El espía de Godoy

Con el apoyo del valido de Carlos IV, Domingo Badía emprendió un viaje al corazón de África, donde se hizo pasar por un príncipe sirio.

Con el apoyo del valido de Carlos IV, Domingo Badía emprendió un viaje al corazón de África, donde se hizo pasar por un príncipe sirio.

A principios del siglo XIX, un ciudadano europeo disfrazado de príncipe sirio recorrió durante cinco años consecutivos varios países árabes en uno de los viajes de exploración y espionaje más arriesgados y fascinantes que se recuerdan. Poco después, nuestro nuevo protagonista pereció en extrañas circunstancias, llevándose a la tumba muchos secretos que hoy en día todavía no han sido esclarecidos del todo. Ese intrépido aventurero, que pasó a la historia con el legendario nombre de Ali Bey, era en realidad un súbdito español llamado Domingo Badía. Nacido en Barcelona en 1767, desde muy joven desempeñó cargos en la administración pública, lo que le impidió acudir a la universidad. Aunque eso no fue óbice para que estudiara por su cuenta y con excelente aprovechamiento las más variadas disciplinas: desde filosofía, matemáticas y química, hasta idiomas y otras humanidades. Su primer gran proyecto científico versó sobre los globos aerostáticos, que en aquellos días suponían una auténtica revolución tecnológica capaz de conseguir que un país tomara la delantera en la conquista del aire. Pero su plan fracasó con estrépito, sumiéndole en la ruina. Aunque ese gran fiasco le sirvió, por paradójico que resulte, para que Manuel Godoy, recién nombrado primer ministro del rey Carlos IV, se interesase por él. El valido real, patrocinador de cualquier proyecto orientado al progreso científico, cayó en la cuenta de que era preciso seguir de cerca los progresos del inventor barcelonés.

El Príncipe de la Paz, como también era conocido Manuel Godoy, pensó que tal vez Domingo Badía llegaría a prestar grandes servicios al Estado. Y lo cierto es que no se equivocó. La hora de la verdad para nuestro protagonista llegó en abril de 1801, cuando se ofreció al gobierno para realizar un viaje al corazón de África con una misión político-científica en beneficio de España. Godoy le dio entonces el visto bueno. Domingo Badía preparó el viaje con meticulosidad: introdujo en su equipaje instrumental científico y se creó una falsa identidad haciéndose pasar por musulmán. Desde entonces, se llamó Ali Bey y dijo ser un príncipe descendiente de la dinastía de los Abasidas, exiliado en Europa a raíz de la persecución de los otomanos. Ataviado con chilaba y turbante, se dejó crecer una frondosa barba. Y de esa guisa llegó a Tánger. En Marruecos, el supuesto príncipe causó gran impresión, siendo bien acogido por el sultán y admirado por el pueblo. Aunque detrás de esa atractiva fachada se escondía un peligroso espía que tramaba en secreto una auténtica sublevación. El agente de Godoy se proponía coordinar los grupos que anhelaban derrocar al sultán, dado que éste era contrario a los intereses de España.

El plan consistía en otorgar el poder al mismo Badía, respaldado por una intervención militar española a gran escala. Pero en el último instante, cuando ya estaban movilizadas las tropas armadas, el rey Carlos IV se echó para atrás de forma inexplicable y nuestro protagonista no tuvo más remedio que abandonar Marruecos. Ali Bey puso entonces rumbo a Oriente, sufriendo todo tipo de vicisitudes durante el viaje, a punto de morir de sed en el desierto y luego a bordo de un barco que casi naufragó. A su llegada a la península arábiga se propuso visitar La Meca, la ciudad más santa del Islam, pero más le valió no haberlo hecho, pues aquel lugar estuvo vedado durante siglos a los occidentales.

cristiano disfrazado

El pachá de Egipto descubrió finalmente que era un impostor, un cristiano disfrazado de musulmán que había profanado los secretos de la tumba del Profeta, y Ali Bey tuvo que volver a escapar. Regresó a España tras pasar por Tierra Santa y Turquía. Pero una vez en su propia tierra, le sorprendió la invasión napoleónica de 1808, que supuso el estallido de la Guerra de la Independencia. Carlos IV se postraría de hinojos ante Napoleón, lo mismo que su hijo y también rey Fernando VII, mientras millares de españoles derramaban su sangre en los campos de batalla. Al término de la contienda, Domingo Badía, en su calidad de afrancesado, debió huir de nuevo, esta vez a París. Allí vivió sus últimos momentos de gloria tras convencer a las autoridades para realizar un segundo viaje a Oriente bajo pabellón francés. En verano de 1818 llegó a Damasco, donde falleció de forma misteriosa tras tomarse un café. Se ha dicho que murió envenenado por los servicios secretos británicos, temerosos de que abriese una ruta amenazante para su hegemonía en la India. Pero también pudo morir de disentería. Por desgracia, nunca lo sabremos.