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«Festen»: Atracón de hipocresía

Magüi Mira dirige en el CDN la historia que Vinterberg y Rukov crearon para la gran pantalla, la de una familia rota y silenciada por los abusos incestuosos del padre.

  • Carmen Conesa y Roberto Álvarez, primeros por la derecha, lideran el reparto de «Festen» como padres de una familia rota
    Carmen Conesa y Roberto Álvarez, primeros por la derecha, lideran el reparto de «Festen» como padres de una familia rota

Tiempo de lectura 4 min.

03 de marzo de 2017. 03:30h

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3/3/2017

Cuando Magüi Mira tiene que empezar a hablar de «Festen» calla. Pasan los segundos y no habla. Nada. Al poco, se explica. Es la forma que tiene de denunciar la hipocresía. La misma que levanta la obra de Thomas Vinterberg y Morgens Rukov –adaptada por Bo Hr. Hansen al teatro– que ahora recupera la directora en el Valle-Inclán. «Habla de algo asombroso, pero tan real y patético como es esta enfermedad que estamos viviendo y que es casi endémica: la hipocresía. Parece estar pactada por todos los poderes fácticos para mantener un sistema injusto, pero parece que debe permanecer», dice. La demagogia de «Festen» –«Celebración», se tituló la película (1998)– es la de la familia de Helge, metáfora de lo que ocurre fuera de esas puertas. El primer núcleo en el que impera el silencio. Luego se extiende al vecindario, el barrio, la ciudad, el país...

Helge (Roberto Álvarez) cumple 60 años. Seis décadas ya del macho alfa. La familia se ha reunido (casi) al completo para homenajear –música en directo incluida, tocada por los propios actores– al patriarca, al hombre que dio cobijo a sus cachorros durante años y los ha hecho crecer hasta hoy. Christian (Gabriel Garbisu), tras años fuera de casa, vuelve para la ocasión. Pero no con la intención de abrazar a su padre y sí de levantar la voz. Con el suicidio de Linda (Isabelle Stoffel) y la carta que ésta dejó, es el momento de poner las cartas sobre la mesa. Dar el tirón de orejas oportuno, aunque no acompañado del «Cumpleaños feliz». Delante de progenitores, hermanos y cuñados, Christian alza la voz de denuncia: él y su hermana gemela, ya muerta, fueron sometidos de niños a los abusos del cabeza de familia. El tema «clasificado» durante años explota en medio de la celebración. Y da comienzo la «fiesta»: «Queremos que papá pida perdón», se dice. No es un ansia de revancha, sino de justicia.

Años de silencios y abusos que no pueden caer en saco roto. Con los 60 recién estrenados, Helge va camino de irse de rositas tras una vida podrida y Kim (Jesús Noguero) lo sabe. Por ello, convence a Christian de que, como hermano mayor y víctima, debe ser quien de el paso. Todos están tocados por esos impulsos. Como Michel (Manu Cuevas), el más pequeño, un ser hiperviolento, racista, machista... Una joya con la que el público no distará de empatizar porque «no es más que un joven emocionalmente destrozado», defiende Cuevas. Nadie escapa de la realidad, pero nadie habla. Ahora tendrán la ocasión. Sacarse de dentro parte del dolor engendrado y silenciado a base de mirar a otro lado. La demagogia de dejar la vida pasar como si todo marchara sin problemas. Es la revolución de una camada en «shock» que ya no tendrá otra que afrontarlo para encontrar la luz. Ésa que Linda sólo pudo tocar quitándose la vida: «La única salida que encontró fue desaparecer y su muerte es la que desencadena todo. A veces parece que si no te tiras desde tu casa no hay desahuciado. Mi presencia es luminosa y liberadora. No es un fantasma que venga rabioso desde el más allá», explica Stoffel.

«Brutal cohesión»

Son el incesto y la pedofilia los acicates de «Festen» para hablar de la hipocresía social y la «brutal cohesión», dice Mira, que existe para mantenerla. La pieza, en palabras de su directora, es un «bofetón a las conciencias podridas y a las que están en ‘‘stand by’’». Reveladora es la postura de la madre, Else (Carmen Conesa), cómplice del infierno desde un inicio y principal intérprete de ese fariseísmo que se esconde en la familia. Nadie como ella sabe girar la cara: «Cuando veo que no entiendo algo, miro a mi marido como lo hacen mis perros –cuenta la actriz–. Solamente le miro. Porque no se entiende cómo una madre puede entrar en una habitación y ver a su hijo sometido por el padre, cerrar la puerta y seguir con la vida como si nada». Simplemente se dedica a seguir al hombre. No piensa. Sólo tiene ojos para ver con devoción a ese macho dominante, ese poder fáctico. Como un animal, «si él me pidiera que me tirara por un puente lo haría», apunta Conesa.

En el centro de la disputa, como no podía ser de otro modo, él: Helge. Un ser al que Rafael Álvarez no intenta justificar ni por lo que dura un parpadeo. Interpreta a un ser por encima del resto, de una familia con posibles, que no permite que nadie le quite de su posición. «No es un enfermo, no», sino un ser despreciable «que no tiene defensa», continúa. Para meterse en su piel, Álvarez miró a la actualidad, a una realidad que, «como padre, no imagino». Dos casos: el del violador de Ciudad Lineal, sereno ante el juez y con un testimonio casi convincente, y el de una niña que grabó a su padre en un vídeo en el que reconocía los abusos; mientras tanto, su desayuno proseguía normal: «Cosas de la mente humana», afirmaba... «Son gentes a las que no les pasa nada por la cabeza», dice el actor.

Una tragedia contemporánea que no busca ninguna apología, sólo rendir cuentas al texto –del que «no he tocado prácticamente nada» y sí ha reducido los personajes de 16 a 10–. Hacer visible la «necesidad vital» de Magüi Mira de poner en escena la hipocresía social de la que habla «Festen» y hacer «prevalecer siempre lo blanco sobre lo negro».

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