Libros de la semana: Ítalo Calvino, biografía del hombre que deseaba ser invisible

Una biografía rescata la semblanza de uno de los novelistas imprescindibles del siglo XX

¿Por qué los clásicos ya hablaban de nuestros conflictos?

García Gual recuerda por qué son imprescindibles las Humanidades en este conjunto de textos donde asoman sus autores preferidos

Griegos y latinos siguen siendo nuestros clásicos de referencia aún hoy, en nuestros tiempos extraños y convulsos pero no tan diferentes de algunas otras crisis de la humanidad. Ellos representan lo que de permanente subsiste de las obras humanas; a través de guerras, epidemias, destrucciones y reconstrucciones, su mensaje trata los temas de siempre y que siempre estarán vigentes para el ser humano. Por eso hay que escuchar con atención las voces de estos antiguos autores que todavía establecen un diálogo secundo con el hombre de hoy. Los autores que, como Homero o Virgilio, han sido entendidos como quintaesencia y fundamento de Occidente en particular y de la cultura en general, siguen generando, tras más de una veintena de siglos, una enorme biografía de comentarios, algunos de notable erudición. Pero siempre es necesario escuchar esas «Voces de largos ecos», como se titula el nuevo libro de García Gual, con una aproximación clara, fresca y amena que nos recuerde su eterna actualidad. Y esta es una de las virtudes más conocidas del escritor y académico, la claridad exquisita, construida sobre un armazón de sabiduría, que vuelve a las prensas con este libro. Aquí trata a sus autores favoritos en una selección personal de ocho griegos y cinco latinos (salen ganando los helenos) que nos presenta una antología de breves ensayos de invitación a la lectura de sus obras más relevantes.

La senda del maestro

Este último libro del profesor Gual nos ofrece una serie de perfiles sugerentes de autores clásicos, algunos de los más conocidos y otros de menos fama –como el Pseudo-Calístenes o Apuleyo–, pero de enorme interés por su larga pervivencia en la novelística posterior. No hay nada mejor que seguir, de la mano de un reconocido maestro, la senda de los antiguos en un libro como el que comentamos hoy. Se puede entender como lo que los antiguos llamaban «protréptico», una invitación a abordar estas antiguas narraciones, tratados o poemas, que pienso especialmente apropiada para los jóvenes que no los han frecuentado nunca, pero también a todos aquellos que sienten pasión por los clásicos. Es un buen prontuario para que les acompañe en el (re)descubrimiento de lo que estos viejos amigos, que son los clásicos, tienen que contarnos. Como decía Borges hablando de la «Odisea», siempre que se lee a Homero se descubre algo nuevo, como mirando el mar. Y nada mejor que una nueva exhortación a la familiaridad con nuestros queridos clásicos de la mano de García Gual.

David HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

El demonio, femenino, de los celos

Elizabeth Kay sigue los pasos de Patricia Highsmith en su primera novela y crear un «thriller» emocional y muy intenso
Son numerosas las novelas que tratan el tema de los celos obsesivos que engendran violencia. Son thrillers psicológicos en los que el protagonista, con un grave problema que linda con la psicopatía, acaba desencadenando una tragedia. Con el auge de la intriga doméstica, la trama de este libro se entra en dos amigas que lo comparten todo desde la infancia en un piso compartido, como en el filme «Mujer blanca soltera busca…» (1992), terrorífico thriller psicológico basado en la novela de John Lutz en el que una de las inquilinas, enferma de celos, se va apoderando de la vida de su compañera.
El modelo partió de Patricia Smith, escritora de algunas de las más perversas novelas sobre este tipo de psicópatas obsesivos. «Extraños en un tren» (1951) y «El talento de Mr. Ripley» (1955) muestran a dos trastornados criminales obsesionados con otro al que asesinar para ocupar su lugar o con manipularlo para obligarle a cometer un crimen. En «Siete mentiras», la joven debutante Elizabeth Kay utiliza el monólogo interior para revelar el carácter obsesivo y la vorágine morbosa en que vive su protagonista, capaz de los actos más perversos con tal de conservar su relación íntima con su amiga del alma. Lo mejor de la novela comienza cuando otra desequilibrada sospecha sin fundamento que algo oscuro se esconde en la relación de estas dos mujeres que han perdido a sus maridos en sendos accidentes. Se trata, en fin, de una novela de misterio novedosa y con altas dosis de suspense sobre una mujer poseída por los celos.
Llúis FERNÁNDEZ

Italo Calvino, retrato del hombre que deseó ser transparente

Esta brillante semblanza del escritor ganó el Premio Antonio Domínguez Ortiz y ofrece una magistral enseñanza del novelista

Sí, aunque suene artificial: necesaria. Una biografía en español de Calvino, el escritor más estudiado en Italia, era necesaria. Por muchas y variadas razones quizá, pero, sobre todo, porque se trata de un escritor que, como ningún otro, exprimió los potenciales de la novela moderna (y también posmoderna), además de haber transitado un camino de búsquedas que empezó con el neorrealismo y terminó, después de haber pasado por el género fantástico, en la metalitetura. Entre medio, su ars poética, su intención como escritor: dar cuenta del complejo mundo en el que se encontraba el sujeto moderno, alienado entre las tecnologías y los objetos y la propia naturaleza.

Que el Premio Antonio Domínguez Ortiz (otorgado por la Fundación Cajasol y la Fundación José Manuel Lara) haya recaído en esta obra escrita por Antonio Serrano Cueto, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz y eximio poeta y narrador, es, en ese sentido, una buena noticia, en especial, porque, como destacó el jurado, el autor se centra en la evolución de Calvino como un escritor en el contexto de su tiempo y traza, a la vez, un perfil humano e intelectual.

Así, Serrano Cueto analiza sus comienzos como un narrador de la posguerra fruto de su experiencia como partisano en los montes de Liguria y de su compromiso político en las filas del PCI para demostrar que detrás de ese hombre políticamente comprometido había también un escritor preocupado por las formas de la novela moderna y que veía en la narración el núcleo indispensable del quehacer de la literatura.

Vida y obra

Italo Calvino, nacido casualmente en Cuba en 1923 pero que pasó casi el resto de su vida en la ciudad de Turín, solía decir que de un autor solamente cuentan sus obras, pues lo biográfico carece de interés. Sin embargo, como apunta el autor de este libro, «su producción literaria se encabalga en su vida hasta tal punto que a menudo ambas corren como un solo cuerpo».

Escribir una biografía de Italo Calvino, por lo tanto, «es traicionar de algún modo su idea, a menudo repetida en sus cartas y entrevistas, de que la vida de un escritor no tiene importancia, pues lo sustancial es su obra». Un escritor, en este caso, que se sentía mejor lejos de las miradas, al margen de las luces, como un ermitaño laborioso, absorto y perdido en las páginas de un libro, en las ciudades invisibles, tal vez fantásticas, que él imaginaba con diferentes nombres de mujer.

Diego GÁNDARA

Camprubí, a Juan Ramón: «Yo le curaré a usted»

Esta semblanza recupera el perfil intelectual y humano de la mujer de Juan Ramón Jiménez y su intento de ayudar al poeta con sus patologías
Querido Juan Ramón, Queridísimo Juanito, Mi muy querido, Querido queridísimo, así se dirigía Camprubí a Juan Ramón Jiménez en sus cartas, y no es banal recordarlo, porque tras la lectura de este libro retenemos el perfil de una mujer inteligente, cultísima, emprendedora, activa, dotada para las actividades sociales y comerciales, infatigable en su capacidad de trabajo, generosa, simpática y, como muestran las palabras iniciales, cercana y cariñosa. Una mujer que, debido a su procedencia familiar, se educó en EE.UU. y poseía una mentalidad diferente a la de las españolas de principios del siglo XX.
Esta fue la joven que Juan Ramón Jiménez conoció en 1901 durante una conferencia de la Residencia de Estudiantes. El poeta sufrió toda su vida un proceso neurótico que se desencadenó tras la muerte de su padre, cuando tenía 19 años. Ambos se enamoraron y ella se dio cuenta desde el primer momento de que estaba ante «un niñito enfermo, triste y completamente chiflado», y en una de sus primeras cartas afirma: «Yo le voy a curar a usted de raíz, pero de raíz». Su entusiasmo un tanto infantil, de joven enamorada, no decayó a lo largo del tiempo, no porque pensara curarle, sino porque se dio cuenta de que su energía y firmeza serían las claves para que diera lo mejor de sí mismo y se convirtiese en un escritor que alcanzó cimas muy altas y cuya obra mereció el Premio Nobel en 1956.
Sagrario FERNÁNDEZ-PRIETO