Cultura

El Prado, museo de arte contemporáneo

La institución artística española más emblemática inaugura una muestra con la que se pretende incentivar el diálogo entre las estéticas actuales y su colección permanente

La institución artística española más emblemática inaugura una muestra con la que se pretende incentivar el diálogo entre las estéticas actuales y su colección permanente.

Publicidad

Bajo el título de «Doce fotógrafos en el Museo del Prado», y con el comisariado de Francisco Calvo Serraller, la institución artística española más emblemática inaugura una muestra con la que se pretende incentivar el diálogo entre las estéticas actuales y su colección permanente. En esta ocasión, la nómina de autores seleccionados incluye representantes de tres generaciones de fotógrafos diferentes y con un vocabulario visual poroso a las continuas mutaciones del arte último: José Manuel Ballester, Bleda y Rosa, Javier Campano, Joan Fontcuberta, Alberto García-Alix, Pierre Gonnord, Chema Madoz, Cristina de Middel, Isabel Muñoz, Aitor Ortiz, Pilar Pequeño y Javier Vallhonrat. Evidentemente, y pese a la heterogeneidad de registros visuales que conviven en esta selección, hay un criterio que parece unir a cada uno de estos nombres: el carácter «pictórico» de sus imágenes.

En un periodo en el que prima la hibridación sobre la pureza y la promiscuidad lingüística sobre la integridad de los campos específicos, la elección de estos autores parece responder a la construcción de un imaginario visual en el que la huella de los géneros pictóricos clásicos es más que patente. De hecho, estos doce fotógrafos contemporáneos han vertebrado su producción alrededor de fascinantes e inacabables reflexiones sobre los interiores arquitectónicos, el retrato, la figura, la naturaleza muerta, el objeto aislado y el paisaje. Sus miradas no son imitativas ni pasivas, no se limitan a emplear la cámara como un mero aparato registrador; con cada imagen transforman la realidad, bien mediante su abierta desfiguración o bien por medio de una contemplación obsesiva de cualquiera de sus detalles que termina por desnaturalizarla. Ésta, precisamente, es la clave que explica la decisión de El Prado de facilitar el diálogo entre los obras maestras de su colección y los autores contemporáneos.

La actualidad de un museo es la de las piezas que expone. Hay que luchar contra el tópico de que un museo solo expone objetos acabados, definitivos, cerrados históricamente. Cuando un artista actual interpreta con su bagaje visual específico obras del pasado, éstas dejan de ser objetos intemporales para impregnarse con el sabor del presente. Más allá de etiquetas cronológicas, cualquier museo aspira a ser contemporáneo. Si, en contextos culturales pretéritos, estas «catedrales del arte» se utilizaban como un modo de viajar en el tiempo y realizar una fuga romántica de la propia realidad, ahora el cambio de paradigma experiencial obliga a todo lo contrario: el museo no solo busca permanecer en el presente, sino que, además, pretende hacerlo más intenso y seductor. La moda de que estrellas de la música elijan sus salas como escenario para sus vídeo-clips –véase el caso reciente de Beyoncé y Jay Z en el Louvre– es solo una opción; otra igual de válida, y que puede servir para atraer a nuevos públicos, es la de que el arte interprete al arte y, de esta manera, convierta a lo clásico en una realidad viva y en constante estado de transformación. Mientras alguien mire, nada estará muerto.