». Fue la paradoja del siglo XX, cuando las dictaduras tomaron el adjetivo «demócrata», como la República Democrática Alemana, o cuando Franco designó a su régimen como una «democracia orgánica». Ahora está pasando de nuevo en la izquierda con Venezuela.

Julio Anguita, nuevo santo laico de la izquierda, afirmaba que lo de Castro en Cuba o lo de Maduro en Venezuela no eran regímenes dictatoriales. En esta línea siguen Monedero, Pablo Iglesias o Errejón, en cuya tesis doctoral, hablando de Bolivia, afirma que el «proceso constituyente» en dicho país es «parte de un proyecto regional bolivariano cuya locomotora sería Venezuela y su estación de llegada Cuba». La oposición boliviana en 2009 hizo una campaña contra la «cubanización» del país; es decir, su conversión en un país satélite de Cuba, con una economía socialista y una política tiránica.

Los motivos no eran solo patrióticos o partidistas, ni siquiera de amor a la libertad y a la democracia pluralista, sino la certeza de que la dictadura comunista solo comporta odio, represión y pobreza, como en Venezuela. Chávez, aquel dictador por cuya muerte los de Podemos derramaban «Orinocos de lágrimas», dijo el 1 de enero de 2009: «Por Cuba estamos dispuestos a morir». ¿Qué proporcionaron los Castro a Chávez para tal devoción? Un sistema y equipo cualificados para asegurar su dictadura. El personal cubano de inteligencia se colocó en el palacio presidencial de Miraflores, en la administración y empresas públicas –esas mismas con las que Iglesias quiere llenar España–, y en el ejército, las fuerzas de orden público, la educación y la información.

Cuba ha montado en Venezuela un «Gran Hermano» para conocer a cada ciudadano y colaborado para hacer imposible allí la libertad y el pluralismo en igualdad de condiciones, que son las bases de una democracia. A cambio, el chavismo mantiene la economía de la Isla: petróleo a precio preferencial y cinco mil millones de dólares anuales por los trabajadores cubanos en Venezuela.

La deriva autoritaria fue paulatina, como pasa siempre que llega al poder el populismo. Las últimas elecciones libres a la Asamblea Nacional fueron en 2015. Ganó la oposición con el 56% de los votos y Maduro dio una vuelta de tuerca al autoritarismo, como se cuenta en «La invasión consentida». La Asamblea quedó desautorizada, el referendo revocatorio fue bloqueado y las elecciones a gobernadores fueron suspendidas. La oposición marchó al exilio o se escondió. Mientras, 2017 cerraba con una caída del PIB de 18,6% y una infla­ción récord del 799,9%. Para entonces, los asesores españoles del «proyecto regional bolivariano» ya estaban en España y habían montado con éxito su partido: Podemos.

Nuestro país estaba en el momento populista que esperaban. Es claro que los totalitarios crecen en tiempos de crisis con su discurso de odio y soluciones fáciles. Aprovechan la legalidad democrática para influir en la opinión pública hasta tomar el poder. En ese momento se creen con la legitimidad para cambiar las reglas de juego. Es cuando desaparecen las elecciones libres e imparciales, la separación de poderes y la protección a los derechos de expresión, reunión y propiedad. Ese nuevo régimen guarda la apariencia de una democracia, pero ya no lo es.

Se trata de una dictadura para una oligarquía, como la que tiraniza a Venezuela. La hegemonía política consiste en ser quien proporcione a la gente lo que Kant llamó «esquematismo trascendental»; es decir, un conjunto sencillo de explicaciones para interpretar el mundo. La izquierda se dedica a esto porque al definir la «realidad» y la moral adquiere una ventaja sobre sus adversarios. Eso han hecho con los conceptos de democracia y dictadura. Han inoculado a la gente que no es democracia si hay desigualdad material, que no hay libertad si no está todo reglamentado, que la ley no es nada frente a la voluntad de la mayoría, que el control parlamentario y judicial al Gobierno es un obstáculo al «cambio», que la oposición es antidemocrática, antipatriótica y enemiga del interés general, que cada parlamento es constituyente si hay voluntad, que el progreso es el logro de los objetivos de su ideología y que la legitimidad está en las intenciones declaradas. Luego intentan que ese régimen no sea visto como una dictadura, sino como una democracia, pero no lo es.

AMISTADES PELIGROSAS

Por Diego GÁNDARA
Las relaciones diplomáticas entre Cuba y Venezuela son, desde hace años, objeto de sospecha. Especialmente desde que Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela y se convirtió en aliado y protegido de Castro, quien terminó siendo, a su vez, su asesor y amigo. Pero no, por supuesto, a cambio de nada. En «La invasión consentida», libro firmado por Diego G. Maldonado, un pseudónimo bajo el que se esconde un grupo de periodistas venezolanos para proteger su seguridad, se analiza con todo lujo de detalles la naturaleza de la relación entre el gobierno de Chávez y el régimen castrista, que maneja en las sombras buena parte de los sectores estratégicos de Venezuela y recibe como recompensa beneficios económicos. El eje principal que atraviesa la obra es la idea de que, incluso en tiempos de paz, un país puede entregar su soberanía a otro, como ocurrió con Venezuela durante el gobierno de Hugo Chávez y sigue ocurriendo, ahora, con Nicolás Maduro en el poder, una relación entre ambos países que, según los autores, ha dejado a la población venezolana en un estado de miseria. El libro, en ese sentido, parte de la visita que hizo Fidel Castro a Venezuela poco después de haberse alzado con el poder en Cuba y de la primera de Chávez a la isla, cuando el líder venezolano quedó prendado mental y emocionalmente, según el libro, de Fidel Castro, una especie de sumisión que después se tradujo en una aceptación total de los dictados de los hermanos Castro. «La invasión consentida» desvela, en todo caso, que la «invasión» cubana ocurre en áreas importantes del Estado venezolano, como son la administración de los pasaportes y las cédulas de identidad, las notarías y los registros de lapropiedad, los custodios del palacio de Miraflores, la seguridad estatal, la administración portuaria, la salud, las fuerzas revolucionarias y varios etcéteras.
▲ Lo mejor
Toda esta profusión de datos, de detalles, y la seriedad periodística con la que se trata el tema.
▼ Lo peor
Nada malo para destacar porque se trata de una investigación de primera calidad.