El dinosaurio más famoso de las letras

Hoy se celebran los cien años del nacimiento del escritor Augusto Monterroso tótem del microcuento

Augusto Monterroso durante una visita a El Escorial
Augusto Monterroso durante una visita a El Escorial FOTO: José Dueñas EFE

Ha pasado a la historia por un microcuento, celebérrimo, de 1959, y sobre el que han opinado una cantidad ingente de autores, como el ejemplo siguiente: «Yo quisiera proponer una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no encontré ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”», dijo ltalo Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio.

Nacido el 21 de diciembre de 1921 en Tegucigalpa. Hijo de una hondureña y de un guatemalteco, con infancia y juventud ya en Guatemala, donde se adentra en actividades literarias y funda una asociación de artistas y escritores jóvenes, conocida como la «Generación del cuarenta». En 1941 publica sus primeros cuentos en revistas y periódicos, mientras trabaja clandestinamente contra la dictadura de Jorge Ubico. Ante el ascenso del general Federico Ponce, huye a México escapando de una persecución policiaca y poco después obtiene un cargo diplomático. En 1953 es llamado por Pablo Neruda para ser secretario de una publicación chilena, y seis años más tarde, con “Obras completas (y otros cuentos)”, su primer libro, destaca sobremanera por el citado relato, el más breve de la literatura hispanoamericana. En el año 2000 se le concede el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y muere en 2003 en la Ciudad de México.

Esta sería grosso modo la trayectoria de Monterroso, que disfrutó en vida y póstumamente de todo tipo de alabanzas, tanto por sus escritos como por su personalidad, discreta, humorística y risueña. «Como Borges, Augusto Monterroso es uno de los narradores cuya lectura, además de ser un verdadero deleite, nos sirve a los escritores para fijarnos mucho en lo que vamos a hacer al sentarnos ante una página en blanco», dijo de él el peruano Alfredo Bryce Echenique. De los intereses culturales de Monterroso, que al regresar a México, en 1956, sería cuando empezó a escribir ensayos y narraciones breves, tenemos una muestra muy interesante en “Literatura y vida” (Alfaguara, 2004); aquí habla de la utopía política, del género del cuento o de los clásicos a partir de reflexiones, relatos autobiográficos y conversaciones, experimentando de continuo con las formas literarias, con sus lecturas y su idea de la escritura, de las amistades y de la vida.

Un lector de cuentos tristes

También cabe destacar entre sus libros “La oveja negra y demás fábulas, de 1969, “Movimiento perpetuo, de 1972 y las novelas “Lo demás es silencio”, de 1978, “Viaje al centro de la fábula, de 1981, “La palabra mágica, de 1983, o la colección de ensayos “La vaca”, de 1998. En este pequeño libro, la ironía del autor discurría sobre la literatura: la vaca de Maiakovski, los miedos idiomáticos de Virginia Woolf, los insomnios literarios de Raymond Carver, los errores de apreciación de Julian Barnes, la pasión de Neruda por la gesta de Alonso de Ercilla, un aleph anterior al de Borges, la literatura fantástica de Juan Rulfo, la imposición de manos de Juan Carlos Onetti, la vitalidad de Erasmo, el humor de Tolstói... Antes, también había dado un trabajo muy particular,Antología del cuento triste”, preparada junto a Bárbara Jacobs. Partiendo de la idea de que un buen cuento siempre será triste porque la vida es triste y un buen cuento concentra toda la vida, hacían ambos una recopilación de los mejores ejemplos de este género, guiados por el criterio de la tristeza y su calidad literaria, escritos en seis idiomas distintos a lo largo del siglo XX.

Asimismo, Monterroso también fue condecorado con la Medalla del Águila Azteca en 1988 por su trabajo como diplomático. Este reconocimiento se suma a la lista donde se encuentran el Premio Xavier Villaurrutia de novela en 1975 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 1996, en cuyo discurso recordó a los ancestros mayas que tuvieron su propia cosmogonía en lo que se conoce con el nombre de “Popol Vuh”, hasta Rubén Darío, “renovador del lenguaje poético en español como no lo había habido desde los tiempos de Góngora y Garcilaso de la Vega”; buena muestra esta del amor que siempre tuvo por la literatura española, muy en especial por Cervantes.