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George Miller, de “Mad Max” al genio de la lámpara

El australiano se descolgó ayer, fuera de concurso, con la extravagante “Tres mil años esperándote”, una fábula romántica concebida como el “anti-Mad Max”

El director George Miller en el posado habitual ante los medios del Festival de Cannes
El director George Miller en el posado habitual ante los medios del Festival de Cannes Guillaume Horcajuelo EFE

Ocho años después de presentar en Cannes la revolucionaria “Mad Max: Furia en la carretera” y siete después de meter la pata presidiendo el jurado que otorgó la Palma de Oro a “Yo, Daniel Blake”, el australiano George Miller se descolgó ayer, fuera de concurso, con la extravagante “Tres mil años esperándote”, fábula romántica que cuenta el flirteo, verbal y alucinado, entre Alithea, una solitaria narratóloga (Tilda Swinton) que cree vivir felizmente en la ausencia de deseo, y un Djinn (un genio en una botella, interpretado por Idris Elba) que necesita que le pida tres deseos para recuperar su libertad.

Miller, que ha confesado haberla concebido como un “anti-Mad Max”, ha realizado una película bipolar. Por un lado, la acción en presente se desarrolla en un solo espacio, en la habitación de un hotel de Estambul. Por otro, ese espacio se abre al multiverso de los relatos fantásticos que el Djinn le cuenta a Alithea. Si “Mad Max” se entendía desde la velocidad y el movimiento, en un ejercicio de depuración visual que nos devolvía al “slapstick” y nos proyectaba hacia el “postneobarroco”, “Tres mil años esperándote” se genuflexiona ante el poder de la palabra como generadora de una imaginería digital que bascula entre lo “vintage” y un cierto mal gusto orientalista.

El contraste entre la obra de cámara y la fantasía exótica, al estilo de “Las mil y una noches”, singulariza lo que, de otro modo, podría reducirse a un cuento “new age” para toda la familia. “Hay que ganarse lo que uno desea”, afirmó Miller en rueda de prensa. “Creo que las figuras heroicas son los agentes del cambio, pero todo cambio requiere la renuncia al interés propio, ese es el auténtico gesto heroico”. Desde esa filosofía moral tan ‘mindfulness’, que celebra el sacrificio del ego en beneficio de la comunión con el otro, la película se erige en una defensa del diálogo socrático para abrir las compuertas de la conciencia y, claro, del amor.

En ese sentido, todo lo que tiene el filme de “pasado de moda”, toda su feroz ingenuidad, queda compensado por esa defensa de la tradición oral, polifónica y multicultural, como el camino más recto hacia la verdad. “Lo peligroso es cuando solo tienes una historia”, alertaba Tilda Swinton en una clara alusión al pensamiento único. “Cuando la gente no puede escuchar otras versiones de la realidad, otras historias, las cosas se van al garete muy rápidamente. Creo que ahora es muy oportuno hacer esta película, que defiende que lo importante es mantener los oídos y el corazón abiertos”.

Si “Mad Max: Furia en la carretera” era la toma de postura de Miller frente al poder de lo analógico, convirtiendo cada persecución en una celebración de la fisicidad de la imagen y el sonido, en “Tres mil años esperándote” su acercamiento al digital simpatiza con su dimensión más rugosa, menos hiperrealista. A veces sus viajes al reino de Saba o al imperio Otomano parecen evocar el imaginario del Tarsem Singh de “La celda” o “The Fall”, pero sin su capacidad para el surrealismo a un paso de lo hortera. Tal vez el feísmo de algunas de las derivas fantásticas del Djinn tiene que ver con los dibujos de los viejos libros ilustrados que una narratóloga como Alithea ha devorado durante su vida académica. Tal vez es la manera que tiene Miller de decirnos lo orgulloso que está de haber hecho una película un tanto anacrónica, que fluye a contracorriente del cinismo con que la ficción contemporánea se enfrenta a lo que nos rodea.

En la orilla opuesta de Miller, el sueco Ruben Östlund entiende el cinismo como una forma de resistencia. En “Triangle of Sadness”, su regreso a Cannes después de ganar la Palma de Oro por “The Square”, su objetivo es tan fácil de ridiculizar como lo era el ombliguista mundo del arte. Ahora su diana es el universo de los ricos y oligarcas, los influencers y los fashion-victims de medio pelo. Östlund divide su película en tres segmentos, a cuál más malintencionado, en los que parodia la adicción al dinero, los roles de género, el feminismo de pose y la lucha de clases, en una sátira que aplaudirían los mismísimos Monty Python.

“Triangle of Sadness” empieza en tierra firme, con un casting para una pasarela de moda y una impagable discusión entre una influencer y un modelo por la cuenta de un restaurante, continúa en un crucero para las élites financieras y acaba en una isla desierta. Cada secuencia se organiza casi como un bloque autónomo, en el que la comedia de la crueldad se despliega en base a un acerado sentido de la observación y la ironía dramática. La duración ocupa un lugar importante en el desarrollo del gag, porque es el paso del tiempo el que hace caer las máscaras, aunque a veces Östlund debería desenamorarse de sus ideas para que la eficacia de su discurso no caiga en la obviedad. Momentos memorables como una larguísima, escatológica cena a bordo que evoca la secuencia del señor Creosota de “El sentido de la vida” o el duelo de citas reaccionarias y marxistas entre un capitalista ruso y un comunista americano (Woody Harrelson), necesitarían un buen corte de pelo.

Seguro que Östlund adora “El discreto encanto de la burguesía” y “El ángel exterminador”. La sombra de un Buñuel para la era de las redes sociales y los “realities” de supervivencia levita sobre todo el metraje, que se mete en terrenos tan pantanosos como una lectura inversa de las bondades del matriarcado que puede hacerle ganar la etiqueta de misógino. En realidad, nadie sale bien parado en “Triangle of Sadness”: los hombres son patéticos, las mujeres son contradictorias y manipuladoras, las clases desfavorecidas reproducen las costumbres de las privilegiadas cuando tienen el poder. Solo somos iguales, dice Östlund, en nuestra despreciable mezquindad.