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La estrella menos estrella

Tiempo de lectura 2 min.

09 de abril de 2013. 01:34h

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9/4/2013

Si a alguien le caía el adjetivo de estrella como un guante de raso similar al que Rita se quitaba en «Gilda», ésta era, sin duda, Sara Montiel, mi amiga Antonia. Y sin embargo era la menos estrella de todas las estrellas que he conocido en mi carrera, que han sido muchas, porque la manchega nunca perdió ese barniz de Campo de Criptana, ese aire de feria y pan de pueblo que la convertía en la rústica con mejor piel (herencia de su madre, decía en cada entrevista) y más ardiente boca que haya dado el cine nacional y, en su momento, el internacional.

Pasamos muchos y buenos ratos juntos, nos reímos juntos, bebimos juntos y juntos nos cabreamos alguna vez. Escuché todas sus historias, las inventadas y las verídicas, con la atención de un reportero y rendido admirador, porque con el transcurso del tiempo y ya con algunas heridas dibujando nuestros mapas, Antonia nunca me hizo sentir como un periodista, sino como amigo. Cuando murió Pepe Tous y regresó a Madrid y era una isla de soledad, se refugió en mi mujer, Ketty Kaufmann, y en mí. Salíamos a cenar, a las fiestas, a los teatros. Descubrí la fortaleza de Antonia, siempre disfrazada de fragilidad. Sus estrenos en la Gran Vía, en los años 50 y 60, eran una especie de ensayo sin carrozas del Día del Orgullo Gay. Todas las locas de España, las de pueblo y las de capital, querían ser como Sara, y allá se iban, a las aceras del pecado de Madrid, cargadas de boas y sombreros, con taconazos prestados y boquitas pintadas a lo «nena, te decía loca de pasión...» (¡lenguas fuera!), a ver si podían rozar, ver, oler, gritar, a su divina inspiración, a su diosa violetera y carnal. Los «grises» detenían a algunas y se las llevaban a Gobernación, a Sol, y ahí tenían ustedes a Antonia, aún sin desmaquillar, aún mojando su café con leche con rosquillas nada más llegar a casa, llamando al director general de turno para que «por favor, sea usted tan amable de soltar a mis amigas, que las pobres no han hecho nada, sólo soltarse un poco el pelo, se lo pide Sara Montiel, ¿que quiere que le envíe una foto? Cómo no, don José...». He dejado la entrevista tal como estaba para ser publicada el próximo sábado. Ha habido que adelantarla. Lo siento. Al menos, espero que haya muerto como ella deseaba, «sin darme cuenta, como Pepe», y que en el cielo encuentre «montecristos». No será difícil.

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