Cine

Belmondo, el viejo actor de la nueva ola

El intérprete francés murió ayer a los 88 años en su domicilio parisino de la calle Saints-Péres y dejan atrás un legado de más de medio siglo y una filmografía siempre asociada a Jean-Luc Godard, François Truffaut y la Nouvelle Vague

Jean-Paul Belmondo, en 2017, durante el homenaje que se le rindió en los Premios Cesar
Jean-Paul Belmondo, en 2017, durante el homenaje que se le rindió en los Premios Cesar FOTO: IAN LANGSDON EFE

Tras la muerte de Jean-Paul Belmondo, de los grandes actores, estrellas y mitos del cine francés contemporáneo solo queda ya Alain Delon. Sin ellos es imposible entender la internacionalización de esa industria con las coproducciones europeas y hollywoodienses, donde ambos ocuparon un lugar de prestigio tanto con directores de autor como en el cine más comercial y taquillero. Igual colaboraba con Vittorio de Sica que con Luchino Visconti. Fue un elemento esencial en la consolidación del fenómeno de la Nouvelle Vague. Con él se inicia su éxito internacional, la influencia desmesurada de Jean-Luc Godard y el éxito de Françoise Truffaut, Claude Chabrol y Alain Resnais.

La reinvención como estilo

A grandes rasgos, la época dorada de Jean-Paul Belmondo puede dividirse en dos partes que se entrelazan a lo largo de los años 60 y 70: su colaboración con Godard, comenzando por la película que lo convertirá en una gran estrella, «Al final de la escapada» (1960), a Godard en un genio del cine yque consolidó el movimiento mencionado como un fenómeno internacional.

En esta película, Belmondo interpreta a un gángster sin cerebro que se enamora de una bella americana que encarna Jean Seberg y vive con ella una historia de «amour fou» un tanto dislocada y con un final trágico. Belmondo seguía las órdenes de Godard sin saber muy bien lo que estaba haciendo, fumando compulsivamente y tocándose el labio con el dedo gordo como solía hacer Humphrey Bogart. La idea y el guión son de Godard, Truffaut y Chabrol, e incluía pequeñas apariciones del mismo director Philippe de Broca, que lo convertirían en un héroe de acción.

A partir de ese momento, Jean-Paul Belmondo se convirtió en una gran estrella especializada en un cine de atracos y gánsteres, una moda marcada por Jules Dassin con «Rififí» (1955) siguiendo la línea del cine «polar», cuyo más popular intérprete fue el norteamericano Eddie Constatine con el personaje de Lemmie Caution, versión francesa de Bogart, a quien Belmondo imitó en «Al final de la escapada».

Siguiendo esta pauta, 1960 fue un año prodigioso, pues se contabilizan ocho filmes rodados. Algunos de robos y mujeres fatales como «A todo riesgo» de Claude Sautet, y un filme junto a otro de los grandes del polar, Lino Ventura. Además de un singular guión de Marguerite Duras sobre «Moderato cantabile» (1960) con dirección de Peter Brooks y «Las distracciones» (1960). Un filme de «sketches» romántico, «La francesa y el amor» (1960), y de nuevo con Godard «Charlotte et son Jules» (1960). Le sigue un pequeño papel en «Dos mujeres» (1960), de Vittorio De Sica y con Sophia Loren, por la que obtuvo el Oscar a la mejor actriz, y «Carta a una novicia» (1960), de Alberto Lattuada.

Durante los 60 alterna las coproducciones europeas con dos colaboraciones junto a Godard, que lo empareja con su musa Ana Karina en «Una mujer es una mujer» (1961) y termina con «Pierrot, el loco» (1965), un Godard en estado de desfase total. Y luego vuelve al cine polar gracias a su primera colaboración con Jean-Pierre Melville en «El confidente» (1962), a la que seguirá «La estafadora» (1963), también de Melville, y «El guardaespaldas» (1963), junto a Jean Moreau.

Era típico de los 60 emparejar al «feo» pero carismático y conquistador Belmondo con bellas estrellas. En «Pensión a la italiana» (1963) es Gina Lollobrigida, y en «La Sirena del Mississippi» (1969), Catherine Deneuve, una de las más hitchcockianas de las películas de François Truffaut. Mientras tanto, forma una espectacular pareja con Claudia Cardinale en «Cartouche» (1962), primera colaboración con Philippe de Broca en la que interpreta a un bandolero del siglo XVIII, su primer héroe de acción. Un personaje rocambolesco que se actualiza con «El hombre de Río» (1964), al que sigue «Las tribulaciones de un chino en China» (1965), también con Philippe de Broca y emparejado a Ursula Andress, con la que mantendrá un idilio varios años. Y, por último, otro Broca: «El incorregible» (1975).

Del drama a la comedia

En una década, Jean-Paul Belmondo pasó de gánster y atracador de «polar» francés en blanco y negro a héroe popular de comedias de acción a todo color con reparto internacional, pues también colabora en películas corales hollywoodienses como «Fin de semana en Dunkerque» (1964), «¿Arde París?» (1966), con Kirk Douglas, Glenn Ford, Alain Delon y Charles Boyer, basada en la famosa novela de Larry Collins y Dominique Lapierre con guión de Gore Vidal, y «Casino Royale» (1967), una comedia de James Bond con David Niven, Peter Sellers, Orson Welles, Woody Allen y Ursula Andress.

Lo sorprendente de Jean-Paul Belmondo es su capacidad para pasar del drama más realista a la comedia con solo cambiar de registro. Hizo de sí mismo el personaje perfecto para trabajar sin descanso tanto en el cine como en la canción, y durante los últimos años en el teatro con gran éxito además. Era uno de eso mitos que producen los franceses que aunque pierdan el favor del público internacional siguen venerando como lo que son: grandes figuras de la escena.

Su vida privada fue comidilla de las revistas de cine. Se casó en 1953, a los 20 años, con la bailarina Elodie Constantin, y tuvieron tres hijos. Se divorció en 1965, cuando conoció en un rodaje a Andress. La sustituyó por la bella italiana Laura Antonelli, a quien conoció durante el rodaje de «Doctor Casanova» (1972), pero su relación apenas duró un par de años. Le siguió la actriz brasileña Carlos Sotto-Mayor, aunque acabó casándose con la corista Natty Tardivel, con la que convivió los peores años de su vida, cuando padeció un derrame cerebral. Tras su divorcio, inició una relación polémica con Barbara Gandolfi, una arribista que le estafó 200.000 euros, con pena de cárcel. Y a los 83 presentó su autobiografía «Mil vidas mejor que una», tan elegante como su retrato de una Francia en plena efervescencia creativa.