Adriano, quinientos años del Papa “bárbaro, extranjero y borracho”

El pontífice, que frenó el avance del luteranismo en Alemania, se enfrentó a los comuneros y apoyó a Carlos V, tuvo mala fama en Roma por no ser italiano y fue víctima de una leyenda negra injusta

Retrato del Papa Adriano Vi hecho por el pintor Jan van Scorel
Retrato del Papa Adriano Vi hecho por el pintor Jan van Scorel FOTO: Centraal Museum, Utrecht Centraal Museum, Utrecht

Al diplomático, cardenal e inquisidor Adriaan Floriszoom Boeyeus lo eligieron un 9 de enero de 1522 Papa de la Iglesia Católica. Conocido como Adriano de Utrecht, se sentó en la silla de Pedro con el nombre de Adriano VI. Con la muerte de su antecesor, cardenal Giovanni di Lorenzo de Medici, León X, se creía que su sustituto sería el cardenal Julio de Medici, primo del fallecido pontífice. El cardenal era vicecanciller y secretario de Estado. Por presiones del Emperador Carlos, los Medici decidieron que el nuevo pontífice fuera el propuesto por este. Las malas lenguas afirman que los encerró en el conclave, sin comida, hasta que no se aceptara su petición. Historias conspirativas aparte, lo cierto es que el obispo de Tortosa ascendió a la silla de Pedro.

El Emperador Carlos confiaba en Adriano de Utrecht desde que, en el 1507 su abuelo Maximiliano de Austria lo nombrara su preceptor. En el 1516 lo mandó a España como legado suyo ante el cardenal, Arzobispo de Toledo e Inquisidor General Francisco Jiménez de Cisneros. Por aquella época este último era regente de Castilla y de la Corona de Aragón, al haber muerto Fernando el Católico. Gracias a las intrigas de Adriano, a Carlos de Austria lo coronaron rey de España, aun cuando estaba viva su madre Juana. Aquella fidelidad al nuevo monarca hizo que este le concediera varios honores. Ese mismo año es nombrado obispo de Tortosa. Luego inquisidor general de la Corona de Aragón, inquisidor general de Castilla y miembros del colegio cardenalicio. Este último lo adquirió después que el Papa León X, el 27 de junio de 1517, lo nombrara cardenal con el título de San Juan y San Pablo.

Cuando, en el 1520, Carlos I tuvo que ausentarse de España, para ser coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, nombró a Adriano de Utrecht como regente de España. Este nombramiento no fue bien recibido por nadie. Con lo cual tuvo que hacer dejaciones de algunas ocupaciones adherentes al cargo. Entre ellas, nombró a Francisco de Sosa presidente del Consejo de la Inquisición. Tuvo que afrontar la revuelta comunera. Para que aun se le respetara más a Adriano de Utrecht, lo nombró Condestable y Almirante de Castilla. Las Germanías se extendieron por toda Castilla hasta llegar a Levante. Se hicieron famosos los comuneros Juan de Padilla y su mujer María Pacheco.

Los comuneros llegaron a Tordesillas e intentaron que la reina Juan aceptara sus peticiones. Se negó. Tampoco tenían el apoyo de los grandes de Castilla. Arlos I nombró a dos gobernadores adjuntos a Adriano de Utrecht, elegidos entre la nobleza. Esa era una de la peticiones de los grandes para que la revuelta comunera terminara. Así Fadrique Enríquez lo nombró Almirante de Castilla y a Íñigo de Velasco como Condestable. El 23 de abril de 1521, en la batalla de Villalar fueron hechos prisioneros Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla, que fueron ejecutados. Heroica fue la defensa de María Pacheco en Toledo, que se alargó durante nueve meses, hasta que capituló ante Carlos I en febrero de 1522.

En medio de aquel conflicto con los comuneros Adriano de Utrecht fue escogido Papa de la Iglesia Católica. Como hemos dicho, los Medici lo apoyaron y también la familia Colonna. Ante las presiones Julio de Medici afirmó que “tomemos al Cardenal de Tortosa, Adriano, aquel anciano y venerable hombre”. El venerable anciano tenía 63 años y su nombre se lo había susurrado, no un arcángel, sino un Colonna. Con lo cual, Adriano de Utrecht lo eligieron Papa in absentia. Esto significa que no estuvo en el cónclave ni en Roma. Lo eligieron estando en España. A pesar de la elección, dudó si aceptar o no. Al final decidió aceptar aquel honor.

Un pontífice con mala fama

Llegó a Roma el 31 de agoto de 1522. Uno de los méritos de Adriano VI fue impedir el progreso del luteranismo en Alemania. A su emperador Carlos le confirmó los derechos de presentación de candidatos a los obispados y la incorporación a la Corona de los grandes maestrazgos de las Órdenes Militares de Santiago, Alcántara y Calatrava. No se adaptó a la vida en el Vaticano. Casi no hablaba italiano y el ambiente de la Curia estaba plagado de maledicencia, intriga y costumbres disolutas. Eso no le gustaba y más, teniendo en cuenta que uno de sus propósitos era la extinción de la herejía luterana, para él la forma de actuar lo descentraba de sus propósitos. A esto hay que añadir que popularmente se le tildaba de borracho y de bárbaro. No ayudó mucho que se abstuviera de nombrar a nuevos cardenales, pues esa venta de cargos e indulgencias los identificaba como el más grave mal de la Iglesia. Sólo nombró a uno, al cardenal Guillermo Enchenvoert, del que hablaremos posteriormente. La única concesión fue canonizar a San Antonino de Florencia.

La muerte le sorprendió el 14 de septiembre de 1523. Estaba preparando una acción secreta conjunta contra Francia, junto a Carlos I, Enrique VIII y la República de Venecia. El Papa siempre fue considerado extranjero, al no ser italiano y nunca lo amaron demasiado. Adriano de Utrecht fue el último Papa “extranjero” hasta la elección de Juan Pablo II. A pesar de ser considerado un óptimo sacerdote y un mediocre pontífice. Adriano de Utrecht fue un sacerdote de virtud probada, profunda fe, vida religiosa admirable y honrado. Esto era una excepción en aquella época.

El clamor popular por la muerte del Papa Bárbaro fue tal que, a su muerte, varios ciudadanos de Roma fueron a casa de su médico y le colgaron una guirnalda con la siguiente inscripción: “Liberatori Patriae Senatus Populusque Romanus” (Al libertador de la Patria, el Senado y el Pueblo Romano). En un primer momento lo enterraron entre Pío II y Pío III. La poca popularidad del Papa provocó que se escribiera un panfleto a modo de epitafio que decía: “Hic jacet impius inter píos” (Aquí yace un impío entre píos). El cardenal Guillermo Enchenvoert decidió sacar el cuerpo del Vaticano y enterrarlo en la iglesia romana de Santa María dell’Anima. El mausoleo fue diseñado por Baldassare Peruzzi.