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Los campos de exterminio no eran polacos

La germanización alcanzó a los niños: alrededor de 200.000 considerados de raza aria fueron enviados con otras familias y a centros especiales para su “reeducación”. El resto iba a campos de exterminio o de concentración.

  • Los campos de exterminio no eran polacos

Tiempo de lectura 8 min.

09 de febrero de 2018. 10:00h

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Jorge Vilches 9/2/2018

La ley que ha aprobado el Parlamento polaco que castiga con multas y penas a los que utilicen la expresión “campos de concentración polacos”, tiene la intención de que no se relacione a ese país con los crímenes del nacionalsocialismo. La suspicacia polaca procede de que nunca se ha reconocido el sufrimiento histórico de Polonia, ni su resistencia a los totalitarismos.

Los comunistas de Stalin y los nacionalsocialistas de Hitler cerraron el 23 de agosto de 1939 la invasión y reparto de Polonia. Las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca el 1 de septiembre, y las soviéticas dos semanas después, el 17. Mientras los nazis robaban y asesinaban a los judíos, e instalaban campos de concentración y exterminio, los comunistas hicieron lo mismo, y liquidaron a la élite intelectual y política del país. En el bosque de Katyn los estalinistas mataron a unas 20.000 personas de la clase dirigente polaca para facilitar a los cuadros soviéticos el gobierno de aquella población. Los comunistas decían que iban “liberar” a polacos, ucranianos y bielorrusos, pero estatalizaron todas las propiedades, y tras matar, encarcelaron y deportaron a entre 350.000 y un millón y medio de personas.

El pacto germano-soviético fue aplaudido por muchos comunistas; entre ellos, La Pasionaria, que escribió varios artículos defendiendo la doble invasión. Los alemanes crearon el Gobierno General de Polonia, supuestamente autónomo de Berlín, que organizó el robo en universidades, museos, laboratorios, organismos oficiales y casas particulares, y destruyó los símbolos de la cultura polaca, entre ellos el catolicismo. Los campesinos fueron expulsados de sus tierras para la colonización alemana en su “espacio vital”, el Lebensraum, y luego asesinados o enviados a campos de trabajo en Alemania. El Gobierno General nazi creó unos 400 guetos, que desde principios de 1942 se fueron vaciando en camino hacia el exterminio en los campos de Auschwitz-Birkenau, Belzec, Chelmno, Majdanek, Sobidor y Treblinka.

La germanización alcanzó a los niños: alrededor de 200.000 considerados de raza aria fueron enviados con otras familias y a centros especiales para su “reeducación”. El resto iba a campos de exterminio o de concentración. Josef Mengele se hizo famoso entonces por experimentar con aquellos niños polacos en Auschwitz. Al igual que los soviéticos, los nacionalsocialistas ejecutaron a la élite cultural. En Bydgoszcz, al norte del país, se llevó a cabo parte de la operación “Acción de Inteligencia” al objeto de eliminar a la intelectualidad polaca. Allí fueron asesinadas y enterradas en una fosa común entre 5.000 y 6.600 personas.

LA RESISTENCIA POLACA

La resistencia llevada a cabo por el secreto Armia Krajowa (Ejército Nacional), a las órdenes del gobierno en el exilio, fue la fuerza anti-ocupación más potente del Continente, muy superior a la francesa o a la italiana, y la menos reconocida. No admitía comunistas porque eran agentes de Stalin, ni a fascistas, y aun así estaba compuesto por unos 400.000 hombres. Aquellos polacos interrumpieron con éxito las líneas de suministro alemanas al frente ruso en la llamada “Operación Wieniec”. También construyeron una red de inteligencia que fue vital para los aliados ya que consiguió los planos del cohete V2. Llegaron incluso a infiltrarse en los campos de trabajo y exterminio como el de Auschwitz.

La resistencia polaca creó un organismo llamado Zegota, dirigido por mujeres, que funcionó desde 1942, el año que se puso en marcha la Solución Final. Salvó a 50.000 judíos, entre los cuales hubo 2.500 niños del gueto de Varsovia, ideando un completo sistema de fuga, en camión, coches particulares, a campo través, alcantarillado, en grupo o individualmente. Les proporcionaban documentación falsa y eran recibidos en casas rurales.

Jan Karski, el resistente polaco más conocido, no consiguió el apoyo de los gobiernos de Roosevelt y Churchill, ni de la intelectualidad o el mundo de la cultura. Karski no solo denunciaba los crímenes de los nacionalsocialistas, sino también los cometidos por los soviéticos, lo que no era bien visto. Llegó así la deportación de los judíos del gueto de Varsovia en abril de 1943, que provocó el levantamiento armado en la ciudad. Pero sin preparación ni auxilio aliado fue sofocado en un mes.

El sentimiento de traición en los polacos hacia las potencias aliadas existía desde 1939, cuando Neville Chamberlain se limitó a condenar la doble invasión, y luego el Ejército francés se retiró a la Línea Maginot el 4 de octubre de aquel año.

EL ABANDONO

El ataque alemán a la Unión Soviética en 1941 dio esperanzas de encontrar un aliado contra el enemigo común, y el gobierno polaco en el exilio recuperó las relaciones diplomáticas con Stalin. Sin embargo, la entente se rompió por un informe que desveló que los asesinatos de Katyn, atribuidos falsamente a los nazis, eran responsabilidad de los comunistas y que los aliados lo ocultaban. El servicio de inteligencia de EEUU llegó a escribir que: “Estamos interesados sólo en el asunto de Katyn si se muestra la complicidad alemana”. Tampoco Churchill hizo nada.

En este ambiente de abandono se produjo el Levantamiento de Varsovia, entre 1 de agosto y el 2 de octubre de 1944. El gobierno en el exilio ordenó la acción al Ejército Nacional polaco, con 50.000 milicianos, para evitar que la liberación la protagonizaran los soviéticos. Era parte de la “Operación Tempestad”, consistente en el alzamiento en las ciudades más importantes antes de que llegaran los comunistas. Por eso, en cuanto comenzaron las hostilidades entre polacos y alemanes el Ejército Rojo esperó a unas pocas decenas de kilómetros a que ambos contendientes se debilitaran lo máximo posible. Tras la capitulación, la ciudad fue demolida por los nazis, asesinada parte de su población -un cuarto de millón-, y otra trasladada o enviada a campos de la muerte -en torno a 700.000 personas-.

El total de polacos, no judíos y judíos, asesinados por los nacionalsocialistas, en cualquier lugar y condición, incluidos los centros de exterminio, nunca podrán ser calculados con exactitud. El Museo del Holocausto, en Washington, habla de 1,9 millones de polacos no judíos asesinados, y otros 3 millones de judíos polacos. En Auschwitz fueron aniquilados un millón, de ellos 870.000 gaseados al llegar, y en Treblinka unos 925.000.

El gobierno polaco reveló a principios de 2017 que 9.500 ucranianos, lituanos y letones trabajaron para los nazis en Auschwitz-Birkenau. El Gobierno General de ocupación intentó reclutar polacos por la cercanía y para minar su resistencia, pero el Ejército Nacional lo prohibió. El Instituto Polaco de la Memoria Nacional lleva años elaborando las fichas de los asesinados y de sus ejecutores. Los resultados no dejan lugar a la duda: el hablar de “campamentos polacos” no solo es un error histórico, sino una injusticia porque Polonia no fue agresora, sino víctima de la barbarie.

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